Medio Oriente

Una primavera desperdiciada

¿Qué pasó en estos cinco años?, ¿por qué no prosperó el proceso de democratización que comenzó en 2011?, pregunta la autora.
domingo, 10 de abril de 2016 · 00:00
Renata Hoffman
socióloga
 
 El año 2011 trajo al mundo árabe la oportunidad  para romper con la larga tradición de dictaduras y regímenes autocráticos. La primavera árabe se inició en Túnez y se propagó por la región árabe. La población se rebeló contra las dictaduras que durante decenios se enriquecieron  y pisotearon los derechos humanos en Túnez, Egipto, Libia y Yemen (las casas de la realeza de Marruecos y Jordania se salvaron con algunas concesiones y en los países del Golfo Pérsico se controló el descontento con "látigo y zanahoria”). 

Cinco años más tarde sólo queda la frustración. Lo que empezó como una primavera terminó como un cruel invierno que no da visos de pasar. En Egipto se reinstauró una dictadura no menos feroz que la del derrocado Mubarak; en Siria se desató una guerra civil que estremece al mundo entero y produce una ola de refugiados que aumenta la tensión en los países vecinos y Europa. En Yemen se enfrentan chiitas rebeldes con los gobernantes sunitas, mientras grupos terroristas de diversa índole se expanden. En Libia se enfrentan dos fracciones de los rebeldes, dividiendo al país prácticamente en dos. 
 
El cuadro desolador se complementa con el terror que siembra el Estado Islámico (EI, ISIS o DAESH) en lo que queda de Irak y Siria y que va ganando terreno también en Europa y en otros países islámicos. Las repercusiones del EI llegan hasta África, donde grupos como Boko Haram (Nigeria) o Al-Shabaab (Somalia) se empoderaron, algunos en alianza con Al-Qaeda. 
 
¿Qué pasó en estos cinco años?, ¿por qué no prosperó el proceso de democratización que comenzó en 2011?, ¿qué fuerzas se desataron para hundir a esta región en el caos y la desesperación con el riesgo de que los diversos intereses políticos por la hegemonía en la región enfrenten a saudís e iranís y que también Turquía se enrede en este remolino?, ¿qué rol juega Occidente?, ¿qué ocurre con la intervención de Rusia? 
Los sucesos en Medio Oriente son tan abigarrados y cambiantes que no existen respuestas claras que permitan pensar en pacificar a esta región. Al contrario, crece el peligro de que los conflictos arrastren a más regiones y precipiten otros enfrentamientos e incluso guerras.
 
Orígenes del conflicto
 
El mundo árabe y el Medio Oriente entero fueron - y aún son- un espacio multicultural donde históricamente conviven y se enfrentan distintos pueblos e intereses. Es a partir de su gran diversidad que esta región fue cuna de las primeras civilizaciones y culturas altas, mucho antes que el Islam se propague como religión dominante (siglo V) en la región. Este predominio de la religión explica por qué el mundo árabe perdió su fuerza inicial y quedó rezagado, mientras Europa avanzó desde el Renacimiento, con el desarrollo de la ciencia, las tecnologías, la ilustración y, finalmente, con la separación de la religión del Estado. Es en esta época que las regiones islámicas se vuelven presas de los poderosos imperios europeos. El desplome final del Imperio Otomano, con la Primera Guerra Mundial, afianza el poder europeo y da lugar a los protectorados, principalmente de Gran Bretaña y Francia. Con el fin de la Segunda Guerra Mundial se reconfigura el mundo entero, y también el Medio Oriente. Se crea Israel en 1948, que ahora es un factor de tensión y guerras en la región (1948, 1956 y 1967) , que radicaliza el odio de los musulmanes contra los judíos y, de manera general, contra su protector y aliado Occidente. Se desata la Guerra Fría entre Occidente y Rusia, que también en los países árabes deja sus secuelas. Nace el nacionalismo árabe, liderado por Egipto con Nasser, el panarabismo y el movimiento de los "países no alineados”. La nacionalización del Canal de Suez por Egipto es uno de los hitos de la época, al igual que el ascenso de Gadafi y de otros líderes regionales que buscan más cercanía con Rusia para contrapesar el dominio de EEUU y Europa. Las derrotas sucesivas de los egipcios en las guerras con Israel y particularmente la de la Guerra de los Seis Días con Israel, ponen fin a los anhelos de hegemonía egipcia en el mundo árabe y abren el paso a las dictaduras de Sadat y Mubarak, más  ocupadas de controlar a los Hermanos Musulmanes (sunitas) y a las tendencias socialistas. 
 
