El jardín de las delicias

María Teresa Nogales Zalles es activista por la seguridad alimentaria. Dejó un cargo importante en una ONG internacional, en Estados Unidos, para regresar al país y crear la Fundación Alternativas. A través de esta organización sin fines de lucro se impulsó la Ley Municipal de Seguridad Alimentaria, inédita en Bolivia, y la pasada semana se presentó la Propuesta Metropolitana-Centros de Acopio. Su historia es parte del libro Latinoamérica se mueve, crónicas sobre activistas, recientemente publicado por Hivos con la edición de Álex Ayala.
domingo, 02 de octubre de 2016 · 00:00
Alejandra Pau periodista

 

 

María Teresa Nogales Zalles tiene 35 años y sabe hacer un poco de todo, como los malabaristas. Es una mañana despejada del mes de mayo y la activista recoge escombros y transporta madera en el huerto Lak’a Uta, situado en el límite imaginario entre dos de las ciudades más caóticas de Bolivia: La Paz y El Alto. 

Allí, todos los sábados María Teresa trabaja entre parcelas, cultivos e invernaderos, en mitad de un microcosmos orgánico de agricultura urbana al que se ingresa por una carretera asfaltada, serpenteante y estrecha a través de la cual cientos de vehículos, de todas  las formas y tamaños, trasladan a sus pasajeros.

Nogales y sus compañeros llenos de ideales han convertido el área verde en la primera iniciativa de seguridad alimentaria urbana del país. El objetivo es lograr una comunión entre las comunidades, las políticas públicas y el emprendurismo a través de los programas de la Fundación Alternativas, una organización sin fines de lucro fundada por María Teresa hace dos años.

En el huerto, las botellas PET, las llantas y las bolsas de leche son herramientas de trabajo. Nogales acaba de hacerse una herida en el brazo, pero no le da importancia. Ella se divierte: ríe, bromea y charla con los ocho miembros del equipo de la fundación. Todos dedican por lo menos un día a la semana a impulsar el proyecto.

María Teresa o MT, como le dicen, lleva guantes de trabajo y botines para trekking, y cubre su cabeza con una bufanda. El sol a esta hora casi quema, pero ella no duda en agacharse para sacar los clavos de una tarima y su silueta queda a la misma altura que las nubes. 
La imagen es casi onírica.

Lak’a Uta, que significa "casa de tierra”, es un área verde que ocupa 25.000 metros cuadrados de la ladera oeste de La Paz, de la zona de Cotahuma. Forma parte de un macrodistrito con más de 142 mil habitantes y está cubierta por maleza y eucaliptos. Durante años, esta zona fue utilizada por antisociales, alcohólicos y perros callejeros para refugiarse. Desde que intervino María Teresa se ha llenado de parcelas con tierra enriquecida de manera orgánica para albergar tubérculos, hortalizas, verduras y hierbas aromáticas.
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María Teresa nació en Estados Unidos y es hija de bolivianos. Se instaló en La Paz junto a su familia a los  cinco años. Luego, volvió al país del norte para estudiar tres carreras de forma simultánea -Ciencias de  la Educación, Ciencias Políticas y Literatura- y completar una maestría en Relaciones Internacionales. Después, retornó a Bolivia para trabajar en la Alcaldía y conoció el huerto en el que ahora se halla.

Nogales me comenta que cada una de las 24 parcelas de 16 metros cuadrados del proyecto "Sembrando las Ciudades del Mañana” es asignada a una familia. A continuación, me dice que pronto llegarán pasantes de las universidades de Chicago y Harvard para apoyar a los otros voluntarios bolivianos y extranjeros que tratan de ayudar en sus ratos libres. Y dobla la espalda para fijarse en algo. Al frente, hay una de las mejores vistas de La Paz. Abajo, es puro espacio empinado.

-Abre la boca- me ordena luego decidida mientras arranca algunas flores.
-Me va a dar ántrax. ¿Qué son?- le respondo bromeando y abro la boca. 
Son flores de brócoli.
-De eso se trata, ¿ves?- me dice.

Se trata de entrar en conexión con la naturaleza, de intimar con ella, de recuperar esos lazos con la tierra que los animales de ciudad hemos roto pero no olvidado, de no asumir su existencia sólo por los frutos exhibidos en los puestos de mercado o en las bandejas de supermercado.
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La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación dice que la seguridad alimentaria existe cuando todas las personas tienen acceso en todo momento a productos suficientes, seguros y nutritivos para cubrir sus necesidades nutricionales para una vida sana y activa. 

En el campo, los campesinos tienen acceso directo a los alimentos, pero en las ciudades cada vez es más difícil garantizar el sustento. Muchas de las familias que viven en las laderas de La Paz no tienen  refrigerador para conservar los vegetales y se ven obligadas a comprar verduras y frutas en mercados ubicados lejos de sus viviendas. María Teresa, sin embargo, ve posible un cambio y por eso decidió hacer algo.
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Nicolás Alegre Yucra tiene cuatro años, está en prekínder y acaba de llegar feliz a su parcela junto a sus padres. A él le gusta plantar y "trabajar con la volqueta” de juguete que lleva al Chit’i (pequeño) Huerto, un espacio de cultivo para los niños que está a cargo de Nogales, y un lugar en el que ella juega, se ensucia y ríecomo uno más cada vez que está con ellos.

