Semblanza

Así nomás había sido…Tano

El autor evoca los encuentros con Cayetano Llobet en su juventud, en los años 60, a propósito de la presentación de su biografía.
domingo, 27 de noviembre de 2016 · 01:00
Juan Carlos Salazar  Periodista 

Conocí a Cayetano Llobet a principios de la década de los 60 en la tertulia que dirigía el sacerdote jesuita Jorge Trías en el colegio Sagrado Corazón, de Sucre, que congregaba a un grupo de estudiantes interesados  en conocer la doctrina social de la Iglesia. Tano era estudiante de derecho y yo cursaba todavía la secundaria. 

Trías era profesor de sociología. La sociología no era materia oficial del programa, pero Trías, que además era Prefecto del colegio, le daba mucha importancia a esa asignatura, tanta que prolongaba su clase con una tertulia semanal. Gracias a él conocimos las encíclicas Rerum Novarum, del papa León XIII, la primera encíclica social de la Iglesia, promulgada en 1891, y Mater et Magistra, de Juan XXIII,  de 1961, ambas dirigidas al mundo obrero, que se constituyeron en la base doctrinaria del social cristianismo.

Allí escuché hablar por primera vez de la "opción preferencial por los pobres”, el postulado central de la Teología de la Liberación, esbozado inicialmente en la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (Celam) de Medellín, en 1968, y formulado como principio teológico en la Conferencia de Puebla, de 1979.

El escritor guatemalteco Augusto Monterroso, un hombre de estatura baja, muy bajito, y mucho sentido del humor,  que por cierto quería mucho a Bolivia, solía decir que las personas bajitas "tienen un sexto sentido que les permite reconocerse a primera vista”. Yo no diría que  los exalumnos de los jesuitas nos reconocemos a primera vista, pero sí en el primer saludo. Y así nos "reconocimos” con Tano en la tertulia de Trías, puesto que él había estudiado la primaria en el San Calixto de La Paz y la secundaria en el Sagrado, al igual que yo.  

Yo no diría tampoco que los jóvenes formados por los jesuitas son especiales, pero sí diferentes. Y Tano era diferente. Él no estudiaba ni analizaba las encíclicas, como el resto del grupo, sino que interpelaba y polemizaba con nuestro mentor. Asistió a tres o cuatro reuniones y desapareció. Supuse que había perdido el interés en el tema.

Poco tiempo después me lo encontré al frente de otra actividad, totalmente diferente, como director del Teatro Experimental del internado del Sagrado Corazón. Bajo su dirección presentamos  Antígona. A mí me tocó interpretar a Creonte, rey de Tebas. Presentamos una segunda obra,  Capitán después de Dios, del holandés Jan de Hartog, y cuando estábamos preparando  La muerte de un viajante, de Arthur Miller, Tano hizo mutis por el foro, supongo que por razones de estudio, pues él estaba próximo a graduarse. 

Para muchos jóvenes de mi generación, el social cristianismo era la opción del cambio. De hecho, muchos de los tertulianos alimentaron las filas de la Juventud del Partido Social Cristiano (PSC), fundado por mi paisano tupiceño Remo Di Natale. Entre los compañeros de colegio que pasaron por la tertulia recuerdo al cantor Benjo Cruz, alumno del internado, y Antonio Figueroa, quienes murieron posteriormente en la guerrilla de Teoponte.

Tano era un cristiano comprometido,  próximo al movimiento socialcristiano, aunque no llegó a ingresar ni a militar en el Partido de Remo Di Natale.

 Mis paisanos dicen en son de de broma  que ningún tupiceño pregunta a otro cómo está cuando lo saluda… ¡No vaya a ser que le esté yendo bien! Pero no fue porque Di Natale fuera tupiceño que yo no entré al Partido Social Cristiano. Ocurre que, cuando llegué a La Paz, en 1964, me encontré con una universidad radicalizada. Supongo que a Tano le ocurrió algo parecido y llegó a la conclusión de que el social cristianismo era una opción superada. 

Los paradigmas de la época eran Fidel Castro y John F. Kennedy, pero la victoria de la Revolución Cubana, en enero de 1959, y el triunfo  de las milicias castristas sobre los mercenarios de Playa Girón, en 1961, que se tradujo en la declaración del carácter socialista de la Revolución Cubana, resultaban más atractivos para la juventud que la Alianza para el Progreso.     

Estando en La Paz supe por los jesuitas que Tano había obtenido una beca para estudiar en la Universidad Católica de Lovaina, gracias al apoyo del Padre Trías,  precisamente , y que desde Lovaina se trasladó  a Albania, con Jaime Paz, entre otros, para recibir entrenamiento militar.

