Crónica

La muerte de Fidel en las calles de La Habana

domingo, 11 de diciembre de 2016 · 03:00
Eduardo Berdegué PardoValle
 
"Ni la muerte cree que se apoderó de ti”. (De la canción Cabalgando con Fidel de Raúl Torres, estrenada en Televisión Cubana el sábado 26 de noviembre de 2016).

No vi lágrimas en las calles. Quizás porque, como me lo informó un cubano, fue el mismo Fidel quien le enseñó a su pueblo a no llorar. Tampoco vi ninguna manifestación grande o pequeña, salvo las que ordenada y masivamente se dieron en la Plaza de la Revolución el lunes 27 y martes 28.

A primera vista, La Habana parecía no haber perdido el habitual ritmo con el que las ciudades empiezan la semana. La gente comenzó temprano con sus tareas cotidianas. Los buses de transporte público circulaban atiborrados, como siempre, de pasajeros sin señas de consternación alguna, muchos de ellos conectados a sus celulares por los consabidos cablecillos blancos, otros enfrascados en conversaciones mundanas ajenas y distantes al anuncio fatal del viernes por la noche. Nadie llevaba el luto en la vestimenta, ni con cintos en el brazo, ni siquiera en la mirada. Lo que sí había cambiado, como me lo hizo notar un habanero, era que no se escuchaba música. Y para una ciudad acostumbrada a alumbrar con ella todas sus esquinas, su ausencia resultaba impactante.

Poco a poco iría descubriendo que, pese a las apariencias, la gente todavía hacía esfuerzos por asimilar la noticia de la partida de quien consideraban inmortal y a quien todos con quienes logré entablar charla durante mi corta estadía, decían venerar y amar como a ningún otro ser mortal o celestial.

Llegué a La Habana el domingo por la noche sin saber lo que encontraría. Tal vez llevaba conmigo la ingenua esperanza de verme en medio de un ambiente exaltado y cargado de palpable emotividad, acorde con lo que para mí significaba el cierre de un extraordinario capítulo de la historia que duró 99 años a partir de la Revolución de Octubre en 1917. Consecuente con una decisión tomada hace algunos años, partí a Cuba con la noticia del fallecimiento de Fidel Castro con la intención simple de estar allá. Me propuse tratar de palpar el sentir de la calle y para eso me mantuve tan alejado como pude del cada vez mejor organizado y más extenso circuito turístico. Mis prolongadas caminatas fueron más bien por las "encolinadas” avenidas de Santos Suárez, las callecitas otrora señoriales de 10 de Octubre, los complejos de viviendas aledaños a Cementerio Colón, El Cerro y otras zonas a las que seguramente no llegarán en muchos años los trabajos de remozado con que se continúa embelleciendo el casco viejo. Lo que recogí fue una inolvidable colección de impresiones y testimonios sin valor científico alguno, pero llenas de verdades. 

La ruta

Mapa en mano a modo de eficaz rompehielos, me dediqué a conversar con mujeres y hombres de diversas edades y condiciones. En las esquinas, en las colas, en improvisadas caminatas, en sus soleados zaguanes y en el interior de sus viviendas espartanas, limpias y dignas todas. Todos bien dispuestos a dejarse fotografiar.

Por esas cosas de la vida, el primero de esos testimonios pondría, a la postre, en contexto a todos los demás. "Hay muchos que no están con esto”, me dijo Luis, cuentapropista -esa cada vez menos incipiente clase de emprendedores trabajadores por cuenta propia que abren "paladares” (restaurantes privados), manejan taxis, alojan turistas, arreglan casas, venden legumbres y un enorme etcétera- "pero todos estaban con Fidel”. Ahí estaba la clave para entender la relación del pueblo cubano con su realidad: estaban los socialistas y los comunistas, los revolucionarios y los católicos, los apáticos y los apasionados, todos ellos al parecer fidelistas ante todo. "Fue mi ídolo” , reconocía Julio, como si hablara de un gran deportista. Técnico medio en economía que ahora trabajaba de taxista, Julio había nacido hace 30 años, un 26 de julio, día aniversario del ataque al Cuartel Moncada y orgulloso añadía que, con tal motivo, el Gobierno le regaló a su madre una cestilla especial.

