Crónica

La visita de Fidel a Bolivia

El autor recuerda a Fidel y el momento en que su bendición llenaba de indulgencias o su rechazo enviaba al ostracismo a los partidos de izquierda.
domingo, 4 de diciembre de 2016 · 02:00
Luis González Quintanilla periodista

 

Corrían los años 80. Como toda la izquierda latinoamericana,   la boliviana estaba todavía alucinada por la Revolución cubana y su Comandante en Jefe. A pesar de las apariencias y  los  desajustes que se habían manifestado especialmente durante la presencia del Che Guevara en Bolivia y en la preparación de Teoponte, la figura de Fidel Castro era admirada y reverenciada. También para el MIR. 

Después de la ruptura política entre el MIR y el MBL, se sucedió una lamentable carrera por la apropiación de la historia, las tradiciones y el legado revolucionario entre ambos sectores.
 
 Todavía la disputa no se había definido en la cancha, es decir, en las urnas electorales. Cada sector,  en ausencia de  medidores científicamente comprobables, reclamaba ser portador de las esencias.

 Pero había un árbitro  implícito al que todos reconocían  la más profunda legitimidad. Era el presidente  Fidel Castro. Las gestiones de los jefes -Toño Araníbar  y Jaime Paz- para viajar a la isla   se hicieron cada vez más intensas. Para desgracia de quienes habían  quedado en el lado socialdemócrata, es decir, en el MIR, el jefe del MBL logró la ansiada invitación y viajó a Cuba. 

 Fue una pésima noticia para los miristas que quedaron deprimidos. Nuestros  adversarios, los dirigentes y militantes del MBL, contaron a diestra y siniestra que su líder se había entrevistado con Fidel . Y durante más de 5 horas.  Para ayudar a la cura antidepresiva que nos sobrevino, yo, que había estado antes en la isla,  expliqué lo que todos sabían: las entrevistas con el gran revolucionario  siempre eran largas y el pueblo cubano era testigo  (o víctima, según se vieran las cosas) de que cuando el jefe hablaba en público o en privado, lo hacía con entusiasmo y sin mirar para nada el reloj.

 Pero pronto volvieron las aguas a su cauce. La invitación a Jaime Paz llegó un día y  la entrevista se produjo en La Habana. El informe político que después  nos hizo  iba acompañado de una excepcional noticia. La charla con Fidel había durado desde la media noche hasta el amanecer, siete horas y pico, con desayuno incluido.  Para los  más entusiastas de  nuestros dirigentes, La diferencia en las horas de atención se convirtió en decisiva  deferencia y en reconocimiento patente  de haber recibido la bendición del líder cubano. 

La polémica terminó cuando años más tarde, en 1989, el jefe del MIR se transformó en presidente de la República. Hacía finales de ese año, mi persona recibió  la visita de la promoción de la Escuela de Altos Estudios Nacionales, en mi condición de Ministro de Aeronáutica.  Pedían, como era habitual, la ayuda del gobierno para su viaje de promoción al interior del país. De pronto, como en broma,  surgió una idea que esa mañana parecía ser excesiva: la visita podría  ser a Cuba. La posibilidad del viaje de un grupo selecto de profesionales y militares del grado de coronel, miembros de la promoción de Altos Estudios , le gustó al Presidente. Mis gestiones ante el Capitán General, pues,  fueron coser y cantar, e igual fervor se produjo entre los miembros de la Embajada de Cuba en La Paz.  Así se organizó aquel viaje.  Civiles y militares fueron tratados en Cuba como visitantes especiales. Sobre todo estos  últimos a los que Fidel les habló extensamente sobre historia latinoamericana y pasajes de la guerra revolucionaria de los cubanos. En un salón separado, el Presidente igualmente habló con amplitud  preguntando con algún detalle a aquellos miembros de la delegación que habían participado en la lucha anti guerrillera. Uno de ellos me confesó que al ser citados algunos  palidecieron.  Pero la charla fue muy cálida.  

 Entre tanto, una pequeña delegación de la promoción de la Escuela de Guerra Aérea se encontraba en los Estados Unidos. Me narró  uno de los pilotos de caza que los gringos les hicieron ver los aviones de primera generación… con pequeños telescopios y desde medio kilómetro. Así que otra vez, en coordinación con los mandos de la Fuerza Aérea, la docena de mayores y tenientes coroneles cruzaron el estrecho de la Florida (en un avión del LAB que hacía el trayecto entre Miami y La Habana). Este grupo no pudo ver a Fidel, pero los mandos militares cubanos ordenaron que hicieran algunos vuelos de práctica en los MIG 21 que la URSS proporcionó a Cuba.

Castro tenía mucho interés de estar en Bolivia. Lo unían a nuestro país sentimientos muy profundos desde la muerte del Che Guevara. Pero la ocasión no llegó hasta la víspera de la transmisión del mando,  el 6 de agosto de 1993. La llegada de Fidel fue un hecho que conmocionó  a todos. El Prado, donde estaba su hotel,  se llenó de gente para saludar al ilustre visitante. En el Parlamento fue ovacionado. En el Palacio, durante la fiesta de despedida de Paz Zamora, su nombre fue  coreado transversalmente:  elegantes damas paceñas, empresarios y políticos de derecha pugnaron también  por saludarlo.  

 A mitad de la fiesta, los edecanes se acercaron a un reducido núcleo de dirigentes y parlamentarios  miristas y nos convocaron al despacho del Presidente. Nos dijo él que enseguida vendría Fidel. Y llegó el comandante haciendo un paréntesis a la gran recepción.  Paz Zamora , en su despacho, nos presentó a cada uno, mientras el fotógrafo hacía la foto habitual.  Personalmente, tuve otra sorpresa:

-Oye , chico -me dijo- qué tu no eras Ministro cuando llegaron los militares de los Estudios Nacionales. 

- Sí,  Comandante,  atiné a decirle, sorprendido. 

-Los hicimos volar en los MIG. Regresaron contentos los muchachos ¿No?  

A otra compañera que vivió exilada en Cuba le preguntó ¿y cómo está tu hija habanera? Era común este ejercicio de su descomunal memoria. Acompañado de la eficiente preparación de su equipo de inteligencia con las personas a las que Fidel daba la mano.  

Fidel Castro se quedó unos días más. El nuevo presidente, Gonzalo Sánchez de Losada, con su habitual humor que quizá cubría su desazón y con acento gringo,  decía: 

-Estos miristas me fregaron, todo el mundo  anda preguntándose que quién es  ese gordito que andaba al lado de  Fidel…

 

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