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Camino a la desesperación

La indolencia del poder y de buena parte de la sociedad llevó a que las personas con discapacidad levanten la bandera del bono de 500 bolivianos mensuales, convirtiéndola en una petición innegociable.
domingo, 17 de abril de 2016 · 00:00
Jorge Abel Kafka Zúñiga
Politólogo. Persona con discapacidad motriz.
 
La marcha que emprendieron las personas con discapacidad desde hace varias semanas desde Cochabamba hacia la sede de Gobierno es la muestra de un esfuerzo desesperado de quienes buscan históricamente la atención a sus demandas. Se trata de una movilización que comenzó meses atrás, sin obtener respuesta alguna del Gobierno y que orilló a las personas con discapacidad motriz a colgarse en sus sillas de ruedas  en los puentes cochabambinos para visibilizar su situación de abandono. 

La indolencia del poder y de buena parte de la sociedad llevó a que las personas con discapacidad levanten la bandera de bono de 500 bolivianos mensuales, convirtiéndola en una petición innegociable. Las tímidas manifestaciones de apoyo de agrupaciones y asociaciones de personas con discapacidad fueron tomando cuerpo en los otros departamentos del país y, hoy en día, convirtieron el objetivo de llegar a la ciudad de La Paz en parte de la estrategia para la atención de su único pedido.
 
Fuera de toda lógica de autoconservación, esta "muestra de sacrificio y dolor” se apoya en utilizar el cuerpo de las personas con discapacidad como el lenguaje de los excluidos, que clama por ser escuchado y atendido. En su forma extrema, se trata del dolor autoinfligido en los cuerpos de las personas con discapacidad a lo largo de 373 kilómetros de recorrido, sometiéndolo a las inclemencias del tiempo y a las carencias alimentarias y sanitarias mínimas. Más aún, este sacrificio del cuerpo no sólo tiene consecuencias inmediatas sobre la salud de las personas con discapacidad, sino en el mediano y largo plazo, pues se somete el cuerpo debilitado a un esfuerzo extremo.
 
Cuando se transmiten las imágenes televisivas de los marchistas con discapacidad, de sus familiares y aliados circunstanciales, difícilmente podemos imaginar y menos sentir el esfuerzo que representa emprender una larga marcha. Es difícil ponerse en el lugar de una persona condenada a una silla de ruedas, menos estar aunque sea tres semanas en una sola postura y sin condiciones mínimas para desplazarse de manera autónoma, peor aún imaginar las llagas, heridas y dolor provocados en la piel  cuando ésta roza con el aluminio, la goma  y tornillos de las sillas de ruedas. 
 
No es menos sacrificado el hecho de aquellas personas que se movilizan con dificultad, apoyados en bastones o muletas. Estas personas están obligadas a soportar el peso del cuerpo no de manera equilibrada, de ahí que al caminar extensiones tan largas lastimen aquellas partes fuertes de su cuerpo, exigiéndoles un sobreesfuerzo de consecuencias imprevisibles en el tiempo. No sólo ello, al desplazarse con dificultad son quienes más se exponen a las caídas en terrenos irregulares y con ellas a los moretones, las heridas y en el peor de los casos las fracturas.
 
En su costado más dramático, los marchistas ciegos muestran la decisión de personas que se atrevieron a romper su rutinaria tranquilidad para aventurarse a caminar por terrenos desconocidos. Los marchistas ciegos son quienes más riesgo corren al no conocer el terreno por el que se desplazan; los desniveles, los baches, huecos y el terreno irregular se convierten en trampas que tienen que ir sorteando. En lo más impensado, acaso alguien imagina el estar caminando a ciegas en la carretera, escuchando el vertiginoso paso de buses y vehículos que no tienen la menor consideración al momento de pasar al lado de ellos.
 
En los rostros de los marchistas se percibe el cansancio y en sus historias de vida se refleja la desesperación de quienes diariamente luchan por sobrevivir. El cansancio no es solamente físico, sino también emocional, ocasionado, este último, por las reiteradas negativas de los "servidores públicos” a la demanda de los marchistas y por el escenario adverso que se construye desde el poder para invisibilizar su sacrificio.   
 
Empero, con su lento avance, paso a paso, los marchistas van visibilizando el tema de la discapacidad en los medios de comunicación. Ponen en la vitrina de la opinión pública el hecho de que parte de los recursos transferidos de la financiación a los partidos políticos hacia las personas con discapacidad se van para incrementar la burocracia política. 
 
Y es justamente, parte de esa burocracia la que discrecionalmente califica los grados de discapacidad, sin darse cuenta que sus decisiones pueden ocasionar graves tragedias personales, condenando a muchas de las personas con discapacidad a la indigencia, al abandono por parte de sus propias familias, al agravamiento de su estado de salud y a la profundización de su aislamiento social. 
 
De este modo, discutir el tema del bono de 500 bolivianos mensuales puede que no sea un problema existencial para la mayor parte de la población;  sin embargo, para una persona con discapacidad en situación de pobreza, moderada y extrema, se puede convertir en un drama humano. 
 
¿Qué sucede con niños y jóvenes con síndrome de Down cuyos padres fallecen? ¿Quién se hace cargo de ellos? Lo mismo podría preguntarse sobre las personas con discapacidad extrema motriz o intelectual. ¿No es acaso el Estado el que debe contar con un sistema de protección social que garantice una vida digna para quienes por azares de la vida sufren una discapacidad y se encuentran en situación de abandono? ¿Hasta cuándo en este país tendrán que correr lágrimas, dolor y sangre para que las personas sean tratadas como seres humanos?   
Posiblemente esta marcha no se convierta en el centro de la vida social en Bolivia y tampoco se renueve la vida política con la llegada de los marchistas a la ciudad de La Paz,  pues tenemos sobradas pruebas de la dureza con la que los políticos toman sus decisiones, más aún si no se tiene dinamitas ni votos para negociar. Quizás el camino emprendido por las personas con discapacidad choque nuevamente con las "prioridades gubernamentales” y su "racionalidad técnica” de último momento. 
 
Lo único cierto en este escenario es que el camino emprendido, impulsado por la desesperación, enfermedad que consume el alma, no debe llevar a las personas con discapacidad a pensar que se enfrenta la última de las batallas, ni que hay que bajar los brazos. Por el contrario, la marcha es una batalla más en la búsqueda individual y colectiva de una vida digna e independiente.
 
En el reverso de la medalla, pensando en la humanización de la política, sólo queda esperar que los gobernantes, quienes discrecionalmente distribuyen los recursos públicos en función de prioridades electorales y políticas, esta vez no tomen decisiones a partir del poder, sino a partir del corazón. Soñando despiertos no podemos dejar de apostar por un ser humano político que se realiza ayudando a los demás, un ser humano capaz de sentir vergüenza por las injusticias y la miseria y de actuar para remediarlas.

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