Geopolítica

Islam y violencia

Toda intervención externa al islam, sea militar o política, genera una reacción inversa, fortaleciendo al fundamentalismo radical y violento, opina Hofmann.
domingo, 17 de abril de 2016 · 00:00
Renata Hofmann
socióloga.
 
Pocos años después del derrumbe de la Unión Soviética y del muro, Samuel Huntington presentó su teoría   El choque de las civilizaciones (1993). Para él, los conflictos futuros tendrán raíz  cultural y religiosa, particularmente entre musulmanes y no musulmanes. Estos enunciados parecen cumplirse desde inicio de este siglo. El atentado a las torres gemelas de Nueva York (2001), el surgimiento de Al Qaeda, los brutales regímenes talibanes en Afganistán o de los ayatolás en   Irán y, actualmente,  el terror del autodenominado Estado Islámico  son hitos del surgimiento de tendencias fundamentalistas dentro del islam, dispuestas a sembrar violencia de forma radical e indiscriminada, en nombre de Alá.

 Las guerras civiles entre grupos religiosos, étnicos y viejas élites de poder alcanzan a  Oriente Medio y África. Las consecuencias llegan también a Europa, donde la crisis de refugiados crea un ambiente propicio para el fortalecimiento de una derecha xenofóbica. Para los reclutadores del fundamentalismo radical, es el clima ideal para captar a jóvenes que se sienten marginados, frustrados y sin perspectivas de futuro en Europa.

El islam, más que una religión
 
El judaísmo, el cristianismo y el islam son parte de una misma familia religiosa, con Abraham como el ancestro común del monoteísmo.  El islam incluso reconoce a Jesús como profeta. La gran diferencia con Jesús radica en que Mohamed no sólo fue profeta, sino también un gran guerrero y estadista que expandió con gran éxito su religión a lo largo de su vida (570-632 dC). 
 
El Corán refleja los diferentes momentos de Mohamed, desde su inicial tolerancia frente a las demás religiones, lo  que le permitió alianzas y acumulación de fuerza, hasta las etapas de expansión militar para afianzar y ampliar su poder. Sus discípulos y seguidores continuaron esta política de expansión religiosa y militar, llevando el islam desde el Norte de África a Europa y los países asiáticos. Hasta hoy, el expansionismo del islam no se ha detenido, haciendo de esta religión la segunda en importancia mundial. 
 
Esta particularidad del islam como religión, doctrina de Estado y norma para regular la vida de todos los creyentes es el fundamento de su vigencia, pero también de su controversia. Explica por qué no lograron la separación de Estado y religión que en Occidente dio lugar a la modernidad, con todo el despliegue de ciencia y tecnología,
ideales de democracia y derechos humanos. 
 
Las guerras religiosas dentro del islam
 
Aún hoy domina en el islam la palabra literal del Corán, sin derecho ni libertad para contextualizarlo e interpretarlo. Sin embargo, pese a este dogmatismo,  el islam no se salvó de la división interna después de la muerte de Mohamed. La lucha por la sucesión del Profeta desató el conflicto entre sunitas y chiitas. Mientras que los sunitas exigían la elección del nuevo líder entre los mejores discípulos del Profeta, los chiitas demandaban la sucesión hereditaria para los descendientes directos de Mohamed. Esta es la raíz del enfrentamiento y cruentas guerras entre sunitas y chiitas, pese a  que las diferencias religiosas entre ambos son de poca importancia. 
 
Los conflictos entre Arabia Saudita (sunita) e Irán (chiita)  son muestra de que detrás de la disputa religiosa se ocultan intereses de poder bastante más terrenales. La riqueza petrolera de los saudíes  es la base de la exportación de una visión sunita radical en el mundo árabe y en el mundo entero. Aunque los chiitas tan sólo representan un 20% de los musulmanes, tienen con Irán un referente poderoso, ya que la revolución de los ayatolás tuvo un gran impacto en todo el mundo islámico.
 
Existe una serie de grupos y sectas al interior del islam, con alianzas no siempre duraderas con los países sunitas o chiitas. Bashar al-Assad, dictador de Siria, pertenece al grupo de los alauitas que son cercanos a los chiitas y que, por lo tanto, reciben apoyo de Irán. Por su parte, Al-Qaeda y el Estado Islámico, tanto como Boko Haram, son sunitas radicales y fundamentalistas que, al menos en un inicio, fueron promovidos y apoyados por Arabia Saudita.
 
Entre noviembre de 2015 y marzo de 2016, se perpetraron 236 ataques terroristas por motivos religiosos que segaron la  vida de 2.168 seres humanos. Nueve de estos atentados se cometieron en Europa, con un total de 194 muertos. Estos datos revelan que el odio entre sunitas y chiitas es aún más profundo y mortal  del que profesan hacia los "infieles” del mundo occidental.

El doble filo de la yihad 
 
El islam se define en torno a cinco pilares:  dar testimonio de fe ("no existe Dios verdadero sino Alá”); las cinco oraciones diarias; la ayuda para los necesitados (el "Zakat”); el ayuno en el mes de Ramadán y el peregrinaje a la Meca. Para los fundamentalistas, la  yihad es un sexto pilar y, por lo tanto, de cumplimiento igualmente obligatorio. 
 
La controversia está en la interpretación de la yihad. Su significado literal es "hacer un esfuerzo”, que abarca maneras muy distintas de esfuerzos por la fe. Para los islamistas radicales la yihad es entendida como la "guerra santa” que Alá demanda para que su reino se imponga en la tierra. Esta interpretación se apoya en las llamadas "suras de la espada”, así denominadas porque se refieren a la etapa de expansión militar de Mohamed.  
 
Desde el radicalismo yihadista se justifica cualquier acto de violencia, desde la destrucción de todos los vestigios de culturas y religiones anteriores, hasta la tortura y el asesinato de los "infieles” que no se someten a la fe única y que no aceptan cumplir con todas las leyes y reglas que ellos imponen. Sin embargo, los testimonios de yihadistas que desertaron son una muestra más que detrás del fanatismo religioso se esconden también intereses terrenales: odios y resentimientos por antiguas luchas tribales, disputas territoriales por recursos naturales, enfrentamientos políticos contra élites corruptas y represivas y, finalmente, intolerancia con cualquier religión distinta de la propia. 
 
Para los musulmanes moderados, esta escalada de violencia yihadista no tiene ninguna justificación religiosa. En su visión, la  yihad es un esfuerzo permanente de los creyentes de profundizar su fe y de resistir  las tentaciones. El futuro del islam depende en gran medida de cómo concluirá esta controversia entre musulmanes y muy poco de las posiciones de Occidente. 
 
Más al contrario, toda intervención externa al islam, sea  militar o política, genera una reacción inversa, fortaleciendo al fundamentalismo radical y violento.

Confidencial

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