Opinión

Futbolistas aymaras y el racismo en Bolivia

El fútbol en Bolivia de hoy y ayer es racista y colonial, afirma el autor.
domingo, 2 de octubre de 2016 · 00:00
Pablo Mamani sociólogo

 

Curiosamente, el debate sobre el racismo en el fútbol en otros países refiere a que existen futbolistas de origen africano y esa existencia hizo que muchos de ellos hayan sufrido insultos racistas. Y allí el racismo ha sido tratado de un modo importante. En cambio en nuestro medio no existen futbolistas aymaras, quechuas, guaraníes jugando en el fútbol profesional y en las selecciones nacionales. Dado que Bolivia está constituida en una gran mayoría de población aymara, quechua, guaraní y otros. Y es en esa relación que en la Selección no existe un número diez o cualquier otro con apellidos aymaras: Condori, Mamani, Apaza, Chuquichambi, Quispe; o guaraníes como Keremba, Chumiray, etc. Lo cual contrasta con la existencia de jóvenes y niños con grandes cualidades futbolísticas en campeonatos de fútbol barriales y en las provincias. 

Aparentemente en el fútbol boliviano no existe racismo porque no se registran casos sonados, como el de Leónidas Da Silva, "El Diamante Negro”, el futbolista que saltó al éxito en el Mundial de Francia de 1938 con la selección de Brasil. Da Silva había sufrido antes insultos racistas en su propio país. También está el caso de  Obdulio Varela, "el Jefe Negro”, que llevó a la selección uruguaya de fútbol a ganar la final del Mundial de 1950 contra Brasil (el famoso maracanazo), quien igualmente sufrió insultos racistas. Según Eduardo Galeano, la selección uruguaya ha sido la primera en el mundo en incluir en su selección nacional a jugadores negros. También hace referencia a cómo en el primer sudamericano en 1916, Chile pidió anular el partido jugado con Uruguay porque ésta selección tenía jugadores "africanos”. Se refiere a Isabelino Gradín y Juan Delgado, bisnietos de esclavos que fueron los autores de dos de los cuatro goles con la que la selección uruguaya derrotó incuestionablemente a la selección chilena.

En nuestro medio la pregunta es: ¿por qué los aymaras o quechuas no juegan en la misma dimensión poblacional en el fútbol profesional? ¿Los aymaras o quechuas acaso no juegan el fútbol entre los 500 y 4.000 metros sobre el nivel del mar? ¿No se observa que en los campeonatos locales se juega al fútbol con igual pasión que en Brasil? ¿No sirve la historia de que algunos líderes aymaras como Jenaro Flores hayan hecho su carrera jugando al fútbol o incluso el actual Presidente de Bolivia? ¿No se observa niños con cualidades importantes en campeonatos zonales y en las provincias? Esto es observable en Achacachi, Patacamaya, Viacha, Chulumani, Palos Blancos, Chapare;  en Karangas, El Alto, etc. etc. Pues, la afirmación "de que no existe racismo en el fútbol boliviano” es simplemente ocultar este colonialismo que aquí definimos como "racismo estructural” dado que no habría materia para polemizar del racismo en el fútbol contra aymaras o quechuas.

Estando en México en mi posgrado, una estudiante colombiana me preguntó: "¿Por qué la selección de fútbol de Bolivia son puro blancos y no hay indígenas si Bolivia es un país indígena?”. La pregunta tiene sentido porque en la selección colombiana de fútbol y sus equipos profesionales el 50% de los jugadores son afros y una gran parte de la población nacional también lo es. Y es por ello que se observa que la selección colombiana está constituida por ellos sin excluir a jugadores "blancos” como parte de una realidad sociológica. 

En cambio en Bolivia los ídolos son los extranjeros, algunos de ellos merecidos como el Zurdo López, el histórico 10 de Bolívar; o Jairzinho de Wilsterman y varios otros. Pero muchos no, y pese a ello se les da preferencia, pero excepcionalmente o ninguna al futbolista aymara o quechua. ¿Qué es eso? Es un racismo estructural frente al "racismo específico” que se debate y se sanciona en otros países como en la UEFA. Aunque igual allí persiste este fenómeno. Y aquí existe la consabida respuesta de que el futbolista se construye desde la niñez y en ambientes preparados para ello de lo que, por otra parte, se carece en Bolivia. He estado en las playas de la ciudad de Recife, Brasil, y allí pude observar que los chicos de todas las edades juegan fútbol donde hay espacio para jugar -en este caso en las playas-. Y no necesariamente vienen sus jugadores de los laboratorios del fútbol profesional. Pelé, Garrincha, Romario, Maradona o Chumpitas no vienen de familias ricas; vienen de familias modestas y hasta económicamente pobres. Y en Bolivia esos contextos abundan de gran manera. 

Ahora si existen futbolistas aymaras simplemente son excepciones como la de Percy  Colque, a quien de paso los relatores deportivos le llamaban el "campesino”; o Miguel Huanca, entre otros, lo que quita que haya futbolistas aymaras con apellidos españoles. Y además aquí el origen cultural no se resalta en los medios de prensa futbolística y menos por los dirigentes. Eso es muy parecido a cómo Fluminense en los años 1916-30 del siglo XX ocultaba a sus jugadores negros y los obligaba a pintarse la cara con polvo de arroz para que aparezcan como blancos. En Brasil, Vasco de Gama fue el primer equipo de fútbol profesional que admitió públicamente que sus jugadores eran negros. Aquí pareciera que ocurre algo parecido con las excepciones que existen. Son los propios jugadores los que no se adscriben a ser aymaras, quechuas o prevenir de estos pueblos porque no les da ventaja alguna. Es mejor ocultarla. Y en caso extremo, la demostración del colonialismo en el fútbol, los propios racializados como Pelé en Brasil o Angola en Bolivia sostienen que en el fútbol no hay racismo. En el caso de Pelé por negar ese hecho en los círculos de asociaciones de negros ha sido declarado persona no grata. En el caso de Víctor Hugo Angola, él sostuvo: "No, no me molesta que me llamen negro, muchos lo hacen con cariño, sobre todo mis compañeros de equipo…”. Luego reconoce: "Como en todos los escenarios no falta gente desubicada, pero no por ello podemos generalizar. Muchas veces me gritaron ¡negro! ¡macaco! Y no les di importancia” (Periódico La Patria, Oruro, 26 octubre, 2010).

En los estadios del exterior son los propios descendientes africanos hinchas del equipo adversario quienes les gritan a sus hermanos de macaco, o expresiones como la de Francisco Prieto, arquero de ColoColo, (nombre de cacique Mapuche) que le dijo a Junior Fernández (migrante brasileño nacido en Tocopilla): "Más cuidado po, negro culiao” (fútbol rebelde, febrero, 2012). La contrariedad se da porque el fútbol nació en Mesoamérica o Inglaterra desde la cultura indígena, negra y blanco. Incluso el fútbol más hermoso se juega a ritmo de capoeira en Brasil y en Bolivia tenemos la diablada, el t’inku, la llamerada, bailes ágiles y alegres. ¿Cuál es el problema si con el baile se ha re-creado el fútbol en el mundo? Aunque esta pregunta es ingenua porque hoy el fútbol es mucho poder y un negocio donde sólo vale el color de la piel oscura si éste es un crack y los afros lo son y por ello a regañadientes fueron aceptados como ídolos en Francia o Brasil. Y en cambio aquí los aymaras o quechuas echan a perder sus energías sociales porque el fútbol en Bolivia de hoy y ayer es racista y colonial.

 

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