A su alrededor, algunas familias trabajan la tierra con ímpetu. Sonia Yucra, madre de Nicolás, comenta que cada semana se lleva algo fresco a casa: brócoli, papa, lechuga. Y admite que hasta hace poco más de un año no tenía ni idea de lo que era la agricultura urbana.

Según el Instituto Nacional de Estadística, alrededor del 70 por ciento de los más de 10 millones de habitantes de Bolivia vive en ciudades en las que se condensan cientos de miles de personas que a veces se las arreglan con ganancias por debajo del salario mínimo. El 60 por ciento de ellos lo hace con menos de dos dólares  al día  y gasta el 80 por ciento de sus ingresos en comida.

Para revertir la situación, Abad Conde -el agrónomo encargado del huerto- propone autonomía, libertad y "siembra” de nuevos conocimientos.
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María Teresa Nogales es una amante de las plantas, una fuente de energía casi inagotable, una devota del horóscopo, a veces una impaciente y una perfeccionista. Es, además, una productora incansable de ideas y una soñadora, pero no de las románticas, sino de las que trabajan para lograr resultados lo antes posible.

La palabra activista por la seguridad alimentaria no le acaba de convencer, pero es justamente en eso en lo que se ha convertido. En 2009, tras leer algunos textos sobre la temática mientras trabajaba en Washington -en una ONG con la que conoció más de 20 países- quedó indignada al comprender que Bolivia -un país rico en alimentos nutritivos, pero último en el ranking latinoamericano sobre seguridad alimentaria- no era capaz de cubrir algunas de sus necesidades básicas. Y se sintió angustiada porque no entendía que un lugar con pisos ecológicos, producción agrícola y gente emprendedora se viera obligado a sufrir por ello.

Nogales no quiso aceptar esa realidad y tomó una decisión casi revolucionaria: renunció un viernes a su trabajo -al traje formal, a los tacos, al horario de oficina y a las manos de chica de ciudad- para aprender a cultivar en una granja de Pensilvania y dejar de ser una neófita en la materia. Allí, cosechó frutillas, preparó compost, sembró decenas de hortalizas. Y la primera vez que comió lo que ella misma había cultivado con sus propias manos le supo como si la victoria pudiera saborearse.

En 2010 regresó a Bolivia, se estableció en Santa Cruz, creó un huerto orgánico para experimentar con diferentes formas de cultivo urbano y comenzó a elaborar la estructura de lo que sería la fundación que ahora preside. Y luego se acordó de Lak’a Uta -de que había caminado por allí unos años antes- y le pareció el sitio perfecto para seguir con sus emprendimientos. 

Para entonces ya era vegetariana.
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Cuando tiene tiempo, María Teresa fuma los dos cigarrillos que se permite al día en algún espacio abierto y pide una taza de té en alguna cafetería. Su mayor motivación desde que decidió dejar de ser "chica de escritorio” y crear la fundación es haber logrado -junto a su equipo- que en noviembre de 2014 se aprobara la Ley Municipal Autonómica de Seguridad Alimentaria. 

Esta ley, inédita en Bolivia, contempla acciones en todo el eslabón de la seguridad alimentaria y pretende generar los mecanismos adecuados para garantizar una distribución equitativa de los alimentos que se producen en las áreas urbanas y rurales del municipio de La Paz, brindar educación nutricional, fortalecer los mercados y las ferias y controlar la calidad e inocuidad en los centros de abasto.

Tanto en su oficina como en su casa, María Teresa tiene plantas, y cuando florecen algunos de sus lirios -a los que les charla-, los mira con ternura y siente que no se cambiaría por ningún otro ser de los que pueblan el planeta Tierra ni  aunque pudiera. 

No tiene prisa por armar familia. De vez en cuando habla por Skype con su sobrina. Y en ocasiones vuelve al traje formal para asistir a las reuniones del  Comité Municipal de Seguridad Alimentaria, pero luego regresa a los jeans y a los botines para hacer seguimiento de los centros integrales que han sido beneficiados por sus proyectos. 

Dos de ellos -el de Santa María, en Alpacoma, y el de San José, en Las Lomas- se han convertido en semilleros de enseñanza para los hijos de los padres trabajadores que recurren a sus servicios.

 En cada uno hay un huerto orgánico y en ambos se han organizado demostraciones culinarias con chefs profesionales y ferias de comida saludable que sirven para dar ejemplo.

Cada vez que visita a alguno de los centros, María Teresa saluda a todo el mundo, se hace selfies con las cocineras y bromea con ellas. Y también comparte sus experiencias.

En su último libro, el antropólogo colombiano Arturo Escobar insiste en la necesidad de recuperar la "intimidad” con la tierra para enfrentar la crisis ecológica que estamos viviendo, y dice que esto se logra con el "sentipensamiento”, es decir, estrechando los lazos entre el ser humano y la naturaleza. 

María Teresa hace tiempo ya que se reconectó con la Pachamama, con la Madre Tierra. Y es, sin duda, una de las "sentipensantes” que se preocupan de que la seguridad alimentaria sea un derecho ejercido por todos.

 

 

 
 
 

 

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