Análisis

Albor del siglo XXI

En un capítulo más de la esquizofrenia ideológica, el continente latinoamericano está unido para apoyar un TLC entre Cuba y EEUU, comenta el autor.
domingo, 17 de abril de 2016 · 00:00
Flavio Machicado Saravia
Miembro de Número de la Academia Boliviana de Ciencias Económicas
 
Cuando la Unión Soviética era un poder mundial hegemónico,  era libre de exportar a Asia, Oriente Medio, África y mitad de Europa. A su vez, la URSS  tenía un firme control geopolítico sobre las economías de gran parte del planeta. Sin "embargo” comercial alguno, su modelo estatista fracasó.

En la URSS de 1980, cuando los soviéticos controlaban el petróleo y gas de Georgia, Armenia, Azerbaiyán y la producción agrícola de Ucrania y tenían industriosos y disciplinados satélites en Europa oriental, el presidente ruso Gorbachov llegó a la conclusión que el  control estatal  de la economía es una receta para el fracaso. Así empezó en Rusia el siglo XXI, cuya fortuna se ve despilfarrada ahora por el nacionalismo imperialista de Putin.
 
Rusos, franceses y españoles son libres de invertir en producir alimentos en Cuba, pero prefieren invertir en los placeres del turismo. A su vez, los países del ALBA se han pronunciado en contra de Tratados de Libre Comercio con el "imperio”, a la vez que se amargan porque Cuba no puede exportar tabaco y ron a EEUU. ¿Quién entiende?
 
En un capítulo más de la esquizofrenia ideológica, el continente latinoamericano está unido para apoyar un TLC entre Cuba y EEUU. Pero aquello que piden para Cuba, rechazan para el resto del continente. Cuba ahora quiere abandonar el clientelismo estatista, para atraer inversiones que en los países del ALBA debe primero pasar por la prueba de pureza ideológica.
 
Con el mismo fervor patriótico que EEUU declara la guerra al terrorismo, en Bolivia hemos declarado la guerra al "liberalismo” económico. La privatización, austeridad fiscal y liberación del comercio fueron decretadas con el "eje del mal”. Pero introducir al Estado en todo aspecto de la economía ha comprobado ser un error y el afán de apoyar únicamente inversiones "ideológicamente puras”, una política cuestionable.  
 
Erigimos los muros que criticamos a Donald Trump con una demagogia populista que encuentra eco en las riquezas de un Estado clientelista.  Y mientras que el proceso de integración económico global obliga a las economías de China y EEUU a cooperar entre sí, nuestros líderes bolivarianos insisten en elevar muros que permitan seguir controlando políticamente aquellos atrapados entre sus fronteras. 
 
Una hoz y el martillo en los eventos políticos de China hacen que la inversión del dragón pase la prueba de pureza. El simbolismo nos ofusca de un pragmatismo pintado con el sudor del retorno a la inversión. Por ende, mientras que la visita de Obama es presagio que los vientos económicos cambiarán en Cuba y Argentina, en Bolivia celebramos que China invierta en el Mutún, sin detalles tan básicos como ser la factibilidad de un proyecto que carece de un elemento básico: gas para fundir el hierro.
 
El gasoducto al Mutún es un factor de producción elemental para nuestro proyecto siderúrgico. Sin energía, el proyecto del Mutún no funcionará jamás. Será interesante entender exactamente cómo piensan los chinos realizar el milagro de producir acero sin hornos alimentados por el gas boliviano.
 
Con Cuba abriéndose camino al mercado norteamericano y Argentina pagando el derroche y corrupción de los K, nuestro reto es establecer estructuras económicas y sociales sólidas, con las cuales podamos hacer frente a coyunturas históricas que obligan a dejar atrás la mentalidad de Guerra Fría, e ingresar por fin al siglo XXI. 
 
Insistir en la lucha de clases es entramparnos en el péndulo político del siglo XX. El déficit fiscal, comercial y de nuestra balanza de pagos obliga a reconsiderar nuestro modelo de "desarrollo”, cuyo gran acierto es comprar clientes con deuda. Quien sufre a la larga es el bolsillo del ciudadano de a pie. La gran interrogante no es cuándo empieza el siglo XXI, sino cuánto deberá pagar el pueblo cuando se encienda la luz.

Confidencial

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