Debate

Irreverencia e institucionalidad

domingo, 17 de abril de 2016 · 00:00
Jorge Patiño
Sarcinelli escritor
 

Xavier Albó es un hombre con muchos méritos que hizo mucho en Bolivia; mucho de bueno y quién sabe algo de anodino. Es decir, es un hombre sin duda notable pero todavía no santo infalible. El gobierno boliviano, suponemos que en reconocimiento a los méritos, decidió otorgarle una condecoración que está algo venida a menos por la cantidad de receptores sin merecimientos, pero es la más alta distinción que confiere el país.

Tal vez no se equivocó el gobierno en elegir a Albó como merecedor de esa distinción, pero cometió un monumental equívoco si creyó que el mandatario brillaría en el acto a la par del homenajeado. Nofue así: Albó usó la ocasión para decir algunas incómodas verdades y de yapa una cuantas graciosas impertinencias nada agradables a los oídos de los supremos asistentes, aunque fueran motivo de risa para los demás.

El simpático aunque algo vueltero y desordenado discurso de Albó ha sido debidamente festejado en los medios y redes. Esto era de esperar, considerando lo raro que es que alguien le diga al número uno las verdades que él prefiere no oír y que muchos le hubiesen querido decir en público. Es una reacción similar a la que vemos en las películas cuando llega el jovencito a darle una tunda al malo y la platea entra en delirio de revancha.

No encuentro objetable el contenido de la alocución del jesuita. Mi problema con el discurso está en las formas. A Xavier Albó se le ofreció la condecoración del Cóndor de Los Andes y él aceptó recibirla en un acto en Palacio de Gobierno, donde como él sabía, se la impondría el presidente Morales. Es una distinción importante en el contexto nacional, que el gobierno no tenía la obligación de dar, y que Albó podría perfectamente haber declinado sin mella de dignidad, pero que decidió aceptar (sin aceptar lo que la aceptación impone).

Hay dos aspectos que quisiera traer a la discusión, que aunque son relativamente obvios, me ayudarán a explicar a lo que voy. El primero es la distinción entre la persona privada y la persona pública. Una persona es el Evo hermano, padre o amigo, y otra es el ciudadano boliviano Evo Morales, igual que todos ante la ley.

La segunda distinción que me parece relevante aquí es la que hay entre la persona y el cargo que ella ocupa. Una cosa es el ciudadano Evo Morales elegido para ocupar la Presidencia del Estado Plurinacional, y otra el cargo mismo que él ocupa y al que él se debe como ciudadano. Un tirano es justamente aquél que no distingue las obligaciones del cargo de los caprichos de su voluntad. Estas distinciones y el respeto de todos los ciudadanos a ellas están en la base de la institucionalidad que reclamamos.

Habiendo muchas cosas que Albó podía haber dicho a tiempo de agradecer la condecoración, es encomiable su coraje de decir algunas verdades incómodas, comparado por ejemplo con otros que en la misma situación se limitaron a decir naderías y desperdiciaron la ocasión de dejar un mensaje. Sin embargo, hay que notar que el coraje es relativo, y Albó sabía que podía darse ciertas libertades sin temer represalias porque está protegido por su edad y condición clerical, y por, al ser el último en usar la palabra, no estar expuesto a la réplica.

Si bien el rango de lo que se puede decir en ocasiones como ésa es amplio, hay limites de cortesía y pertinencia. Es obvio, por ejemplo, que no hubiera sido apropiado en la ocasión hacer referencias a los gustos del Presidente en cuestión de mujeres. Tampoco, por ejemplo, me pareció apropiado sugerir el candidato a la sucesión presidencial –cuestión que debe decidir el MAS- por más que Albó tenga derecho a sus preferencias, y que el candidato propuesto tenga méritos. Tomarse libertades fuera de contexto es una descortesía; como si un invitado usara la ocasión de un agasajo para hablar mal de la madre del anfitrión.

Xavier Albó, probablemente de manera natural –le doy el beneficio de la duda en eso- ha preferido ignorar las formalidades de la ocasión, así como las distinciones entre personas y cargos. Esa indiferencia con las formalidades dice bien de él y de su extrema sencillez. Tiene mucho de encomiable la irreverencia cuando cabe, pero me parece que en la ocasión que nos ocupa, Albó debió dirigirse al Presidente del gobierno que lo condecoraba, y no al Evo como amigo, feligrés o líder cocalero. Esto por el respeto que Albó como ciudadano boliviano le debe a su Presidente y a través de éste a todos los bolivianos, por más intimidad y cariño que tenga con la persona del Evo.

Hay quienes creen que las formalidades son trivialidades propias de acartonados y siúticos. Sin duda el cultivo de la forma por la forma lo es. La forma que tiene sentido es la que recoge un cuidado por el otro, individual o colectivo. En el espacio privado ese cuidado por la forma distingue al sincero del francote, al firme del torpe, al espontáneo del confianzudo, etc. Estas torpezas se manifiestan de otra forma en el ámbito público, pero un similar cuidado con el otro colectivo y las formas acordadas es parte de la institucioalidad democrática y de la convivencia civilizada.

Las fronteras entre irreverencia, ocurrencia, condescendencia e impertinencia pueden ser tenues. El tono apropiado para una ocasión como la que nos ocupa no tiene que ser el de la voz engolada o zalamera, pero tampoco es apropiado dirigirse al Presidente en tono de homilía, de chanza familiar o de aleccionamiento.Lo mismo podía haber sido dicho de otra manera. El tono de condescendencia antropológica, pastoral y paternalista adoptado por Albó ha sido una mezcla de aquellos tres, rayando en la impertinencia. Me pregunto si en una ocasión similara ésta él usaría el mismo tonocondescendiente con el General de la Orden de Jesús.

Todo dicho y sumado, reconocieno una vez más lo gracioso y atinado de algunas frases de Albó, el acto pecó de una combinación algo bochornosa de la informalidad e improvisación características de nuestra débil institucionalidad, esta vez con una contribución inesperada del prestigio de Albó. No obstante las muchas risas, fue un espectáculo algo patético el que nos han ofrecido autoridades y galardonado. El gobierno ha quedado algo magullado y Albó es la vedete política del momento, a punto de ser propuesto como modelo para Defensor del Pueblo. Creo que es al revés: si alguien es modelo de coraje y defensa de las instituciones democráticas es Villena.

Confidencial

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