Matasuegra

Crisis made in Bolivia

Resulta indignante que, a estas alturas, nuestro Vicepresidente menosprecie la inteligencia de la gente y, recurriendo a estratagemas del siglo XVI, pretenda infundirle terror para manipular sus decisiones.
domingo, 7 de febrero de 2016 · 00:00
José Zorrilla

escritor

Anda ahora Venezuela en los periódicos de medio mundo no sólo por sus problemas políticos e institucionales, sino también, y muy principalmente, por sus problemas económicos. Las estadísticas (aproximadas)  son de infarto.

Inflación de tres dígitos, tipo de cambio respecto del dólar sin nada que ver con la legalidad, desabastecimiento generalizado, sistema productivo arrasado, agricultura quebrantada... en fin, pongan todos los elementos disfuncionales que ustedes quieran sobre la mesa. Un Estado fallido.

Resulta contraintuitivo. Venezuela ha estado recibiendo todos estos pasados 10 años nada menos que el 50% de su PIB en renta de petróleo. Debería estar nadando en la prosperidad, si no ser el país más rico de América Latina.

¿Por qué no lo es? Porque padece la enfermedad holandesa. ¿ Y qué es la enfermedad holandesa?

Allá por un  lejano 26 de noviembre de 1977, The Economist acuñó el término para describir lo que le estaba pasando a Holanda a partir del descubrimiento de gas en el mar del Norte. Para empezar, el florín disparó su cotización, lo que complicó  las exportaciones del país. Pero, sobre todo, creó tres economías distintas dentro de Holanda:  la vinculada a la extracción del gas, que funcionaba estupendamente,  y  otras dos, nacionales, pero de distinta naturaleza. La no comerciable  (en general, el sector servicios) -a la que también le llegaba la bonanza y la subida de sueldos y salarios-  y la comerciable, es decir, aquella cuyos precios los pone el mercado internacional. Ésta era la que lo llevaba peor.

Meter tanto dinero en la economía llevaba a la inflación y al incremento de los costes laborales, y ese incremento había de traducirse en un mayor coste  de los productos holandeses de exportación y su correspondiente pérdida de competitividad. Por otra parte, y como sucede en todos sitios, al verse con tanto dinero, el Estado holandés, en vez  de hacer cambios estructurales o gastar el dinero en I+D, invirtió  en gasto social no productivo. En resumen, Holanda se desindustrializaba. Traía más a cuenta importar que producir. Y, poco a poco, todo el espacio productivo lo iba ocupando el sector ligado a la extracción de gas en detrimento del sector exportador tradicional. Lógico, puesto que daba más beneficios y con menor riesgo.

El fenómeno es interesantísimo y puede aplicarse al estudio de la historia económica. El Imperio español lo conoció en su fase más aguda. Y Australia, con la carrera del oro a mediados del siglo XIX, también. Por otra parte, lleva al estudio de las ventajas comparativas entre estados y de los propios factores productivos dentro del Estado, etcétera.

En fin, que la famosa enfermedad ha generado una literatura inacabable, cosa normal pues afecta a muchos capítulos de la economía. Pasando a la política, un caso claro de enfermedad holandesa con consecuencias institucionales fue el petróleo del Mar del Norte en Reino Unido. La doctrina es unánime al señalar que el separatismo escocés coincide en el tiempo tanto con la política de Thatcher como con el citado petróleo. Pero la enfermedad holandesa también se ha aplicado a las remesas de emigrantes en Cabo Verde o a los diamantes de sangre o al coltán en África.

Vamos a resumir las disfunciones de la enfermedad holandesa de manera un poco más rigurosa. La apreciación del tipo de cambio (si no es fijo como el euro) depaupera a los sectores que exportan y generan ingresos con valor añadido. De todas formas, aunque el tipo de cambio sea fijo, la inflación se incorpora a los precios del sector exportador y lo arrasa. Siguen corrupción y comportamiento rentista (rent seeking), captura del Estado, inestabilidad política, e incluso a veces, en situaciones extremas,  conflicto social. Por último, cabe señalar que la renta del petróleo o de otras materias primas sin elaborar puede caer de la noche a la mañana sumiendo al país en el caos.

¿Y dónde está Venezuela en todo esto? Pues en la tormenta perfecta. ¿Qué solución es la más adecuada para la enfermedad holandesa?

Aparte de políticas monetarias y fiscales restrictivas, esterilizar, es decir, meter el dinero del petróleo en un fondo como han hecho muchos países, el primero Noruega, con un fondo soberano de más de 850.000 millones  de dólares.

Chávez, sin embargo, siguió el ejemplo de sus predecesores populistas (Vargas, Perón, Alan García, Allende...). Metió en vena ese dinero en el consumo privado por la vía de bonos, subvenciones, becas y otros arbitrios. Subió el gasto público, acusó a las empresas privadas de desabastecer y las intervino, lo que agravó el problema, ocupó fincas, con lo que arrasó la agricultura, abrió el grifo de Petróleos de Venezuela a los amigos y extendió la nómina de funcionarios a los colegas. En fin, para no seguir, hizo exactamente lo contrario de lo que hay que hacer cuando entra en la economía una bonanza inesperada: derrochar selectivamente. Añádase baja institucionalidad, corrupción endémica, concentración y distribución de la riqueza en el sector público, escaso aparato productivo y el resultado a la vista está. El país más inseguro del mundo, desabastecimiento de lo más elemental, tercer país en fondos opacos, una dependencia de la renta del petróleo superior al 90% cuando en 1998 no llegaba al 70% y unos ingresos fiscales que dependen mayoritariamente del precio del petróleo, por definición variable, sobre el que el Estado no tiene control.

Eso sí, la élite chavista se ha enriquecido todos estos años, vive en comunidades valladas con casoplones dignos de actores de cine americanos,  y arrasa en Miami a los distribuidores de Ferraris y Lamborghinis. No por nada son antiimperialistas. Alguna recompensa deberían tener.

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