Viaje a un territorio indígena

“¿Acaso somos nadie?”

El autor invita a recorrer el centro del departamento de Santa Cruz, donde vive el pueblo Monkoxi y donde se expresan crudamente las contradicciones entre la economía indígena comunitaria y esa otra que apuesta por el “desarrollo”.
domingo, 18 de diciembre de 2016 · 02:00
Gustavo Guzmán experiodista
 
Santa Cruz, septiembre de 2014. Una noticia de importancia para la industria nacional: 20 millones de dólares invertidos para poner en marcha una fábrica de "tecnogranito”.  El tecnogranito viene en piezas de 60 por 60 centímetros, de 50 por 50 y de 60 por 30. "Es un producto muy noble, de alta durabilidad, calidad y brillo”, nos informa la prensa: "Por su parecido al mármol, es una cerámica perfecta para las construcciones más vanguardistas”.

El tecnogranito se usa en el revestimiento de pisos y paredes de salas, baños y cocinas. Un dato importante: los propósitos estratégicos de la Fábrica Boliviana de Cerámica, FABOCE, no pueden ser más nacionales: pretende desplazar el aplastante predominio chino en el mercado del tecnogranito: el 90% de ese mercado en el país está en manos del gigante asiático.

Otro dato no menos importante: para la fabricación del tecnogranito se utilizan dos minerales (feldespato y cuarzo) y una arcilla (caolín). Y esta materia prima es cien por ciento nacional, como informa la prensa: el caolín procede de Oruro, el cuarzo de Santa Cruz y el feldespato de la Chiquitanía. "De algunas comunidades de la Chiquitanía”, precisa un diario cruceño.

 Coloradillo, agosto 11, 2016 

Coloradillo es una de las 29 comunidades del Territorio Indígena Autónomo Monkoxi de Lomerío.
 
Es un territorio de casi 260 mil hectáreas donde vive una parte del pueblo "chiquitano” (10.000 habitantes de los cerca de 200 mil que conforman este pueblo indígena). Es un territorio donde se habla Bésïro.

Lomerío —la Tierra Comunitaria de Origen (TCO) de Lomerío— se encuentra en el centro mismo del departamento de Santa Cruz, en la provincia Ñuflo Chávez, una de las cinco provincias que integran la Gran Chiquitanía, ese inmenso espacio del oriente boliviano —lomas, mesetas, llanuras y bosques— que constituyen la zona de transición entre la Amazonia y el Chaco bolivianos. 

Allá en Coloradillo vive Catalina Quasase Charupá. Tiene 42 años y es la Cacique de Género de la comunidad. La encontramos bajo la sombra de un árbol bordando —por encargo de Artecampo (Artesanía Cruceña del Campo)— lo que será la funda de un cojín de intenso azul estampado con los tradicionales diseños multicolores de la flora y la fauna chiquitanas. Su esposo, silencioso,  teje esas palmas que se usan en la fiesta de Todos Santos.

Es una familia de agricultores que cultivan tomate, cebolla, lechuga, zanahoria, acelga y remolacha en un huerto colectivo de la comunidad. "Ahorita están fruteando los tomates”, nos dice Catalina. Su esposo deja su paciente labor y se aleja. Vuelve poco después para ofrecernos un sabroso refresco de limones recién cortados. Catalina accede a conducir nuestra curiosidad y se embarca con nosotros. 

Estamos a tres o cuatro kilómetros de lo que buscamos. Tenemos que arrinconar la vagoneta en la vera del caminito de tierra para facilitar el paso de unas inmensas volquetas. Contamos al menos siete en diez minutos. Las volquetas salen de la comunidad de Coloradillo cargadas de feldespato.

La otra historia

Territorio, autonomía y autodeterminación. Quizá sean éstas, y en esa secuencia, las tres palabras que expresan mejor la trayectoria histórica reciente de los pueblos indígenas en Bolivia.
 
Reciente, porque fue en 1990 cuando se echó a andar una primera marcha indígena que le abrió los ojos a un país mutilado por la ignorancia de su diversidad política y cultural.

