Identificación étnica y ética en el corazón del imperio

Las groserías verbales, mentiras descaradas y evidente ignorancia en asuntos de Estado aparecen como grandes virtudes ante los ojos de un electorado que piensa que “alguien como ellos” es la solución a sus problemas.
domingo, 9 de octubre de 2016 · 02:00

Walter Guevara Anaya

 

¿Cómo se explica que un multibillonario llamado Donald Trump reciba apoyo masivo de un segmento cada vez más empobrecido del electorado estadounidense? Existen dos explicaciones, la convencional y la que se propone en este artículo.
 
Las dos explicaciones se basan en el hecho de que Trump es un genio de marketing. El producto que mejor sabe vender es su propia imagen, ajustada a gusto del comprador. Según la explicación convencional, Donald Trump ha vendido una imagen electoral apuntada a las preocupaciones de los blancos poco educados y de bajos ingresos que han sufrido las consecuencias de la globalización y la automatización. Esos votantes podrían decidir la próxima elección.
 
Son personas que viven en estados en los cuales muchas industrias tradicionales han cerrado o han reducido sus operaciones debido a que los ejecutivos y los dueños han llevado las manufacturas a países donde la mano de obra calificada es más barata, tales como China, México o Indonesia, y donde los procesos industriales se pueden automatizar sin mucha resistencia laboral. Es natural que estas personas rechacen no solamente la pérdida de sus trabajos y su estándar de vida, sino que estén tremendamente atemorizadas, confundidas y furiosas.
 
Ahí es donde entra el genio marketero de Trump. A voz en cuello les dice a esos trabajadores que países extranjeros les han robado sus trabajos. Esto le permite acusar a su rival, la candidata Hillary Clinton, de no haber hecho nada durante los ocho años del mandato del presidente Obama para evitar ese robo. Poco le importa que la señora Clinton fuera Secretaria de Estado solamente durante los cuatro años del primer mandato de Obama.
 
Como el público al que apunta Trump entiende poco o nada de las complicaciones del comercio exterior, es fácil ensañar su furia contra unos ladrones extranjeros, contra los cambios culturales que le producen inseguridad y contra un presidente negro y una candidata mujer. Este público se identifica de inmediato con la tez rosada, la artificiosa cabellera rubia y el inocultable aspecto de macho alfa anglosajón de Trump. Lo acepta como su líder natural en el orden étnico, sin que la billonada de dólares y estilos de vida que los separa afecte esta identificación.  
 
En el primer debate presidencial Hillary Clinton dijo haber entrevistado a "lavaplatos, pintores, arquitectos, vidrieros, marmoleros y cortineros, tal como fue mi padre” que habían sido estafados por Trump. Uno se pregunta de qué manera los abusos de un gran empresario contra unos pocos blancos relativamente pobres no impiden que muchos otros blancos que están saliendo de la clase media y cayendo en la pobreza le brinden un apoyo tan ciego y tan leal.
 
Además de explotar la identificación étnica, Donald Trump ha encontrado un discurso que lleva a que su público se identifique plenamente con su modo de ser y de actuar, algo que podríamos llamar identificación ética. Los blancos pobres de bajos niveles educativos no critican, admiran su carácter. Se dicen a sí mismos "yo quisiera estar en su lugar y de estarlo haría exactamente lo mismo que él”. Trump cultiva prejuicios raciales y sexistas para que se festejen sus picardías y no se envidien los provechos financieros que le trae una conducta de que todo vale en los negocios. 
 
Las groserías verbales de Trump, sus mentiras descaradas y su evidente ignorancia de asuntos de Estado aparecen como grandes virtudes ante los ojos de un electorado que piensa que "alguien como ellos” es la solución de todos sus problemas. El público que apoya a Donald Trump lo hace primero porque tiene sus mismos rasgos físicos. También lo apoya porque Trump los ha convencido que él es todo lo que ellos quisieran ser. Los comportamientos aprovechadores y abusivos de Donald Trump son los rasgos de un héroe que ese público necesita tener y valorar. 
 
"Nos hemos vuelto un país del Tercer Mundo” exclamó un indignado Donald Trump en el primer debate presidencial, a modo de culpar a la candidata Hillary Clinton por las deficiencias de infraestructura que él pretende solucionar si es elegido presidente, como si el tiempo que ella estuvo al mando de la Secretaría de Estado la hiciera responsable de temas de infraestructura. Lo más curioso de esta apreciación es que Donald Trump está reviviendo a todo vapor las prácticas políticas que hoy son la plaga más dañina del Tercer Mundo.
 
Hace casi 180 años Estados Unidos se vacunó contra esas prácticas. En 1837 concluyó la presidencia de Andrew Jackson, fundador del sistema prebendal (spoils system). Jackson cultivó la imagen de macho anglosajón con la que cautivó a las masas. Antes de ser presidente derrotó a los indios semínolas. A partir de esa derrota se logró que los españoles cedan La Florida, hoy un estado de la Unión. Diez años más tarde ganó las elecciones con un amplio margen. Hasta que Donald Trump apareció en escena, los avances de la democracia y la cultura política en los Estados Unidos dieron la esperanza de que la carrera política de Andrew Jackson no se pudiera repetir. 
 
Hay que recordar que la combinación de rasgos étnicos y éticos tan bien empaquetada y vendida por Donald Trump a un público ignorante, atemorizado y furioso no es nada original ni único. En la primera mitad del siglo pasado, demagogos de la talla de Adolfo Hitler conquistaron a uno de  los pueblos más educados y ricos del mundo con una variante cruda de este tipo de discurso: la idea de que los originarios de origen ario eran una raza superior. Al menos desde la segunda mitad del siglo pasado hasta nuestros días una amplia gama de demagogos del Tercer Mundo ha adaptado con el mayor éxito una serie de variantes de esta fórmula a sus propias circunstancias. 
 
Si la candidatura de Donald Trump tiene éxito, los Estados Unidos no se convertirá  de la noche a la mañana en un país del Tercer Mundo. Para regocijo de los que creen que el populismo prebendal es la etapa superior de la democracia, después de la cual viene la dictadura del proletariado, la política imperial adquirirá toques del África de Alí Bongóy Robert Mugabe, del Asia de Kim Jong-un y Vladimir Putin, y de la América Latina de Daniel Ortega y Nicolás Maduro.

 

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