Años después, en 1970, me lo reencontré en la Asamblea Popular, el "soviet boliviano”. Era uno de los delegados, junto a Raúl Ruiz González, del Partido Comunista Marxista Leninista (PCML), la fracción maoísta del comunismo boliviano. "¿Qué haces aquí?”, le pregunté al término de la sesión inaugural de la Asamblea. "Yo te suponía haciendo teatro…”, agregué en tono pretendidamente irónico. ”¿Y qué crees que estoy haciendo?”, me devolvió la ironía, con  ese dejo de cinismo que solía utilizar a menudo en sus intervenciones políticas.

Días después pidió hablar conmigo un asunto "reservado”. Me propuso que  entrevistara al líder del PCMLN, Óscar Zamora (Motete), quien se encontraba "clandestino” -¡en pleno auge revolucionario del torrismo y la Asamblea Popular!-, bajo el "nombre de guerra” de  Comandante Rolando. Como tal había comandado la ocupación de una hacienda en Santa Cruz y de un motel en el barrio de Sopocachi. 

Si mal no recuerdo  acudí a la entrevista con Víctor Hugo Carvajal o algún otro periodista del diario  Presencia. Después de conducirnos  en un auto con los ojos vendados para que no pudiéramos ubicar la "casa de seguridad” donde se ocultaba el líder maoísta, y  hacernos dar varias vueltas por la ciudad, obviamente para despistarnos, nuestro guía nos dejó en destino, probablemente en San Pedro. Zamora estaba sentado en un camastro, con cara de circunstancias (clandestinas), junto a una pequeña mesa de luz, donde se apilaban varios libros, como único mobiliario. Y, claro, para que se notara en la foto, junto a la cabecera del camastro  lucía la metralleta que se supone acompañaba al "comandante” en sus acciones revolucionarias.  
No recuerdo si la entrevista llegó a publicarse. Probablemente  no, no porque careciera de interés, sino porque pocos días después sobrevino el golpe del general Banzer. Perseguidos ambos, Tano como dirigente maoísta  y yo como dirigente de los periodistas, nos encontramos en la embajada argentina, donde habíamos solicitado asilo. 

Yo creo que él empezó allí su reflexión sobre el fiasco de la izquierda boliviana. Había llegado de Lovaina dispuesto a tomar el cielo por asalto, pero se encontró con que el único asalto programado era el del motel de Sopocachi. Hombre de teatro al fin y al cabo, vio que la Larga Marcha que él suponía que había iniciado su partido se reducía a la escenografía del Gran Timonel boliviano postrado en un camastro de San Pedro.

En Buenos Aires nos vimos poco. Después me enteré que se había ido a Chile, que estaba trabajando en la Flacso, pero que se había apartado de la política. De hecho no participó en las negociaciones ni en el debate para la conformación del Frente Revolucionario Antifascista (FRA), que se organizó en Chile y que agrupó  -sólo por algunos meses- a toda la izquierda boliviana. 

Tras el golpe de Pinochet, se fue a México, donde siguió su carrera académica, siempre al margen de la actividad política. No recuerdo que haya participado en ninguno de los dos comités del exilio. En Chile sufrió la frustración de la "vía pacífica al socialismo”. El golpe lo convenció de que tal vía tampoco existía. 

Años después, con el retorno a la democracia, me enteré por Marcelo Quiroga Santa Cruz de su incorporación al Partido Socialista-1 (PS-1). Vine desde México para ayudar a Marcelo en la campaña electoral, pero no vi a Tano porque no pude viajar al cierre de campaña en Sucre.
 
Tampoco los vi en La Paz. Tano llegó  en vísperas de mi retorno a México, días antes del asalto a la COB, donde presenció el atentado contra el líder socialista. Cayó preso ese día junto a Wálter Vázquez Michel, otro dirigente del PS-1.

Los medios académicos e intelectuales mexicanos, donde Tano gozaba de un amplio prestigio, se movilizaron en respaldo de la campaña por su libertad. Y, cuando salió libre, presidió, con Cristina Quiroga y el escritor Juan Rulfo, el acto de homenaje a Marcelo Quiroga que organizó el PS-1 en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Junto con Cristina, José Antonio Quiroga, Vázquez Michel y Jaime Tabargo, habíamos conformado en México un Comité de Apoyo a la Dirección Interna del PS-1. Muchos de nosotros veíamos en Tano un posible sucesor de Marcelo. Días después de su llegada a México, nos reunimos con él, junto con Cristina, en el café Sanborns de San Ángel para hablar sobre su futuro en el partido. 

