Matasuegra

El fantasma de la conspiración

No se trata de una hipótesis aislada, producto de una reacción pasional, sino de una estrategia oficialista que pretende contrarrestar la denuncia divulgada por Carlos Valverde.
domingo, 21 de febrero de 2016 · 00:00
Willy Camacho

escritor

La ministra de Comunicación, Marianela Paco, ha amenazado con iniciar "todas las acciones que correspondan” contra Infobae, portal de noticias argentino, que hace algunos días publicó una nota sobre la denuncia de tráfico de influencias a favor de la expareja del presidente Morales. El mencionado portal titula su nota "Corrupción en Bolivia: Evo Morales está en aprietos en vísperas del referéndum”, y en destaque cita palabras del analista Carlos Cordero: "Es la primera vez que una denuncia de corrupción con pruebas ha tocado al Presidente”.

Al parecer, ese destaque desató la ira e indignación de la ministra, quien declaró: "Estoy exhortando a que Infobae presente esas pruebas que afirma ante el Estado boliviano, a través de las instituciones que competen, y demuestre lo que está afirmando en este artículo”. Esto permite suponer que doña Marianela no leyó el texto completo, pues solo así se explica que pretenda responsabilizar a un medio de comunicación por los dichos de un entrevistado. Además, cabe aclarar que Infobae basó su artículo en una nota difundida por la agencia de noticias France Press (AFP), tal como se explicita reiteradas veces a lo largo del texto cuestionado.

Claro que, si consideramos el cargo y la profesión de doña Marianela, es poco probable que hubiese cometido un desliz semejante, lo cual nos lleva a plantear otra suposición: que la ministra está acusando a Infobae con el fin de justificar su teoría de la "cuadrangulación” conspirativa, según la cual, opositores –dentro y fuera del país–, Estados Unidos, analistas, periodistas y "medios conservadores” estarían actuando de manera coordinada para dañar la imagen del Presidente y, así, sabotear el referéndum, desestabilizar la democracia y derrocar al actual Gobierno de Bolivia.

No se trata de una hipótesis aislada, producto de una reacción pasional, sino de una estrategia oficialista que pretende contrarrestar la denuncia divulgada por Carlos Valverde, a quien ahora el gobierno acusa de actuar bajo órdenes de la embajada norteamericana. El Presidente reveló que dicho periodista se reunió, en diciembre, con el Encargado de Negocios de la embajada de EEUU, Peter Brennan, hecho que, para el vicepresidente García Linera, prueba la conspiración de ese país contra Evo Morales y la complicidad de Valverde. Una acusación grave (que implica el delito de traición a la patria), basada apenas en una conjetura apresurada.

Pero, en el Ejecutivo  la conjetura adquirió el rango de verdad irrefutable: existe una conspiración en marcha.

Entonces, que Valverde haya confirmado su encuentro con Brennan constituye, para la ministra Paco, una confesión y, por ende, habría que calificar al periodista de "conspirador”. Empleando toda la artillería mediática que dispone, el oficialismo se ha empeñado en difundir ese relato, para que, a fuerza de repetición, gane credibilidad en el imaginario colectivo y, así, la denuncia expuesta por Valverde sea considerada como un "montaje” del imperialismo.

Si bien es cierto que el mismo Presidente pidió que se conformara una comisión investigadora, la cúpula masista sabe que la investigación durará varios meses, si no años, antes de que, en el mejor de los casos, un informe favorable deslinde a Morales de cualquier ilícito. Y, a pocos días del referéndum no podían confiarse en que la promesa de una investigación parlamentaria amortiguaría el impacto del escándalo provocado por la denuncia de Valverde. De manera que se optó por recurrir a la descalificación, herramienta usada con frecuencia por el MAS para contrarrestar denuncias y protestas. Pero, dada la magnitud de la emergencia coyuntural, esta vez no se limitaron al manido argumento del "afán político”, y desempolvaron el fantasma de la conspiración imperialista.

En otras palabras, el gobierno no solo ha descalificado al denunciante, vinculándolo con un complot internacional –para avivar el sentimiento nacionalista de los indecisos–, sino que ha pretendido modificar la percepción pública sobre el tema central de la polémica: Valverde es operador de una conspiración norteamericana contra Morales, por lo tanto, su denuncia es un montaje; entonces, lo que se debe investigar y castigar es el complot (el tráfico de influencias pasa a segundo plano frente a tremendo atentado contra la soberanía).

Igual que en muchos casos anteriores, el oficialismo ha acusado y sentenciado al mismo tiempo. Morales, García Linera, Quintana, Paco y otras autoridades afirman que Valverde es un conspirador, un "agente encubierto de EEUU”. Sin la palabra "presunto”, la acusación se convierte en veredicto y un eventual proceso no se centraría en demostrar la culpabilidad del acusado, sino en que éste demuestre su inocencia. De modo similar, el gobierno espera que el actual debate no se centre en la denuncia, por supuesto, tráfico de influencias, sino en la validez de la misma, y ésta no será admitida mientras Valverde no demuestre que es inocente.

Evidentemente, el "caso Zapata” tomó por sorpresa a los oficialistas, justo en la recta final de la campaña, cuando estaban logrando revertir la tendencia desfavorable en las encuestas previas, y las inverosímiles explicaciones de un nervioso Evo Morales solo empeoraron la situación. Quizá por eso, y apremiados por la cercanía del referéndum, decidieron convertir una conjetura sin bases sólidas en la punta de lanza de un contraataque desproporcionado. No meto las manos al fuego por Valverde, pero creo que, más allá de cualquier sospecha o acusación en su contra, la información que difundió presenta indicios suficientes para iniciar una investigación profunda sobre la adjudicación de proyectos millonarios a CAMC, la supuesta usurpación de funciones de la señora Zapata y el supuesto tráfico de influencias que la habría beneficiado.

Hoy sabremos si el fantasma de la conspiración logró ahuyentar –o al menos atenuar– las dudas sobre la inmaculada figura del Presidente, o si más bien ahuyentó la esperanza de que éstas sean despejadas o confirmadas mediante una investigación seria e imparcial.

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