Un Quijote perdido en la sierra boliviana

domingo, 27 de noviembre de 2016 · 00:00
  Fernando Molina

Cayetano murió poco después de que comenzara a entrevistarlo en torno a sus recuerdos. La autobiografía planeada se convirtió entonces en una biografía, para la que debía recurrir a fuentes secundarias y bibliográficas. Las personas con las que hablar y los documentos que consultar se multiplicaron como hongos bajo la lluvia. Comprendí que a diferencia de otros personajes de los que he escrito biografías más o menos esquemáticas, este tenía un problema (es decir, un problema para mí): había vivido y opinado demasiado. No lograba hacerme una idea completa de su vida, ni de su personalidad, y como nunca he podido escribir sobre unos hechos cualesquiera sin tener una teoría previa sobre el modo en que ocurrieron, terminé sumido en un estado en el que no había pensando verme nunca: con "bloqueo literario”, es decir, incapaz de detenerme un minuto en este libro y buscando siempre otras tareas que justificaran lo que más deseaba, que era dejarlo apartado... 

Llobet fue un intelectual, un político realativamente importante, un notable periodista, uno de los personajes del neoliberalismo, amigo de grandes personalidades de nuestra historia, un hombre valiente frente a la muerte y el peligro, un comentarista mordaz y un jefe torpe que le resultaba antipático a muchos, un padre primero ausente y luego muy cariñoso, un amigo profundo, un "enemigo rapaz” -según lo define Gonzalo Mendieta-, un "señor” en el sentido político de este término, lo que significa que tuvo una relación paternalista y mesiánica con su país y que estuvo adornado por la insolencia, el egocentrismo, el histrionismo, la generosidad y la libertad individualista que caracterizan al espíritu hispánico. Una persona, en suma, compleja y fascinante. Rastrear todos estos gestos de carácter y ensamblarlos en la trama también complicada de su vida requería de una paciencia que yo estoy lejos de poseer, pero de la que finalmente me tuve que armar para poder terminan esta obra....

Aunque al principio Llobet no hubiera sido una figura que me interesara mucho, y como ya he dicho me  hubiera metido a retratarlo a causa del optimismo errado de sus parientes y mío, en sentido de que siempre hay tiempo para todo, al final terminé admirando su figura quijotezca de hidalgo perdido en la sierra boliviana, en lucha permanente por hacer de su vida una novela de caballerías, y, como todo ocurre a menudo con el lector de Cervantes, me encariñé con este loco que, desde la televisión y el comentario político, fue durante un tiempo parte del mundo intelectual paceño y boliviano, mundo que lloró con sinceridad su partida. Hoy entiendo bien la devoción que su recuerdo sigue despertando en sus deudos.
 

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