Ensayo

Una ausencia de mar

¿Podemos soñar naufragios o amores de sirenas sin haber vivido el mar? “Nosotros sabemos de llantos y lluvias, lagos, charcos y ríos, pero el mar nos es ajeno”, dice Patiño.
domingo, 23 de octubre de 2016 · 00:00
Jorge Patiño Sarcinelli matemático y escritor

 

Para Armando Godínez

Los españoles que navegaron hasta la costa de este continente y treparon nuestras montañas en busca de oro, se llenaron los ojos de polvo, pero no se les borró jamás el mar que llevaban adentro. Aquí se encontraron con habitantes cuyo espacio tenía la cualidad infinita del horizonte, encontraban en los abismos la profundidad que incita a pensar y tejían sueños de piedra y viento sin haber llorado naufragios. De este choque y fusión de imaginarios surgió el alma boliviana; si es que hay una.

Dice Foucault (1) : "En civilizaciones sin barcos, los sueños se secan, el espionaje reemplaza a la aventura, y la policía a los piratas”. La evidencia física es irrefutable: no tenemos mar y nuestros barcos son botes de aguas menores. ¿Tenemos entonces que inclinarnos ante la sentencia de Foucault, y reconocer nuestra propensión a la intriga y nuestra esterilidad onírica? ¿O podemos encontrar en nuestro imaginario la materia y el espacio que han jugado las veces de mar, donde nuestros sueños en lugar de secarse han echado vuelo?

La cita de Foucault habla de barcos; la idea de mar está sugerida. Un barco es según él una heterotopia; que podríamos definir como un espacio con habitantes contradictorios (y habitado por contradicciones); cementerios y prostíbulos, por ejemplo. La vida misma es un viaje en un barco que zarpa al nacimiento, con muchos días de calma anodina, tormentas de angustia y pocas islas paradisiacas, hasta que un día atraca o naufraga. Nao de argonautas, martirio de esclavos, esperanza de emigrantes; un barco es un espacio flotante en el que huimos soñando.

Una historia atroz junta dos heterotopias: en 1789 Inglaterra envió a Nueva Gales un barco con 237 convictas para prestar servicios sexuales. Este barco iba con su erótico cargamento causando previsible sensación cuando atracaba. Era un espacio cargado de placeres prohibidos; vez única en que las marineras daban placer, en lugar de buscarlo, de puerto en puerto. 
También una isla es una heterotopia; es un barco anclado al fondo del mar. "Una isla es una ausencia de mar rodeada de mar” dice Loynaz, la poetisa cubana. Hay que ser isleño, haber crecido con sal de mar en la piel y con ruido de olas por arrullo para entender que eso es más que una descripción geográfica. Este sentimiento nos es ajeno, como nos es la necesidad vital de navegar.

El mar como elemento del imaginario se remonta al inicio del tiempo. Dice Borges: "Antes que el sueño tejiera mitologías y cosmogonías, el mar ya estaba y era”. Así lo dice el Génesis: cuando la tierra era todavía caos y oscuridad, antes que Dios creara la luz, Su espíritu "se movía sobre la faz de las aguas”. En el mar se originó la vida y ella renace cada vez en el agua materna. El mar es la madre inmensa de todo lo que vive; primordialmente lo sentimos. 

Abre Tamayo Las Oceánides con la frase "Cantaba el mar”, y cuando más adelante exclama "Fue la ola un sollozo dilatado/ Que estremeció sirenas y delfines”, sentimos que el poeta fuerza con mal resultado su pluma hacia un universo al que no pertenece nuestro imaginario. Moby Dick no podría haber sido escrito por un altiplánico. ¿Podemos soñar naufragios o amores de sirenas sin haber vivido el mar? No sabemos qué sueñan los andinos.

No todas las aguas son iguales en el imaginario; conocer una no nos hace conocedores de otras. Son diferentes el agua del mar y el agua de la lluvia, el agua de una fuente y una lágrima (que en miniatura encierra las cualidades de otras aguas: salada y encerrada entre orillas brota como una fuente). Nosotros sabemos de llantos y lluvias, lagos, charcos y ríos, pero el mar nos es ajeno.

El agua inmensa tiene virtudes propias: es el sueño del origen y el terror del fin, es el infinito hecho concreto. En la orilla termina la tierra firme y comienza el fondo tenebroso del mar donde acaban los naufragios y duermen  los galeones con sus esqueletos un día ambiciosos; es el lecho donde "una noche se acuestan los marineros con la muerte”, como dice Neruda. Quizás en el imaginario colectivo puedan existir todas esas cosas en abstracto sin ser mar concreto.

Algo más sutil sucede con el espacio infinito. Como el tiempo, el espacio es una invención humana. Es necesaria la mente detrás de los ojos para percibir el azul del cielo hecho bóveda sobre nubes que flotan, el horizonte extendiéndose hasta el infinito detrás de la montaña, el abismo que se pierde en la profundidad; la superficie del llano y el laberinto de la mina; cima y sima, centro y periferia. Todas esas formas de espacio son construcciones humanas. 

El mar abre su profundidad oscura hacia abajo. El aire sobre las cordilleras se abre transparente y sin límites hacia arriba. Los misterios del aire se extienden en la oscuridad de la noche hasta encontrar en la luz de estrellas quién sabe ya muertas su fondo inescrutable. Se nos ha negado el mar, pero encontramos los misterios de la inmensidad en el infinito sideral. 

Para los habitantes de la montaña la intuición del espacio no tiene fronteras. Debimos ser un pueblo osado que no ve límites cuando alza la vista, pero vino el español a sugerirnos orillas y nos las inventamos cercanas. En lugar de mirar al cielo, buscamos el subsuelo; en lugar de volar hallamos nuestra vocación en la mina, en el retorno al vientre de la madre tierra. El aire debió ser nuestro elemento, pero elegimos la tierra.

Reclamamos el mar que fue nuestro históricamente, pero no cultural ni vitalmente, arguyendo razones prácticas para construir un anhelo político: sin puerto propio se ahoga el comercio y hay unos viejos tratados que nos dan derechos. Todo eso es cierto, pero falta añadir la razón emocional profunda: sin mar nuestro imaginario está amputado. 

Francovich en su ensayo Los mitos profundos de Bolivia dice que ellos son: el origen indio, la fuerza de la montaña, la riqueza del Cerro de Potosí y el espectro español. Nuestro sabio falló por defecto: allá en nuestras profundidades del alma yace una ausencia mítica sin la cual no podemos entender el imaginario boliviano: la del mar.  

Estas divagaciones quieren sugerir más que demostrar; y sólo buscan enriquecer la percepción de nuestro propio imaginario. Hablo aquí del hombre andino sin sugerir que sea sinónimo de boliviano. Bolivia ha sido bendecida con la diversidad en la inmensidad. En cada rincón de la geografía el habitante crea su imaginario; el del altiplano será uno, el del valle o de los llanos otros. Quizás nos une aquella ausencia.

 Citado por Peter Johnson en The Ship: navigating the myths, 
metaphors and realities of Foucault’s heterotopia par excellence. 
Heterotopian Studies, (2016).

 

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