Y entre esos pueblos, en esa "Primera Marcha por el Territorio y la Dignidad”, estuvieron quienes se reconocen hoy como Nación Monkoxi y no como "chiquitanos”. Su principal organización, la Central Indígena de Comunidades Originarias de Lomerío, CICOL, se fundó en 1982, el mismo año en que nació la emblemática y actual Confederación  de Pueblos Indígenas de Bolivia, CIDOB, conductora de las nueve marchas que el país ha conocido.

Hoy, la Nación Monkoxi que habla Bésïro ha encaminado su historia hacia la constitución del primer Gobierno Autónomo Indígena Territorial, en Lomerío, allí en el centro mismo del departamento de Santa Cruz, y en un país que se ha declarado Plurinacional. Y está  muy cerca de lograrlo. El camino ha sido largo y tortuoso. Y lo es todavía.

Fue en  1996 cuando del pueblo indígena de Lomerío inició el trámite de saneamiento y titulación de su territorio. Poco antes, pero en ese mismo año, el gobierno de entonces (el de Sánchez de Lozada) promulgó la conocida Ley INRA (Ley del Instituto Nacional de Reforma Agraria), aquella que establece el reconocimiento del Estado boliviano a la ocupación y titulación colectiva de los territorios indígenas ancestrales como propiedad agraria comunitaria (Tierra Comunitaria de Origen, TCO).

Diez años de paciencia indígena tuvieron que pasar para que otro gobierno (el de Morales Ayma), en agosto de 2006, otorgara el título de propiedad, como TCO, a las 259.188,84 hectáreas de la Nación Monkoxi, y diez años más para que burocracia "plurinacional” abriera sus pesadas compuertas para que ese pueblo reafirme, a través del voto, y en un referéndum, su histórica e inapelable determinación autonómica.

Efectivamente, el pasado 9 de junio de este 2016, el Tribunal Electoral Departamental de Santa Cruz emitió una resolución "que da conformidad al proceso de consulta para el acceso a la autonomía indígena, la conformación y existencia del órgano deliberativo y la aprobación del Estatuto Autonómico de la Nación Monkoxi de Lomerío”, tal como señala el Organismo Electoral Plurinacional en su periódico digital.

Con esa resolución, el pueblo  indígena de Lomerío está habilitado para presentar su Estatuto Autonómico al Tribunal Constitucional Plurinacional (trámite que ya se ha hecho, el 23 de agosto pasado) y para llevar a cabo un referendo autonómico que lo conduciría a la instalación del primer Gobierno Autónomo Indígena Territorial en Lomerío, y en el país. 

Pero claro, para que eso suceda, para que el Estado "plurinancional” le quite por primera vez las comillas al más sustancioso de sus denominativos  y sea verdaderamente Plurinacional, hace falta que su Tribunal Constitucional medite sobre la constitucionalidad o no del Estatuto Autonómico de la Nación Monkoxi. Y sólo los dioses saben cuánto tiempo se tomarán sus magistrados para cumplir esa tarea.

De todas maneras, la espera indígena Monkoxi al pronunciamiento del Tribunal Constitucional tiene que ser la etapa menos tortuosa en esos largos 20 años de ejercicio de paciencia.  Entre los obstáculos que el pueblo indígena de Lomerío ha tenido que vencer están unos al menos curiosos "certificados” que otorga la burocracia "plurinacional”: el "Certificado de Ancestralidad” y el "Certificado de Viabilidad Gubernativa”. La nación Monkoxi ha tenido que demostrar que es un pueblo indígena y ha tenido que probar que es capaz de gobernarse.  

Hay otro factor —nada burocrático y muchísimo complejo— que enfrenta el pueblo Monkoxi en camino hacia su autonomía: sus vecinos. El territorio indígena de Lomerío está rodeado de formas de vivir, de producir y de pensar la vida distintas a la suya. La agroindustria de la soya, la ganadería extensiva, los campesinos-colonizadores soyeros y las colonias menonitas están ahí, a unos cuántos kilómetros de Lomerío, como un desafío, y hasta como una amenaza.

