Crónica

Kansas – Missouri, 4 de noviembre de 2008

Salvador Romero rememora el día en que Barack Obama fue elegido presidente de EEUU. Un día de noviembre, hace 8 años.
domingo, 6 de noviembre de 2016 · 01:00
Salvador Romero sociólogo
 
Después de la noche de Halloween y antes de la elección el primer martes de noviembre, dos tradiciones arraigadas en la cultura norteamericana, aterrizamos en Kansas - Missouri, en el corazón apacible, bucólico y conservador de los EEUU. Allí mismo, donde, según el irónico pensamiento de un personaje de Jonathan Franzen, vive la gente del Medio Oeste, "optimista o entusiasta o con espíritu comunitario”. Con mi compañero de viaje, el exvicepresidente paraguayo Luis Alberto Castiglioni, integrábamos una delegación casi tan cosmopolita como la distribución de las embajadas norteamericanas en el mundo, invitada para ver y conocer el proceso electoral presidencial de Estados Unidos.

Los días previos tuvieron tantas sorpresas, que ese martes 4 de noviembre me preparé para cualquier eventualidad, como explorador que avanza en terreno desconocido y mira al frente, a los costados, atrás. Acababa de enterarme que como los candidatos presidenciales se inscriben Estado por Estado, algunos sólo figuran en la lista de uno. Son más de mil. No tuve la fortuna de conocer a un aspirante a presidente registrado sólo en La Florida o en Missouri (¡y menos a uno inscrito en todos los Estados!). Lástima, porque hubiese tenido muchas preguntas que formularle… Y hacía apenas un par de días que descubrí que en ciertos Estados, la nómina de electores cerró meses atrás, en otros apenas unas semanas antes y según los indicios preliminares que recabé, en alguno, los votantes se habilitaban incluso el día mismo de la elección… Con una lógica que hubiese admirado el mismo Holmes, deduje que no podía, por lo tanto, existir un padrón electoral nacional. Así me lo confirmó el responsable electoral de un Estado, informándome que había 50. Acucioso, le pregunté si eso implicaba que no se cruzaban las bases de datos. Lo confirmó. Entonces, con la sagacidad de Poirot y sin necesitar exhalar humo de la pipa, lo llevé al terreno resbaloso: por lo tanto, un elector puede inscribirse en varios Estados… Lo confesó. Entonces, puede votar dos veces o quizá más, anoté con una agudeza que esperaba no se escapara a mi interlocutor. Se mostró contrariado, "eso es un delito”, respondió; argumento que me pareció irrelevante e insistí que la posibilidad existía, acercándome un poco. "Sí, y repitió, pero es un delito” y comprendí que su mirada alarmada, confundida, ya francamente perpleja, no veía en mí a un fino vigía de la transparencia electoral sino a un latinoamericano tramposo…   

Ese martes, día que me parecía muy inapropiado para una elección lejos de un buen domingo electoral, madrugué, sin que en mi recorrido por las calles, encontrase nada sospechoso; es más, ningún elemento hacía pensar que ese día había una elección presidencial. En el primer centro religioso donde acudimos a ver la votación, los voluntarios nos recibieron con galletitas a la entrada, preparadas para dar la bienvenida a los votantes, igualmente voluntarios, que acudiesen. Inmediatamente, mi mirada sagaz detectó una mesa grande donde tres o cuatro electores llenaban sus papeletas. Un rápido paseo, con el sigilo de Clouzot, me permitió ver las preferencias. Inmediatamente indagué sobre el secreto del voto. Nadie comprendía mi inquietud: el hecho que sólo yo tuviese el morbo de conocer las marcas que hacían los electores, les demostraba amplia y suficientemente que el secreto del voto estaba perfectamente resguardado…  Todavía procesando las respuestas y pruebas, salimos del centro para ir unos kilómetros más allá, a una escuela. Me rasqué la barbilla, la gente votaba en unas computadoras.
 
