Retrospectiva

Pulacayo: crónica de un encuentro con la historia

Ascarrunz relata que el centro minero hoy es un pueblo fantasma que sueña volver a ser la segunda mina de plata más grande del mundo.
domingo, 13 de noviembre de 2016 · 00:00
Eduardo Ascarrunz Periodista

 

 

El centro minero donde hace 70 años se firmó la Tesis de Pulacayo, el manifiesto político-ideológico fundamental del sindicalismo boliviano, ahora es un pueblo fantasma que añora un pasado de esplendor y sueña volver a ser la segunda mina de plata más grande del mundo.

A media mañana no hay un alma en las calles. Nadie parece habitar unas casas semiderruidas, algunas sin puerta ni ventanas a la vista. Todo es desolación. No queda rastro de esa ciudad minera que en sus mejores tiempos tuvo una población de más de 60.000 habitantes, de los cuales 7.000 trabajaban en interior mina. 

La segunda impresión que se tiene es la de estar ante un enorme museo al aire libre que alberga en su suelo otros museos, cada uno con un letrero, o una placa recordatoria; cada uno con mucho que contar. 

Cuenta la leyenda que a principios del siglo XIX, una campesina perdió el control de su mula y ésta cayó al abismo y fue a dar a los pies de una montaña gigantesca donde la errante mujer encontró un rico filón de plata. Cuando anoticiado del hallazgo, Mariano Ramírez, propietario de Huanchaca, le preguntó dónde se encontraba el sitio, ella le dijo en su hablar sencillo:"Donde mula cayó”. De ahí el topónimo: Pulacayo.

Al mediodía el sol cae cenital desde un cielo que no puede ser más azul. Se quiebra el silencio: decenas de niños y niñas salen alborotados de la escuela y sus madres salen a su encuentro, mientras los padres permanecen en los socavones extrayendo el poco mineral que queda en la veta El Tajo.

Hitos de un sitio con historia

En 1842, Pulacayo accede al mapa económico al entrar en producción el yacimiento de plata.
 
Años después, frente el boom económico, el presidente Aniceto Arce planta su casa en pleno centro minero (hoy patrimonio histórico). Con fines de expansión industrial, contrata ingenieros y técnicos ingleses, alemanes, franceses y norteamericanos que llegan a incrementar la producción de plata, plomo y zinc. En 1890, se construye la primera vía férrea. Pulacayo deviene principal paso del ferrocarril inglés que transporta mineral boliviano hacia puertos chilenos. Un accidente fatal en 1938  deja un saldo de 40 mineros muertos, como augurando un amargo porvenir: por disputas económicas y conflictos sociales, en 1969 Pulacayo concluye su ciclo de operaciones mineras.

Durante el almuerzo alguien toca el tema de las ciudades condenadas a desaparecer después del auge que las pobló de migrantes llegados por miles de todas partes. Algo había que decir.
 
Sucedió con Chimbote, refiero, que a mediados de los 70 se convirtió en un puerto fantasma, cuando la corriente del Niño se llevó la anchoveta hacia el sur y Perú dejó de ser el país pesquero más rico del mundo, mientras Chile veía pasar los cardúmenes sin poder hacer nada, pues carecía de infraestrctura pesquera. Iba a pasar con Chuquicamata, hace unas décadas: en aras del crecimiento industrial pinochetista, desapareció el pueblo, literalmente, y sus habitantes fueron trasladados a Calama. Una calamidad, realmente. Toda una ciudad dejando siglos de vida a sus espaldas.

Pulacayo llegó a ser la segunda mina de plata más grande del mundo. Pero el sueño de que vuelva a ser lo que fue parece estar muy cerca: la canadiense ProphecyDeveloment Corp. (PDC) trabaja en la prospección del yacimiento. Según un diario colega, que llevo en carpeta, se trata de un megaproyecto argentífero en lo que PDC considera "la segunda mina de plata más grande el mundo”.