Obviamente, él estaba todavía fuertemente impactado por el asesinato  de Marcelo y el golpe que había sufrido la democracia boliviana. Cuando le preguntamos por su disposición a asumir el liderazgo del PS-1, nos respondió que era necesario reflexionar sobre todo lo que había pasado en el país y que él estaba precisamente embarcado en esa reflexión. Con gran honestidad, nos dijo que el liderazgo del partido no podía estar en el exilio y que él no tenía planes para retornar de inmediato al país. En todo caso, expresó su total apoyo a Roger Cortez, quien estaba al frente de la dirección clandestina en Bolivia.

   Rescaté estas anécdotas de la memoria para describir de alguna manera la personalidad de Tano.

La semblanza es uno de los géneros más atractivos del periodismo, junto a la crónica, pero también uno de los más difíciles. Hablo de la semblanza como historia de vida, no del resumen de datos biográficos que solemos ver a manera de perfil en la prensa diaria.

 La biografía requiere de un tono  y un hilo conductor, algo difícil de conseguir 

Fernando Molina, periodista y escritor de fuste, nos relata las dificultades que tuvo para ponerse manos a la obra con la biografía de Tano, que se le escabullía permanentemente, porque no lograba hacerse "una idea completa de su vida, ni de su personalidad”. Y es que Tano –nos dice- había vivido y opinado demasiado.   

 Fernando logra encontrar el tono al que me refiero, cuando descubre en su biografiado la "figura quijotesca de hidalgo perdido en la sierra boliviana, en lucha permanente por hacer de su vida una novela de caballerías”.

Quienes alguna vez hemos intentado escribir la semblanza de un personaje, sabemos que nadie se parece a sí mismo, sino a lo que representa. Es decir, somos como nos ven, no como somos, ni siquiera como creemos que somos. 

Cuando leí la mención de Fernando al Quijote en el prefacio del libro, vi pasar  la vida de Tano en un segundo, como un relámpago, resumida en esa imagen, y me dije a mí mismo: qué duda cabe, así nomás había sido  Tano… 

 ¿Acaso no se pasó la vida desfaciendo entuertos y enfrentando molinos de viento? ¿Acaso no se topó con todas las iglesias y capillas ideológicas de su tiempo?

Pero Fernando no sólo encontró el tono, sino también el hilo conductor de la vida de su personaje y, por tanto, de su relato.

Ese hilo conductor no es otro que la larga travesía que llevó a Tano desde el compromiso cristiano de su juventud hasta el liberalismo radical de los últimos años de su vida, una travesía donde el maoísmo, el socialismo y la socialdemocracia no fueron otra cosa que simples estaciones de paso de una búsqueda incesante que no acababa de encontrar puerto. 

Fernando rescata ese recorrido, que no es la travesía de una persona, sino de toda una generación, de mi generación, y escribe la biografía de una generación, el testimonio de una época. Fernando recupera esa historia de vida con habilidad y talento, en un relato que atrapa y que se lee, precisamente, como una "novela de caballería”. 

A mi retorno de un viaje a La Habana, donde por cierto conocí a Fernando, me encontré con Tano en el café La Terraza y hablamos de Cuba y Bolivia. Días después viajé a Cochabamba para visitar a mi amigo y mentor tupiceño, Liber Forti –a quien nunca dejé de preguntarle cómo estaba cuando lo saludaba-, y quedé sorprendido por las coincidencias que encontré en las preocupaciones de ambos.

El liberal radical tiene mucho de libertario. En el fondo, al final de su vida, pienso ahora, Tano tenía mucho de libertario y por consiguiente de anarquista. Toda esa historia del respeto al Estado de Derecho, a la institucionalidad, que él machacaba día a día en sus columnas, no era más que un pretexto para defender las libertades en las que sí creía. Y en eso era intransigente.

Tano empezó muchas veces. Su vida fue un empezar permanente. Pero así como abandonó rápidamente, sin mayores explicaciones, la tertulia del padre Trías y el Teatro Experimental del Sagrado Corazón, dejó inconclusos todos sus emprendimientos políticos. No creo que haya sido por falta de constancia. En realidad, Tano era un inconforme, un  hombre "hostil a lo establecido en el orden político, social, moral y estético”, como lo define la Real Academia de la Lengua. 

El inconformismo fue el motor de su vida. Buscaba, una y otra vez,  y lo que encontraba no le satisfacía. Tano fue, como muy bien lo retrata Fernando Molina, un rebelde, un rebelde "fregado”, en busca de una causa. Y precisamente porque las libertades son una utopía por alcanzar, es que Tano no encontraba sosiego y persistía en esa incesante travesía.


(*) Extracto de las palabras 
pronunciadas por el autor en la 
presentación de  "Así nomás había 
sido”, biografía de Cayetano Llobet, de Fernando Molina. 

 

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