Prodigiosa mi memoria recordó que en el primer lugar la gente llenaba unas papeletas.  Si eran sólo unas cuadras… Mi nuevo interlocutor precisó que éste es otro condado y allí creían mejor votar en computadoras. Entonces, supuse que en todos los condados de Missouri donde se votaba con máquinas, se utilizaba ese modelo, que me disponía a examinar. Halló divertida mi rápida generalización, que felizmente no achacó a deformaciones cartesianas. Con amabilidad indicó que no: cada condado compra los equipos que le parecen adecuados para sus necesidades o su presupuesto.

Todavía agitado, aguardé a encontrar pautas de normalidad en las casas de campaña de los partidos. Debíamos elegir entre ir a la sede del candidato presidencial, del senador o del diputado, porque todos pueden ser del mismo partido, pero los géneros no se mezclan. Ingresé con el aire severo de Horatio Delko, aunque sin lograr su tono poco expresivo y sin sus lentes de sol. Llegué a la sede del candidato presidencial e inmediatamente me dispuse a salir pues era evidente que me había equivocado. No veía esos militantes latinoamericanos de los días electorales, afanados en falsos afanes, al borde de los ataques de euforia o de histeria, pero siempre de nervios. Eso no podía ser una sede partidaria un día de elecciones. Era un centro de operadores telefónicos, un centro de llamadas.  En un ambiente silencioso y de trabajo, unos muy pocos funcionarios remunerados y otros voluntarios pasaban el día sentados delante de unos teléfonos, con un pequeño guión, llamando a miles de miles de personas que saben que simpatizan con el partido para preguntarles si ya fueron a votar, caso contrario, alentarlos a ir. Un trabajo milimétrico, a primera hora de la tarde ya tenían las listas de los que no fueron y en ellos concentraban el esfuerzo.

Me preguntaba si aún podían aguardarme sorpresas. Para cerrar la jornada y dando fe a las proyecciones de las encuestas, decidimos ir al encuentro del Partido Demócrata. La solidaridad con los vencidos es noble pero el ambiente fúnebre promete menos que el festivo. Era un teatro grande y la emoción subía minuto a minuto, a medida que las noticias de la televisión proyectaban los datos de un Estado, coloreado de azul cuando ganaba Obama o de rojo cuando triunfaba McCain, y con cada resultado subía la cantidad de grandes electores, que le correspondía a cada partido. La expectativa e impaciencia se centraban en los cinco o seis Estados que inclinarían la balanza a un lado o al otro, aquellos muy disputados, aunque no necesariamente los más poblados. Cuando la pantalla de CNN anunció la victoria de Obama en Virginia, el último Estado clave que faltaba, la sala estalló en júbilo, gritos de alegría y emoción, aunque sin abrazos fuertes, fusionados, esos largos entusiasmos que caracterizan el ánimo de los habitantes del Río Grande hacia el sur cuando se gana una elección o una clasificación al Mundial. Minutos después, apareció en el centro del escenario el diputado demócrata reelegido en la circunscripción; empezó su discurso con vigor, prometiendo nuevos tiempos, pero se detuvo e informó que escucharíamos el discurso en vivo de McCain. Abucheos y silbidos en la sala. Quedé desconcertado, otra vez, aunque ahora aliviado al notar que mi sorpresa era compartida con los locales. El diputado impuso el silencio con severidad: definió a  McCain como un gran adversario en la campaña y sobre todo un héroe norteamericano, merecedor de todos los respetos. Esas palabras me paralizaron, inútil buscar en mi memoria una escena similar. La pantalla se desplegó: el viejo soldado admitió su derrota y calificó la victoria de su contendiente como un hito decisivo en la historia de Estados Unidos. 

Al final del discurso, aguardaba ansioso el 5 de noviembre, porque ese día, yo no estaba para ninguna sorpresa adicional.


 

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