El sobaco de la víbora

Para jugar a las patadas

domingo, 17 de abril de 2016 · 00:00
Machi Mirón

Al hablar de fútbol, alguna vez aseguré que hace mucho tiempo que el nuestro -que tantos aficionados acapara- había caído en un pozo sin fondo, un hecho que el desempeño de nuestros equipos más representativos, lo demuestran día a día a nivel internacional.                                  

Hace bastantes décadas el nivel del fútbol nuestro era equiparable al de países como Ecuador o Colombia, eran tiempos que nadie hablaba del fútbol de México o Venezuela. Hoy en día el nivel del mexicano está mucho más arriba que el nuestro y ahí vemos al venezolano, a punto de despegar.                 

No faltarán quienes arguyan de las realidades económicas de tales países, lo que no dejaría de ser cierto, aunque las razones del estancamiento de nuestro fútbol son algo más domésticas y se refieren sobre todo a conceptos que manejan los dirigentes y, claro, la ausencia de un incentivo estatal mínimo.             

En verdad, siempre sentí en la dirigencia de nuestro fútbol -salvo destacadas excepciones- una búsqueda de intereses ajenos al desarrollo de sus clubes, optando más bien por el encuentro con éxitos fáciles e inmediatos, lo que deriva en la "importación” de futbolistas extranjeros.                      

Tal postura tiene un agravante, la realidad económica de los clubes no permite la búsqueda de futbolistas de nivel medio, ergo, quienes son traídos de afuera aportan con muy poco al crecimiento cualitativo de nuestro fútbol aunque, por supuesto, existen algunos casos que sí lo hicieron.                              

Cuando me pregunto por qué nuestra dirigencia no repara que en el mundo no existe un club de fútbol de importancia media que no se sostenga sobre la base de un semillero bien consolidado, la respuesta viene sola, nuestros dirigentes sólo apuntan al éxito inmediato que certifique su capacidad como directivo.                                                                                       
Ergo, no tenemos un club que busque el desarrollo de un semillero cuyos frutos redunden en equipos de niveles competitivos además de, claro está, crear la posibilidad de otros ingresos con la cesión a otras instituciones, de jóvenes salidos de sus divisiones inferiores.                   

Otra ausencia, claro, es la de un apoyo del Estado que, más allá de atraer a algún presidente cuando el azar permite un éxito futbolero, siempre destacó por su indiferencia al desarrollo humano de los bolivianos. Algo que don Evo quiso suplir con la inauguración de centenares de canchitas.

Mas, resulta que tales canchas -no bien inauguradas- son cercadas por los dirigentes vecinales, para así cobrar por su uso en beneficio personal. De ese modo, los niños del lugar -que no cuentan con algún dinero- jamás podrán utilizarlas así tengan condiciones inmensas para hacerlo.

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