No fue esa la única expresión de fanatismo con los símbolos de la Revolución que recogí. "Mi nombre es Ernesto, es la mayor alegría de mi vida”,  me confió un hombre prematuramente retirado por su Columna de Barrio por lesión de espalda, lo que no le impedía ingerir alcohol aún a tempranas horas del día y de manera clandestina, como pude comprobar. "Fidel fue mi primer padre” , me decía Wismar a través de la reja de su pequeña vivienda a tiempo que me mostraba las fotos de su ajado ejemplar de una biografía de Fidel, como si en ellas fuera a encontrar evidencia documentada de esa paternidad. 

"Esto ha sido un golpe muy duro”, indicaba Alberto, joven empleado de la empresa de gas que los sábados estudia ingeniería de telecomunicaciones y quien ante mis observaciones sobre el estado de las cosas añadía con sorprendente lucidez, "Vengo de una familia de revolucionarios. Vivo tranquilo conmigo mismo. Juego el juego de la vida”.

Más contundente sonaba Melvin, también cuentapropista dedicado a la consejería espiritual, Babalawo de religión y declarado seguidor de Fidel y de la Revolución, cuando señalaba   que "llevo 45 años teniendo paciencia” y compartía su frustración por la apatía política que veía en las nuevas generaciones y por el hecho de que su propio padre, excombatiente en la Sierra Maestra, se sentía desencantado a sus 80 años.

Menos convicción revolucionaria demostraba Jorge Luis, propietario de una pequeña tienda de frutas y legumbres que le traían a diario los cooperativistas del campo. "Soy cuentapropista hace 15 años. Le alquilo este local al Estado. Aquí no ha cambiado nada”, me dijo. Más aún: "Aquí no cambiará nada”, aseguraba enfáticamente en un intercambio posterior Elionoris, exinternacionalista por cuatro años en la campaña de Angola y ahora supuesto policía encubierto que cumplía con su labor rescatándome de una esquina donde, siempre según su palabra, no debía yo andar a esa hora haciendo preguntas.

Como confirmando ambas cosas, es decir la omnipresencia del aparato estatal y el porvenir, Quique retirado de 70 años sentenciaba: "No puede pasar nada. Aquí ya está todo muy bien cuadrado”.

Y sí que bien "cuadrada” estuvo la reacción oficial desde el mismo anuncio que leyó Raúl sobre la muerte de su hermano el 25 por la noche. En perfecta alegoría, la fecha coincidía con la de la salida del yate Granma del puerto de Tuxpan en México hacía la victoria de los barbudos, 60 años atrás. Como alegórico también habría de ser el traslado de las cenizas de Fidel hacia el cementerio de Santa Ifigenia en Santiago de Cuba en el oriente de la isla, siguiendo el mismo recorrido que, en sentido contrario, llevara al Comandante y a sus hombres en marcha triunfal a La Habana, en enero de 1959.

No tengo testimonio de lo que pasó el domingo, pero puedo imaginar a un país con sol, pero sin luz. Imagino a la población en estado de shock, tratando de asimilar lo incomprensible. "Hace años sabíamos que estaba enfermo y creímos estar preparados para su muerte, pero por dentro seguíamos pensando que Fidel era inmortal”, confesaba Joyce, viuda y ama de casa, tratando de disimular la contradicción.

Homenaje y funeral

El lunes, desde muy temprano miles de personas se fueron dirigiendo a la Plaza de la Revolución donde formaron larguísimas colas que los llevarían al interior del monumento a José Martí, en el que muchos seguramente pensaron encontrar a las cenizas del líder. Éstas, sin embargo, se mantuvieron a buen recaudo y bajo custodia militar en las instalaciones del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, a muy pocas cuadras.

A pesar de la dificultad que suponía llegar y salir de la plaza -el transporte público parecía no haber modificado su recorrido habitual para dar cabida a la creciente demanda de servicio hacia ésta- la espontánea peregrinación se prolongó hasta pasada la media noche, algunas horas más tarde de lo que se tenía programado.

Fui a la plaza al amanecer del martes asistido por Salvador, estudiante de medicina a quien encontré en una esquina y a cuyo cargo me puse confiado en su habilidad para procurar un "carro” que nos acercara. Para ese día se había decretado el paro de actividades escolares y laborales con asistencia, por lo que no me sorprendió ver tal cantidad de estudiantes, funcionarios de ministerios, aduanas y otras reparticiones estatales debidamente uniformados formando fila, enfrascados en charlas amenas que fueron bajando de intensidad a medida que ésta avanzaba y nos íbamos acercando al recinto donde nos enfrentaríamos a la inalterable verdad de la muerte de un gigante. Más bien, su desaparición física como resaltaban los medios evitando el uso de la palabra definitiva.

