Matasuegra

Un beso que quema

domingo, 23 de octubre de 2016 · 02:00
Willy Camacho escritor
 
La popularidad de los caporales, la danza folklórica boliviana que más ha "pegado” fuera de nuestras fronteras, no sólo se debe a su ritmo contagioso, sino también a las acrobáticas coreografías que los varones ejecutan, cuyos trajes resaltan las figuras masculinas, ocultando barrigas con las fajas, elevando la estatura con las botas, ensanchando espaldas con hombreras y simulando musculatura con el diseño abombado en brazos y muslos. Pero la guinda del pastel corresponde a las mujeres, pues la delicada sensualidad de sus pasos contrarresta el erotismo de sus atuendos, de modo que el morbo del público se transforma en admiración romántica: en las graderías, los hombres no piden "¡que muestren la cola!”, sino "¡beso, beso!”.

Sin embargo, cuando los caporales debutaron en el Gran Poder, a principios de los 70, ese complemento femenino no existía. La sensualidad engalanó la danza años después, gracias al camino que abrió un grupo de travestis en otro baile: la Morenada. Es que en las décadas de los 60 y 70, la que hoy es la figura destacada de toda fraternidad, la china morena, era interpretada por travestis, sin que nadie se ruborizara ni indignara, como señala el libro La china morena: memoria histórica travesti, que recoge una investigación realizada por varios académicos (entre ellos David Aruquipa) y revela el origen de este sensual personaje, reivindicando el aporte de travestis y homosexuales a la fiesta boliviana.

En 1974, Barbarella (Peter Alaiza) protagonizó un hecho, quizá sin intenciones políticas, que provocó malestar en la moralista y conservadora clase media paceña de esa época: besó en la mejilla a Hugo Banzer, entonces presidente de la república, que había acudido a presenciar la Entrada del Gran Poder, porque era la primera vez que la festividad salía de Chijini e ingresaba hasta el centro de la ciudad. Al año siguiente, se prohibió la participación de travestis en las danzas y, pese a que durante un tiempo se dieron modos para eludir la censura, eso determinó que Barbarella y sus compañeras colgaran las botas, las minipolleras, los corsés, las pelucas coloridas... No obstante, lograron abrir un espacio para lo femenino en las manifestaciones folklóricas populares, lo cual es un legado todavía escasamente reconocido.  

Tras casi 15 años del fallecimiento de Barbarella, el Gobierno nacional promulgó la Ley 807 de Identidad de Género, que "tiene por objeto establecer el procedimiento para el cambio de nombre propio, dato de sexo e imagen de personas transexuales y transgénero en toda documentación pública y privada vinculada a su identidad, permitiéndoles ejercer de forma plena el derecho a la identidad de género”, simplificando un trámite que antes demandaba mucho tiempo y dinero (intervención quirúrgica, examen psiquiátrico y forense, juicio, etc.).

Dicha ley es fruto del trabajo coordinado de la Organización de Travestis, Transgéneros y Transexuales Femeninas de Bolivia (OTRAF) y de Trans Red Bolivia (Red TREBOL), y, sin duda, constituye un importante avance en la lucha por los derechos de la colectividad TLGB. Algunos pensarán que exagero, considerando que incluso beneficiarios directos de la norma han manifestado que está muy lejos de las leyes y políticas implementadas en otros países; pero en el nuestro, donde nada concreto se había hecho por estas personas, la Ley 807 marca una inflexión en la timorata conducta política de los gobernantes.

Y tengo la impresión de que los sectores conservadores han percibido lo mismo, dado el recurso de inconstitucionalidad en contra de la Ley de Identidad de Género presentado por la denominada "Plataforma por la vida y la familia” ante el TCP. Específicamente, el movimiento cuestiona los artículos 1, 3, 10, 11 y 12, y la primera disposición final de esta ley (que manifiesta la sujeción a lo establecido en el Artículo 63 de la CPE), argumentando que abre la puerta para que personas del mismo sexo contraigan matrimonio y conformen familias.

Eso sí, muy respetuosamente, Eduardo Gutiérrez, dirigente de la Plataforma, asegura que no tienen nada en contra de "personas con preferencias sexuales diferentes”, pues sólo se oponen a la "macabra ideología de género que busca destruir al hombre, a la mujer y a los niños, en su núcleo más íntimo”. Para Gutiérrez, la Ley 807 persigue un fin siniestro: "cambiar las pautas morales de la sociedad”, además que "puede interferir en el sano desarrollo de nuestros niños”.

Otros miembros de la Plataforma, haciendo gala de una amplitud de mente y corazón, afirman que respetan los derechos de "estas personas”, uno de los cuales es "hacer lo que quieran con sus cuerpos”, y recalcan que sólo se oponen a que, gracias a la Ley 807, "estas personas” puedan casarse y adoptar niños. Según Horacio Poppe, diputado de Unidad Demócrata, tal posibilidad "es inadmisible”, ya que "es la naturaleza la que no se los permite”, y aclara que no llegó a dicha conclusión "desde un enfoque religioso, moralista, sino desde un enfoque filosófico, científico”. Por lo visto, los "plataformos” son tolerantes; claro que, como pensaba Pedro Lemebel, tolerar equivale a decir "te masco pero no te trago”. Toleran la diversidad, la diferencia; prueba de ello es que respetan los derechos de "estas personas”, siempre y cuando sean diferentes de los suyos.

Ironías aparte, el apoyo de legisladores opositores a la Plataforma me hace sospechar que hay un cálculo político detrás del movimiento. Quizá pretenden apostar todas sus fichas al carácter conservador, moralista y machista de la sociedad boliviana, algo que, como estrategia política, puede considerarse válido; sin embargo, sacrificar los derechos que, con mucho esfuerzo, conquistó una minoría (TLGB), es una canallada injustificable.

Hace 42 años, Barbarella besó a Banzer, tal vez haciendo caso al clamor de la gradería: "¡Beso, beso!”. Su atrevimiento causó la proscripción de las mujeres transgénero en las entradas folklóricas, pero no de la sensualidad femenina que aportaron a las danzas (incluso su legado travesti se ha renovado en la figura de la macho caporal). Hoy, el atrevimiento de transexuales y transgéneros ha alcanzado rango de ley; es un beso que quema la mejilla platafórmica, y yo, desde mi gradería, grito: "¡Otro, otro!”.

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