Las siete claves para reconocer a un religioso

Diego Ayo alerta sobre las señales que debe tomar en cuenta todo ciudadano que se enfrente en una charla con “píos militantes masistas”.
domingo, 17 de abril de 2016 · 00:00
Diego Ayo
Politólogo
 
Agota intentar conversar con algunos de los valientes revolucionarios masistas. No todos, pero sí aquellos, cada vez más masivos, del "ala dura”. No oyen nada y juran, con no menor brío, que son de izquierda, que Evo es insustituible y que el Imperio ya está cerquita, hacha en mano, intentando descabezar a estos insignes luchadores. Mi firme voluntad de aprender y mi igualmente firme convencimiento en la democracia, me llevó a emprender un diálogo con uno de estos infatigables y comprometidos soñadores en un mundo mejor, con el propósito de converger en algunas ideas. Imposible. Es más sencillo convencer a mi tablet de que no se quede sin energía por favorcito que de consensuar en algo con estos pundonorosos muchachos. Así pues: ni aprendo de ellos, ni aprenden de mí. ¿Qué hacer entonces si uno se cruza con alguno de estos campeones? Aconsejo a cualquier ciudadano que aprecie su vida y respete su tiempo, alejarse, con elegancia y prudencia, de estos píos militantes masistas. ¿Cómo hacerlo? He aquí las siete señales que te alertan sobre su presencia.

1. Uno se da cuenta que se está frente a uno de estos talentosos, cuando al hablarte, se dirigen a ti con una palabra mágica (primera señal): "ustedes”. Siempre te dicen algo así: "ustedes tienen…”, "ustedes son…”, y así, el "ustedes”, antecede cualquier reflexión. Uno no sabe si este ustedes incluye a mis amigos del Tigre, a mis compañeros del curso de tango o a mis fraternos de la Morenada Central. Sólo te miran con un airecito de enviados del Cielo y te espetan el "ustedes”, marcando que ellos son "nosotros”.
 
2. Ya te podrías ir. No lo haces, permaneciendo estoico al lado de este campeón. Dudas de ti mismo y de tu propia dureza y prejuicio, y no quieres ser injusto. Quizás no sea tan necio, piensas. Legítimo pensamiento. Lo haces bien. Sin embargo, debes empezar a volver a dudar si al mencionarle los problemas en el Fondo Indígena, el Zapatazo o los quichicientos contratos chinos, el cerebro te mira sonriendo y te dice (segunda señal): "y con Goni, ¿acaso no era igual? ¿y en Usaid, no eran más cochinos?”. Grave, deberías este preciso instante alargar la mano para que frene un truffi a donde sea. Pero no lo haces. Error: este superdotado te va a recordar a Goni, Manfred, Tuto y un largo etcétera cada que le recuerdes las ovejas negras que se iban destiñendo de la Felipa.
 
3. ¿Por qué sigues? ¿basta ese par de pruebas? No, no basta. Quieres más pruebitas. Y te entiendo. Te niegas a creer que haya gente tan pseudo-inteligente aglomerada por la vida. "Ya vamos a concertar en algo”, piensas infantilmente. Ni bien concluye ese pensamiento, el avispado te mira con cara de Einstein y te dice (tercera señal): "Hermano, ustedes (vuelve siempre a meterte en la tropa) tienen que ser más objetivos, no todo está mal, pues”. Uta, este argumento es para pedir a Dios que te quite la facultad de escuchar. Pero no sucede. Oyes nomás. Sabes que lo más objetivo que ha dicho el brillante es su nombre. Piensas para ti: "¿y cuándo carajo le he dicho que ‘todo está mal’? ¿cuándo?”. Nunca, claro que no, pero el capo saca sus frasecitas de la gaveta con fluidez notable. 
 
4. Quieres llorar pero no lo haces. Lo miras y, con paciencia de monje hindú, sigues escuchándolo. Es muy posible que te salga con alguna cosita ingeniosa (cuarta señal): "Ayer,  una señora de pollera ha sido atropellada en El Prado, y justo al lado de la llanta asesina estaba un gringo cruzando la calle y al día siguiente en el Dumbo de San Miguel el mozo de origen aymara se ha caído precisamente donde estaba un joven disfrazado de Mickey, ¿sabes? Estamos seguros que son agentes de la DEA intentando eliminar indígenas. Está clarísimo”. ¡Alguna reflexión de esa lucidez se va a mandar! Es fija. Escapá.
 
5. No lo haces, te quedas, ni sabes por qué. Intentas otra vez criticar un poco para ver qué soluciones pueden encontrar juntos. Comienzas con la economía: "Che,  hermano, el modelo económico se ha mantenido muy dependiente de nuestros recursos naturales”. Terminas de decir eso y ya sabes que has perdido tu tiempo. El despabilado de turno te va a mirar fijo (miran fijo, sin dudar) y se va a mandar ésta (quinta señal): "Papá, si hasta los organismos internacionales nos elogian. Estamos mejor que nunca”. Pucha, no importa que otros organismos internacionales como Doing Business, Frazer (indicadores de minería), Transparencia Internacional, Freedom House, Transparencia Legislativa y un largo etcétera nos pongan entre los últimos de América Latina. Esos indicadores internacionales no valen. ¡Andate!
 
6. Estás ya angustiado, aunque haces un último intento desviando la conversación al presente: "Bro, y ahora que han perdido en el 21-F, ¿qué van a hacer?”. Respuesta del pío interlocutor (sexta señal). "Nos ha jodido la guerra sucia de la oposición, muy sucios, por eso han ganado”. Claro, ya aquí sabes que la media hora de charla se fue al caño. Nada nuevo, nada de nada. No se enteró nunca, esta despejada mente, que la gente votó cabreada por la corrupción y la mentira. Para qué hablar. 
 
7. Ya te estás yendo y oyes al genio, negando a entrarse a su lámpara, mirarte más de frente que nunca, sonreírte triunfante ("¿ve que era así?”) y decirte (séptima señal, sagrada a estas alturas de la charla): "¿Ves? Volvió el neoliberalismo con Macri, por eso es mejor Evo”. No importan años de ineptitud kirchnerista, toda la mierda se la lleva Macri para regocijo de estos bravíos luchadores, ni importa que nuestra situación política sea otra. No, a estas alturas, sabes ya que con este perspicaz, no debes ni tomarte un café, a no ser que sea para hablar de fútbol.

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