Cuba y Suecia

La crisis del ron

Carlos Decker relata un episodio poco conocido: que en 1982 hubo una crisis entre Suecia y Cuba por culpa del Habana Club.
domingo, 11 de diciembre de 2016 · 00:00
Carlos Decker periodista.

 

Todos recuerdan la crisis de los misiles. Kennedy y Fidel no alcanzaron a mirarse a los ojos porque "Nikita mariquita, lo que se da no se quita” retiró los misiles y, a cambio, USA retiró los suyos de territorio turco. Y, Fidel montó en cólera.

Nadie sabe que en 1982 hubo una crisis entre Suecia y Cuba por culpa del Habana Club. 
Una aclaración necesaria (me copio el título del prólogo de Fidel a la primera edición del diario del Che donde acusa de traidores al negro Monje y a mi amigo el motete Zamora). 

Suecia es muy restrictiva con el alcohol. A finales de los 1.800  los suecos morían alcoholizados.
 
La casa popular sueca socialdemócrata monopolizó el comercio de alcohol y, todavía hoy, a contrapelo de las resoluciones de la Unión Europea (UE), el "Systembolaget” sigue vivito y coleando gracias a unas excepciones negociadas en Bruselas. 

Suecia, entonces, no permite la introducción de alcohol que no sea por la vía oficial del Systembolaget. Hoy, el monopolio, es menos dogmático que ayer, cuando se produjo la crisis entre Fidel Castro y Olof Palme. Dos buenos amigos y éstos suelen ser críticos uno del otro; Fidel decía que, con el triunfo de la revolución mundial, "Suecia será una suerte de museo del capitalismo humano”. Olof repetía su vieja cita: "No queremos eliminar a los ricos, queremos eliminar la pobreza”. 

En octubre de 1982 la Real Academia Suecia de la lengua comunicó que Gabriel García Márquez había sido elegido Nobel de Literatura. 

Gabriel y Fidel, otros dos buenos amigos, que no se criticaban, se llenaron de felicidad y orgullo.
 
Fidel prometió a Gabriel: "Chico, prepárate para una sorpresa en Estocolmo”, se lo dijo por teléfono. El escritor llegó a Estocolmo días antes del 10 de diciembre para recibir el premio de manos del rey Carlos 16 Gustavo de Suecia. Personalmente, enviado por mi redacción, estuve en el aeropuerto junto a cientos de reporteros colombianos que se habían adelantado en un vuelo regular. El laureado llegó con una comitiva grandísima, unas orquestas de ballenato y alguno que otro político metiche.

En esos años la colonia de latinoamericanos estaba formada sobre todo por refugiados políticos del cono sur, entre los que me contaba, sumábamos un poco más de 80.000 (Suecia en ese entonces no pasaba de los 8 millones de habitantes) fuimos invitados a un festejo y homenaje especial al laureado en los "amplios salones” de la Casa del Pueblo situada a unos metros del caserón, que cobija a la poderosa central de trabajadores suecos (LO). Se llevaría a cabo luego de la premiación que es siempre el 10 de diciembre. No recuerdo que día era, pero, un domingo, que pudo ser un día antes, llegó una nave de Cubana de Aviación con una carga que, según los papeles aduaneros, decía: "Sr. Gabriel García Márquez. c/o Cuban Embassy, Stockholm”. En el casillero de remitente estaba escrito: "Estado Socialista Cubano”.

Esa mañana dominguera, además fría y con nieve, la Policía aduanera sueca tuvo su primer conflicto. Cualquier embajada tiene derecho a importar alcohol sin pago de impuestos. La carga del extraño avión era decenas de jabas de Habana Club, el receptor no era el Estado cubano, sino una persona particular, además sin residencia en Estocolmo, aunque premio Nobel de Literatura. ¿Quién pagará los impuestos?

El jefe de la Policía aduanera se tomó los pocos pelos que tenía porque no sabía cómo actuar. Para colmo aparecieron en la pista unos camiones que estacionaron junto al avión y el personal comenzó la descarga ante la mirada atónita de los pocos policías aduaneros que se habían concentrado ante semejante espectáculo. El jefe de la unidad policial decidió sobre la marcha seguir sigilosamente a los camiones que terminaron su recorrido en las puertas de la Casa de Pueblo, contemplaron la descarga de las botellas de ron blanco. Los policías comprobaron un contrabando de grandes proporciones. 

Uno de los policías preguntó al jefe quién es el autor del contrabando. "De acuerdo a la boleta es el Estado cubano, es decir Fidel Castro, pero el receptor, que es ‘el que descarga’, es el escritor Gabriel García Márquez, anoche recibió el premio Nobel de Literatura y a estas horas debe estar desayunando con alguna de las Lucias (reinas de la luz) que suelen despertar a los Nobel con cánticos y ponche de vino. ¿Qué carajo vamos a hacer?”. Se preguntó el jefe de la patrulla aduanera. "Aguardar y anotar los mínimos detalles, por ejemplo, quiénes compran”.

En horas vespertinas, cuando la patrulla estaba a punto de retirarse, se abrieron las puertas del Casa del Pueblo y se llenó de miles de "refugietas latinos”, suecos de la izquierda, anarcos, comunistas y mirones que, al entrar en el recinto, recibían su botella de ron. Personalmente entré tres veces, por razones de trabajo.

El jefe de la patrulla  escribió un informe detallado sobre el contrabando de alcohol más grande de la última década. El informe llegó a manos del fiscal de turno que suscribió y mandó a Relaciones Exteriores con una esquela donde iban puntos de vista jurídicos. 

Se dice que Palme instruyó a RREE escribir una carta siguiendo la tradición diplomática. El Estado sueco tendría que acusar al Estado cubano de contrabando, pero, para evitar una crisis mayor, se decidió escribir una carta (que nadie entiende por lo enrevesada) al Estado "contrabandista”. La carta es archivada, en cada uno de los estados, o simplemente se tira a dos basureros, al real y a la de la historia. 

Fidel y Olof están muertos y yo puedo, no con poco orgullo, testificar que el regalo de Fidel a Gabriel, a pesar de Olof, fue un acierto.

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