¿Cuál puede ser la deriva de esta situación? La respuesta es una incógnita. Lo es porque está claro, en los actuales tiempos políticos, que no hay nada que incomode más a los actuales gobernantes que la resistencia indígena a sus megalomaníacos emprendimientos y mastodónticos proyectos de "desarrollo”. Ha ocurrido ya en el caso de la pretendida carretera en medio del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro-Sécurre, TIPNIS, y está ocurriendo con la pretensión gubernamental de instalar unas hidroeléctricas en el norte del departamento de La Paz. La única certeza, en este plano, es la serena conciencia del pueblo Monkoxi sobre su destino: la defensa de su territorio.
 
Una piedra que no servía para nada

Catalina calla. Tiene en frente un paisaje distinto al de todos sus días. Una gigantesca excavadora "Caterpillar”. Pedazos de roca de diversos tamaños recién extraída. Un hueco profundo donde penetra la pala de la excavadora amarilla. Otra maquinaria con una correa de transmisión que traslada las rocas hacia un embudo que las convierte en una especie de arena gruesa. Unos turriles de diésel con el logotipo de YPFB. Apenas unos seis empleados. Y el ruido.

Catalina Quasase Charupá, laCacique de Género de Coloradillo, nos contó cómo llegaron "ellos”."Vinieron primero a la Alcaldía, no vinieron directo a la comunidad. Vinieron a consultar, a ver. Nos dijeron qué pensaban, qué querían. No les cedimos, dos años estaban en puro consulta.
 
No fue de una vez aceptarlo, no,  porque por ahí era para bien o para mal. No lo aceptamos de un saque a ellos. El Alcalde venía, los concejales venían y nos decían que está bien, que lo saquen, porque nosotros pues no podemos aprovechar la piedra. ¡Porque es una piedra pues, una roca!, qué sirve pues para nosotros, dijimos ¿no?”.

El Territorio Indígena Autónomo Monkoxi de Lomerío coincide, en términos geográficos y administrativos, con  los municipios de San Antonio de Lomerío y San Miguel. Y como no ocurre en otras regiones, en Lomerío concurren al mismo tiempo dos instrumentos de gestión y administración de esa geografía: el Plan de Gestión Territorial Indígena de la Central Indígena de Comunidades Originarias de Lomerío, CICOL, y el Plan de Desarrollo Municipal del Gobierno Municipal de San Antonio de Lomerío.  Las relaciones entre la principal organización política del pueblo indígena Monkoxi y la Alcaldía no han estado exentas de tensiones.

"Hasta que al final ya nos convenció la Alcaldía y le aceptamos. Y ahí se le propuso qué va a poner para la comunidad, qué beneficios va a haber para la comunidad y tanto para la Alcaldía”.
 
Catalina nos contó, además, en qué consisten esos beneficios para la comunidad por la explotación de feldespato en su territorio: medicamentos y la visita de un médico cada cierto tiempo; material de construcción para las viviendas (tejas, en especial); algunos pagos en efectivo; un molino para moler arroz y maíz; una rozadora para arreglar la grama de la plaza; y una pequeña construcción (a la que todavía falta el techo y el revoque) que se ha pensado utilizar como alojamiento para los invitados que llegan al Festival de la Chovena.  

Anatolia Chuvé. No se nos ocurrió preguntarle su edad. Debe rondar los 70. La encontramos allá Coloradillo. En la puerta de su casa. Buscábamos al Cacique Mayor.  Vestía una camiseta blanca, de esas que se han tenido que hacer para recibir al papa Francisco. Era una niña cuando a ella, a sus hermanos y sus padres  los llevaron a la hacienda Piedra Marcada para servir a los patrones. 

Eran tiempos, hace apenas cinco décadas, en los que el pago anual por el trabajo eran tres metros de lienzo, para las mujeres, y dos pantalones y una camisa, para los hombres; años en los que la huasca (el azote) era ley. Doña Anatolia le agradece mucho al presidente Evo Morales por haberle entregado el título a su territorio. Doña Anatolia le ha puesto el título a esta nota: "¿Acaso somos nadie?”.

 
 

AVISO IMPORTANTE: Cualquier comunicación que tenga Página Siete con sus lectores será iniciada de un correo oficial de @paginasiete.bo; otro tipo de mensajes con distintos correos pueden ser fraudulentos.
En caso de recibir estos mensajes dudosos, se sugiere no hacer click en ningún enlace sin verificar su origen. 
Para más información puede contactarnos https://www.paginasiete.bo/contacto/

72
1