Los pocos segundos que tuve para registrar la escena y tomar conciencia de la magnitud del momento fueron realmente conmovedores. Al centro del salón por donde desfilábamos sin poder detenernos se encontraba la ya emblemática fotografía de Fidel en uniforme de campaña, oteando los cerros de su Sierra Maestra. Frente a ésta, decenas de medallas y condecoraciones militares y un sencillo arreglo de rosas, crisantemos y margaritas blancas. Completaba el cuadro una guardia de honor compuesta por representantes de las distintas armas y de sectores de la sociedad civil flanqueada por dos coronas de las mismas flores y dos pancartas con enunciados ideológicos de Fidel. En síntesis, un espacio y un momento austeros, elegantes, suficientes.

Anecdóticamente, dio la coincidencia de que justamente cuando salía yo del recinto llegaban juntos Nicolás Maduro y Evo Morales, a quien espontánea y respetuosamente le hice notar la presencia de un compatriota con un saludo que el Presidente de todos los bolivianos respondió sonriente con el suyo.

A partir de las dos de la tarde, cientos de autobuses se encargaron de trasladar a la magnífica plaza a lo que las autoridades estimarían en más de un millón de personas para asistir al evento "político-cultural” programado para la noche. El acto terminó consistiendo en una interminable sucesión de discursos por parte de jefes de Estado provenientes de los cinco continentes que preferí  ver y escuchar por televisión. Particularmente notables resultaron, en mi opinión, los discursos de  los autodenominados "hijos de Fidel” por las reiteradas referencias que hacían de esta condición filial los presidentes de Ecuador, Bolivia, Nicaragua y Venezuela en sus iracundas y destempladas arengas sin eco ni en el tiempo ni en los presentes, indiferentes los más, atónitos los demás.

Resta aclarar que las tres señales de la Televisión Cubana encadenadas dedicaron el 100% de sus transmisiones a rendir homenaje a la memoria de Fidel Castro Ruz durante todos los días de mi estadía. 

La muerte del indiscutible líder histórico de la revolución cubana fue también motivo para que el Gobierno solicitara a los ciudadanos la reafirmación de su compromiso con el concepto de Revolución de Fidel. En éste se enumeran una serie de postulados universales que resultan tan difíciles de objetar como de cumplir, como lo vienen demostrando los autodenominados herederos del Comandante en toda América Latina.

En varios puntos de todas las ciudades, en escuelas, centros de trabajo y otros se dispusieron sendos Libros de Acta para que los ciudadanos firmaran su juramento al cumplimiento de dicho concepto de Revolución expresado por Fidel el 1 de mayo de 2000, 40 años después de la victoria de su revolución. Al respecto, en su edición del martes 28, el diario oficial Granma ofrecía el recuento, distrito por distrito, cual resultado de una elección con un solo candidato, de las más de tres millones de firmas recolectadas a esa fecha. Era como si el Gobierno hubiera visto necesario documentar, esta vez por escrito, la lealtad que el pueblo le tuvo siempre a su amado Comandante sin que medie firma alguna.

No es posible aventurar pronóstico sobre lo que pasará en Cuba sin Fidel. Ante la pregunta, todos responden que nada, con una mezcla sui generis de certeza, resignación y esperanza. Lo cierto es que como Fidel no hay ni habrá otro. Más allá de todos los adjetivos y calificativos con los que se exalta su estatura universal, el hombre enamoraba, como lo afirmaba entre lágrimas una desolada estudiante universitaria por televisión. Menuda tarea para la dirigencia cubana la de encontrar algo con qué llenar el vacío. Y menuda tarea para el pueblo cubano la de seguir apostando al sueño imposible de quien ya no es más.

Entre tanto, llegó la hora de poner a prueba a la leyenda de Fidel. Esa que se vino construyendo metódica, hábil y cuidadosamente por décadas. Esa que ahora tendrá que ayudar a impulsar y al mismo tiempo contener, aglutinar y al mismo tiempo controlar las fuerzas que se gestarán con la nueva realidad. En definitiva, esa leyenda que ahora tiene que servir para, en buen cubano, resolver el futuro incierto de ese país.

"Dicen que en la plaza esta mañana ya no caben más corceles llegando de otro confín.

Una multitud desesperada de héroes de espaldas aladas que se han dado cita aquí.

Y delante de la caravana, lentamente sin jinete, un caballo para ti”. (Cabalgando con Fidel, Raúl Torres).

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