El fin de la Segunda Guerra Mundial impone un nuevo orden económico, el cual es hegemonizado por EEUU. La riqueza de petróleo de la región árabe se vuelve esencial en la nueva geopolítica, e Israel e Irán se vuelven socios importantes para defender los intereses de Occidente en la región. La revolución de los Ayatolas de 1979 en Irán, que pone fin al régimen de su aliado Sha Reza Pahlavi, y obliga a reconfigurar el tablero geopolítico. Se opta por fortalecer la alianza con Arabia Saudita, el principal productor de petróleo, para defender los intereses de Occidente, haciendo caso omiso del régimen dictatorial de su realeza y de su rol de promotor y protector de tendencias radicales islamistas Al-Qaeda inclusive. 
 
Entonces, sobrevienen las tres guerras del Golfo: la primera entre Irak e Irán de 1980 hasta 1988; la segunda, liderada por EEUU contra Irak, después que éste anexó a Kuwait en 1991. Esta invasión de EEUU a Irak, con el argumento de la existencia de armas de destrucción masiva -que nunca se comprobó -, dio lugar a una guerra de casi ocho años (2003 - 2011) que derrocó a Saddam Hussein. El gobierno de tendencia de chiita, que se instauró después del retiro de las tropas de EEUU, no tuvo la inteligencia de encontrar un balance con la minoría sunita y provocó una guerra civil que abrió el paso al Estado Islámico y a la desaparición fáctica del Irak.
 
Perspectivas siniestras
 
El colonialismo, los intereses geopolíticos de Occidente tanto como de Rusia, son los ingredientes sin los cuales no se podrían entender los conflictos en el Medio Oriente. El terrorismo de Al-Qaeda y del EI se reivindican como guerras santas para imponer el reino de Dios y para castigar a los infieles, pero no hubieran encontrado el suficiente caldo de cultivo sin toda la secuela de violencia y dictaduras en la región árabe y Afganistán. El poder del EI no existiría sin la cantidad de oficiales iraquíes del ejército de Saddam Hussein que se pasaron a sus filas, con su formación y todo el armamento de tecnología de punta que dejó allí EEUU. La ampliación del supuesto califato del Estado Islámico a Siria fue un paso relativamente fácil, en medio de la guerra civil en contra de Bashar al-Assad. No faltan indicios de que el EI esté en declive, tanto por sus problemas internos como por la intervención de Occidente, Arabia Saudita y Rusia. La experiencia de Al-Qaeda es muestra que el debilitamiento de un grupo terrorista no implica que la radicalización islamista y el enfrentamiento entre chiitas y sunitas lleguen a su fin. La ampliación del terrorismo de islamistas radicales a Europa seguirá siendo un fenómeno a largo plazo, aunque los Estados refuercen sus medidas de seguridad. La falta de perspectivas de muchos jóvenes árabes en Europa y la actividad misionera de los islamistas -a menudo financiados por Arabia Saudita - son el caldo de cultivo para que la radicalización y el fanatismo religioso continúen. 
 
Irán, refortalecido, después de aceptar los controles sobre su producción nuclear, revitaliza la pugna por el poder con Arabia Saudita e intensifica el odio y el enfrentamiento entre chiitas y sunitas. 
 
Turquía, por su lado, está en franco proceso de retroceder en la separación entre religión y Estado, el gran logro de Atatürk en los años 1920. Los conflictos con los kurdos, empoderados en su lucha contra el EI, sepultaron el difícil proceso de paz de años anteriores y reavivaron los enfrentamientos que, al menos en algunas regiones, pueden tomar dimensiones de una guerra civil.
 
El desarrollo de la producción de petróleo en EEUU redujo su interés geopolítico en la región, pero aún así no se quedará al margen de las nuevas pugnas de poder, especialmente con Rusia como nuevo actor geopolítico.
 
En medio de todas estas perspectivas sombrías se percibe un nuevo actor, con sus propios  intereses económicos e infinitas necesidades de recursos naturales: China. 
 
Todo indica que estamos en puertas de otro orden económico y político que, en una región tan violenta e inestable como el Medio Oriente, con toda seguridad causará más conflictos y estragos.

Confidencial

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