Ensayo

Imaginarios de esta revolución

Es un triste momento en la historia política del país. El único liderazgo que teníamos resultó tener canillas de barro.
domingo, 28 de febrero de 2016 · 00:00
Jorge Patiño Sarcinelli
matemático y escritor.

Hace unas semanas, en una entrevista con la televisión argentina, Álvaro García Linera, después de llamarse revolucionario, dijo refiriéndose a la lucha contra la corrupción, que "un revolucionario es implacable, como Robespierre”; y lo dijo con esa inflexión de convicción en la voz con la que se suele decir esas cosas. Es difícil saber si lo dijo con la intención de establecer realmente un paralelo entre el proceso de cambio boliviano y la revolución francesa, o si estaba repitiendo un cliché, pero la sugerencia es interesante y amerita una reflexión.
 
Las revoluciones obedecen a un patrón, como ya lo hizo notar Hannah Arendt. El proceso de cambio que García Linera califica como revolucionario tiene algunos de los rasgos de las grandes revoluciones; como el deseo de instaurar un nuevo orden que se construye con elementos del pasado remoto. Esa similitud estructural no implica una analogía de personajes, pero podríamos especular al respecto. Si García Linera es Robespierre, Gabriela Montaño podría ser Danton (por el vozarrón), Quintana Marat (por la perfidia en la palabra), tal vez haya un candidato a Fouché de El Alto, etc., pero nos quedamos con Evo colgando, pues él no encuentra parangón en las revoluciones clásicas, en las que el liderazgo intelectual no estaba divorciado del político. Es más fácil encontrar un Lenin (aunque algo disminuido) en el proceso de cambio que a un Evo en la revolución rusa; a menos que proyectemos un Stalin, para lo cual nuestro líder ha mostrado algunas de las aptitudes, aunque le falten otras.
 
La verdad es que esos ejercicios pueden ser divertidos para la charla de salón o para la columna socarrona, pero no se los puede tomar muy en serio. Nada más para comenzar, Robespierre no hubiera llegado a la guillotina si lo hubiesen pescado con un título falso; antes de ello hubiese muerto de vergüenza. Este detalle no es de poca importancia en una hipotética comparación. El título en sí no tiene mayor trascendencia, pues García Linera tiene otros méritos intelectuales en mi opinión más significativos que el cartón, aunque yo no comulgue con sus ideas (las que he logrado entender). Lo que pesa y mancha en este caso  no es la ausencia de título, sino que un hombre con sus méritos haya creído importante mentir sobre el menos importante. La dimensión sicológica de este acto mendaz tal vez ayude a entender al Vice líder. 
 
El número uno ha hecho más que su parte para bajarse (o hacerse bajar) del pedestal en el que se lo tenía. Al igual que en el caso del Vice, el hecho principal es de menor importancia. Aunque sirve para conocer a la persona, ni es novedad ni es significativo como rasgo de liderazgo que el Presidente haya tenido una relación íntima con una señora que resultó ser un poco más pintoresca e inescrupulosa de lo que conviene al rango de su contraparte. Pero esto es apenas una cuestión de gusto, y quién sabe si es apenas un gusto malo entre muchos buenos, pero sobre gustos y colores... 
 
Sin embargo, lo que ha hecho mella real en la imagen pública del Presidente, al menos en mi lectura de los hechos, han sido las revelaciones de sus sentimientos como padre, y en última instancia como ser humano. Otra vez, nada totalmente nuevo, considerando la actitud que tuvo resistiéndose a reconocer a la que hoy es su hija predilecta, pero esta vez las expresiones de frialdad calaron más hondo en el sentimiento popular. Esta insensibilidad del Presidente con lo que en la cultura popular boliviana es precioso, va sumada a un aparente similar vacío de sentimiento hacia el padre, la ausencia de amigos –aspectos ya señalados por Agustín Echalar como notables- y a actitudes como el famoso rodillazo en un partido de fútbol y la frialdad ante las recientes víctimas de El Alto. 
 
Con todo eso se va configurando una imagen (que bien puede no corresponder a la real) de un hombre que podría ser clasificado como boliviano típico de un cierto perfil –aquí una fortaleza- pero que no está por sus cualidades humanas a la altura de las expectativas para quien puede pasar a la historia como líder de un proceso de cambio que transforme de veras este país y marque historia. Es como si, guardadas las debidas distinciones, descubriésemos que el flautista de Hamelin sólo difiere de sus seguidores porque toca la flauta.
 
Nada de lo dicho hasta aquí pretende sugerir que el proceso de cambio no es real. Claro que lo es; y ojalá que sus dimensiones positivas sean también irreversibles. El país las venía necesitando desde 1825. Los cambios observados en la imagen de los líderes del proceso tal vez no alteren el rumbo del mismo, pero configuran una imagen muy diferente de la calidad de ese liderazgo; es decir de lo que ellos representan en el imaginario popular. Este cambio ha de tener una gran importancia en su capacidad política de conducir el país en los duros años que se vienen.
 
Esta constatación tiene que haber sido hecha a nivel intuitivo por el pueblo -siempre tanto más intuitivo cuanto menos instruido- y de manera más elaborada por los intelectuales que todavía creen en el proceso. Y aquí sospecho que entra en juego un elemento ya no del imaginario colectivo, sino del individual. Hay quienes, habiendo abrazado el proceso de cambio, temen que abandonarlo en este momento –o en cualquier momento- es una traición, no al proceso ni a personas, sino a la imagen que han construido de sí mismos como baluartes del cambio. Temo que de a poco se verán defraudados por esa ilusión. 
 
Es un triste momento en la historia política del país. El único liderazgo que teníamos resultó tener canillas de barro. La oposición es incapaz de poner al frente una alternativa de peso real, ni en lo propositivo ni en el liderazgo personal. Y para completar la tragedia, la prensa que siempre ha tenido las debilidades que le conocemos, pasa con contadas excepciones por uno de sus momentos más rastreros y vergonzosos. Es decir, aquellos que deberían jugar un papel imprescindible en guiar las opiniones, visiones y acciones del país, se van pareciendo a personajes de la Corte de los Milagros. 
 
Una de las mayores virtudes de un político es saber crear en el imaginario popular las categorías del debate nacional, y lograr que la discusión gire en torno al tamaño de las ventanas y el mecanismo del puente levadizo de un castillo que sólo existe porque la imaginación y persuasión del líder lo pusieron en el escenario. Si es así, tendremos que admitir que aunque tenemos cambio, tal vez no tengamos revolución.

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