El sobaco de la víbora

Recovecos educativos

domingo, 24 de enero de 2016 · 00:00
Machi Mirón

Otro de los ritos que gran parte de los bolivianos cumplen sagradamente cada principio de año se refleja en las filas –cada vez más largas– que padres de familia realizan en puertas de escuelas y colegios para inscribir a sus niños y que, en algunos distritos, suele prolongarse varios días con sus noches.                                    

Llama la atención que en todas las ciudades del país, ya el 2 de enero, para asegurar la educación de sus niños, algunos padres trasladaran sillas que encadenaron en puertas de colegios y escuelas, para instalarse allí las 24 horas del día, hasta la apertura de inscripciones.              

Lo curioso es que dicho fenómeno no sucede en todas las escuelas (perdón, unidades educativas), pues existen algunos establecimientos que no convocan ni siquiera a niños que viven en la misma calle, ergo, las colas de aquellos padres sólo se da en colegios tradicionales.       

Tal situación se aclara en parte cuando –la noche antes de la inscripción– surgen algunos "padres” que ofrecen a cambio de 500 bolivianos los espacios que velaron los 14 días anteriores, lo que permite suponer que esa costumbre hoy se convirtió en una especie de fuente de recursos.  

Pero hay más. Se sabe de juntas de padres de familia que en algunos colegios cobran a quienes logran inscribir a sus hijos, montos mayores a 100 bolivianos que –según aseguran– se destinarán a mejoras del establecimiento, aunque luego olviden rendir cuentas del destino real dado a esos dineros.                     

Claro, todos esos abusos derivan de una situación anómala en un país que se jacta de haber reducido al mínimo los índices de analfabetismo, más aún si –conforme pasan los años– aquellas filas crecen como respuesta al incremento normal de la población escolar.                                                                             

Lo extraño –más allá de la búsqueda de recursos fáciles como la de realizar "sorteos” entre los niños que aspiran a ingresar en un establecimiento– radica en el hecho de que las autoridades educativas no parecen dispuestas a encontrar una solución definitiva al problema.                   

Son muchas las razones que esgrimen quienes prefieren velar varios días con sus noches en la puerta de alguna unidad tradicional, la más común es la que asegura que el nivel educativo que se imparte en colegios de zonas periféricas es deficiente, algo que no siempre es tan así.                   

De allí la necesidad que el Ministerio de Educación tome medidas para cambiar conceptos que se arrastran más de 50 años, claro, para ello deberá garantizar que el nivel de enseñanza y otras bondades que los padres buscan en un colegio tradicional  también los encontrará en uno de la zona de Cotahuma.

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