La Tesis que hizo célebre al sindicalismo boliviano

¿Por qué se eligió este sitio para firmar la Tesis de Pulacayo? Por varias razones. A  mediados de la década de los años  40, Pulacayo no sólo era un importante centro productor de plata, zinc y plomo, propiedad de uno de los tres grandes mineros de entonces, Carlos Víctor Aramayo, sino porque era uno de los centros más combativos al régimen que siguió al colgamiento del presidente Gualberto Villarroel (21 de julio de 1946). Era necesario asumir una posición frente al nuevo gobierno y plantear qué tipo de revolución y sociedad se debería realizar para lograr la liberación nacional.

Guillermo Lora, artífice del Congreso Extraordinario de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB), autor de la tesis y secretario del trotskista Partido Obrero Boliviano (POR), era un veinteañero entonces. Años después, en su libro ¿Qué es la Tesis de Pulacayo?, puso de relieve la honda significación histórica del documento:

 "La avanzada de la clase obrera habló el lenguaje político y con ayuda del método marxista trocó su impulso puramente instintivo en conciencia clasista, en política, en programa. Éste es el sentido profundo de la Tesis de Pulacayo (…) La clase obrera, desde el seno de la mayoría nacional, se incorpora como la clase social fundamental, por esto mismo revolucionaria por excelencia, como la que encarna las leyes de la transformación de la sociedad misma”.

Para Lora, "toda vez que la lucha de clases se ha agudizado en Bolivia, han aflorado las consignas fundamentales de la Tesis de Pulcayo”, instrumento que, dice, "ha penetrado profundamente en la esencia misma del país y desde ese momento nadie ha podido extriparla (…) No ha tardado en encarnarse en otros documentos sindicales, en formar parte de la tradición de los explotados”.  

Pero en Pulacayo iba a nacer otra tradición, producto de un pacto perpetuo no firmado entre Guillermo Lora y Juan Lechín Oquendo: en adelante el líder del POR iba a encargarse de los planteamientos teóricos del movimiento obrero, traducidos en tesis políticas redactadas por él; el líder minero iba a ser el dirigente máximo e indiscutible de la FSTMB y luego de la COB, elegido congreso tras congreso. Dicho pacto entre dos opuestos políticos (Lora troskysta, Lechín nacionalista) iba a durar más de medio siglo de flujos y reflujos del movimiento obrero organizado.

Fin de jornada

Hace unos meses, yo había sido invitado a acompañar a 34 participantes de un Congreso Latinoamericano de promotores de enegía solar, auspiciado por la filial boliviana de una firma alemana especializada en equipamiento fotovoltaico. La visita a Pulacayo era parte de un viaje mitad trabajo mitad recreo por el Salar de Uyuni, la mayor reserva de litio del mundo, y por su periferia.

Tras una jornada sin un segundo de respiro, los visitantes -que no habían dejado de disparar instantáneas desde sus iPhons-. ahora se sobresaltan de emoción al saberse frente al mismísimo tren asaltado por SundanceKid y ButschCassidy, allá por los años… "Esto es alucinante, Pachi”, me dice una simpática nicaragüense, "vamos, súbete a la locomotora, voy a tomarte una foto”.
 
Ante su entusiasmo, le obsequio un epígrafe de Celine en su novela Viaje al final de la noche:
 Nuestra vida es un viaje/En el invierno y en la noche/Buscamos nuestro camino/ En un cielo en el que nada luce.

"Que nada luce, dices?, ya vas a ver”, tercia una salvadoreña que con los brazos abiertos y la vista hacia el cielo, agradece a la vida haber hollado sus pies en Pulacayo, según ella, "el sitio más sobrecogedor y sorprendente a cuatro  metros sobre el nivel del resto”. 

En efecto, ya de vuelta, instalados en uno de los hoteles de sal, la salvadoreña muestra al colectivo una secuencia fotográfica que para todos no puede ser sino un ovni bajo el cielo del poblado minero donde el movimiento obrero boliviano se puso de pie y echó a andar día y noche en busca de su camino.

 

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