Con nombre y apellido y el todo nacional

Alfonso Gumucio comenta el libro de perfiles y semblanzas de personajes bolivianos de Carlos Hugo Molina.
domingo, 9 de octubre de 2016 · 02:00
Alfonso Gumucio Dagron, periodista e investigador
 
Este es un libro generoso pero no obsequioso. Es un libro consecuente pero no obsecuente. Es un libro que entrega, comparte, establece diálogos y redes. Es un libro que difunde, pero sobre todo infunde. Es decir, causa, provoca, engendra y comunica. 
 
Está escrito con modestia y con humildad, aunque viene de un autor con una trayectoria literaria bien nutrida y de una experiencia de vida que enriquece cada una de sus palabras. Carlos Hugo Molina es un hombre que ha vivido intensamente su vida pública y su  vida privada, y en ambas se ha dado completo, con fuerza y con una dignidad que nos honra a todos.
 
En Con nombre y apellido nos convoca colectivamente, no solamente para atraparnos en los pliegos de papel, sino para transparentar los puentes, las conexiones, el tejido multicolor de relaciones que nos hacen parte de un todo territorial del que a veces no somos plenamente conscientes. Un todo nacional que, en sus palabras, reduce las fronteras culturales entre el oriente y occidente de Bolivia, y un todo regional latinoamericano que nos coloca en un mundo más amplio.
 
A través de 69 perfiles de personas y de otros textos que permiten tejer relaciones entre ellas y con la historia de Bolivia, Carlos Hugo se convierte en un cronista amoroso, que escribe sobre un país que ama y recorre a través de 27 escenarios.
 
Cada quien encontrará en el libro los escenarios que prefiere y los personajes con los que siente mayor cercanía. Encontrará también a aquellos con los que está en desacuerdo, y eso es bueno cuando de provocaciones y diálogos se trata. 
 
A  mí me interesaron de manera natural los escenarios de la Revolución Nacional (que viví a través de mi padre), y los escenarios más cercanos que tienen que ver con el periodo histórico que vivimos actualmente, pero también con temas que tocan de manera particular mi sensibilidad, como es el medio ambiente y el planeta en riesgo, el TIPNIS, el reencuentro de Bolivia con Santa Cruz, y las redes virtuales, entre otros.
 
Pero sobre todo disfruté los perfiles de quienes quiero entrañablemente y también de quienes conozco poco pero que el libro de Carlos Hugo me permite conocer un poco más, ya sea para apreciarlos en su justa dimensión o para confirmar mis propias impresiones sobre ellos.
 
Entre los que quiero entrañablemente destaca Líber Forti, a quien me unía una amistad de esas que nada puede mellar, ni siquiera la muerte. Es uno de los perfiles más breves del libro, pero destaca tres palabras que definen a Líber de cuerpo entero: la ternura, la lucidez y la amistad. 
 
Con dolor y ternura escribe Carlos Hugo sobre Luciana y con orgullo y ternura de padre amoroso escribe sobre Sebastián, a quien conocí como poeta antes que como gestor cultural y emprendedor. De hecho, con Sebastián conversé la última vez en la anterior Feria del Libro, en 2015. 
 
Siento la misma mezcla de cariño y respeto intelectual que Carlos Hugo siente por amigos comunes de incuestionable integridad ética como Lupe Cajías, Filemón Escobar, Matilde Casazola, Carlos Toranzo, Marcelo Quiroga, Marcial Fabricano, Javier Torrez Goitia, Waki Cajías, Ana María Romero y Julio Terrazas. Y siento curiosidad a partir de la lectura de este libro, por conocer a otros personajes que Carlos Hugo valora. 
 
Cada escenario comienza con una breve descripción poética, histórica o filosófica que ayuda al lector a situarse junto a los personajes representativos y a los periodos descritos. En la diversidad de textos que nos presenta el libro, hay algunos que no tienen otra pretensión que la de describir, pero otros que son el resultado de momentos de intensa inspiración que exuda el lenguaje con riqueza y pasión.
 
Hay algo de arbitrario en las relaciones que Carlos Hugo establece entre escenarios y personajes, que no siempre corresponden a los temas tratados, pero es la libertad que ejerce el autor de organizar su obra como mejor le parece. 
 
Por el tratamiento muy personal que hace de los escenarios y de los personajes, no es un libro para estar de acuerdo todo el tiempo.  A lo largo de su lectura uno encuentra temas y opiniones que provocan distancia o desacuerdo, pero de eso se trata: el autor provoca y convoca al diálogo. 
 
Por ejemplo, la afirmación en forma de pregunta de que el gobierno de la revolución nacional instaurado en 1952 no aportó nada a Santa Cruz es un contrasentido histórico porque en otras ocasiones el mismo Carlos Hugo ha destacado la importancia de la política de integración nacional y de diversificación económica impulsada por el MNR con los recursos que en esa época se podían conseguir. Como en todo inicio de investigación, formular las preguntas y las hipótesis es importante, pero el desafío es responderlas y ratificarlas. 
 
Los escenarios culturales en este libro son de especial importancia, sobre todo cuando el autor procura rescatar personajes de la cultura cruceña que no han trascendido en justa medida.
 
Al principio, al leer el índice, yo no estaba seguro si debía sentirme honrado de haber sido incluido en el escenario 16 titulado "De reinas y carnavales”, pero luego de ver cuán bien acompañado estaba en esa sección, sentí a pesar del título, que estaba en la comparsa adecuada. 
 
Algunos dirán que faltan muchos personajes, pero este libro no es una guía telefónica, ni un catálogo, sino un relato de los encuentros de Carlos Hugo, a veces fugaces pero suyos. Es su mirada, y en esa mirada personal radica el valor testimonial del libro.
 
En síntesis, el libro de Carlos Hugo es un rompecabezas, un modelo para armar con piezas de diferentes tonalidades que terminan armando un arcoíris, o si prefieren algunos, una wiphala multicolor de nuestra cultura, historia y sociedad. 

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