Análisis

¿La Lewinsky del altiplano?

domingo, 10 de abril de 2016 · 00:00
Carlos Decker-Molina
periodista
 
Hilary Clinton le dedica menos de una página en sus memorias de primera dama, a la becaria Mónica Lewinski.
 
El llamado "escándalo Lewinski” es de vieja data (1998), lo que quiere decir que hay muchos jóvenes que no saben muy bien quién es Mónica Lewinski y qué hizo con el presidente estadounidense Bill Clinton, que en ese momento tenía 49 años y ella, 22. 
 
Mónica Lewinski estuvo en Estocolmo para recibir un premio por su trabajo en favor de los perjudicados por campañas de odio desde plataformas digitales como Facebook, Twitter o E-mails. Y por su activismo internacional en contra de la "lapidación cibernética”. 
 
Ella tiene una experiencia brutal, aunque en aquel tiempo sólo había E-mails y una que otra página web de chateo no demasiado masivo.
 
Mónica usa su propia experiencia para explicar hasta dónde puede llegar el odio y, yo diría, la manipulación del poder en contra de una examante. Nos recuerda que sólo tenía 22 años y, con una sonrisa triste, dice que debe ser la única cuarentona que no quiere volver a los 20.  A esa edad se enamoró del presidente Bill Clinton, con el que hizo todo lo que hacen los enamorados, que supone en acuerdo mutuo, el consentimiento tácito que suele comenzar con un beso y termina, en este caso, aspirando el humo de un puro. 
 
A los 20 años se suele tener una confidente, Mónica le contó a Linda Tripp su pasión con el Presidente, pero Tripp la traicionó porque entregó el material, que había grabado en secreto, a Kenneth Starr, un consejero independiente que abrió la Caja de Pandora.     
 
"En un abrir y cerrar de ojos, me convertí en una bruja, gorda y puta. Es más, fui llamada por el presidente de EEUU como "esa mujer”. Era el mazazo del poder que vaciaba sus culpas sobre una joven de 22 años.
 
A partir de ese momento no solo vivió la humillación pública, sino que perdió la dignidad de ser humano. Agentes secretos, policías, jueces, abogados, burócratas, políticos, la prensa amarilla y la otra, la televisión, toda la media persiguió a Mónica Lewinski. Confiesa que estuvo a punto de quitarse la vida.
 
¿Por qué cuento esta historia?  
 
No radico en Bolivia, no sé quién es Gabriela Zapata, es decir,  no tengo más referencias que las ofrecidas por la prensa, que leo en plataformas digitales y lo que miro en Facebook. Tengo una idea general sobre los dimes y diretes, que ha originado el destape (periodísticamente legítimo) de su romance con el presidente Morales. 
 
Cada "like” en Facebook a una insinuación odiosa contra una mujer, al decir de Mónica Lewinski, es una pedrada virtual, que se convierte en una lapidación cibernética. Es el feminicidio posmoderno, fácilmente practicado en las plataformas como Facebook y Twitter. Y, pienso que el caso Zapata tiene las dos características: la lapidación cibernética y el mazazo del poder que, luego de refocilarse con ella, en alguna cama oficial, le paga con prebendas y luego la mete en la cárcel para evitar decir la verdad, sobre todo en referencias a las prebendas.
 
El otro agravante, en el caso boliviano, es la falta de instituciones sanas, democráticas, confiables, seguras, responsables y que estén por encima de los cambios del clima político.  Instituciones en las que pueda confiar el ciudadano grande, mediano, chico, "q’ara o t’hara”.
 
La Lewinski, de ser la becaria favorita de Clinton, pasó a ser la mentirosa, la gringa falsa, la arribista, la desclasada (en el sentido yanqui), la aprovechadora;  felizmente no tuvo que esconder ningún hijo y su relación fue a los 22 y no a los 18 años, que en Suecia sería lo de menos.
 
Hoy, Mónica Lewinski es una empresaria con premios y con estima. Gabriela Zapata no sólo tiene derecho a su defensa sino a la inocencia, mientras no haya "caso juzgado” por las acusaciones del poder. 
 
Pero, ¿quién juzga al poder?

Confidencial

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