Política Internacional

El drama de los refugiados

Esta crisis pone en evidencia la falta de valores comunes con los principios declarados de la UE, especialmente de parte de sus afiliados más recientes.
domingo, 24 de abril de 2016 · 00:00
Renata Hofmann
socióloga
 
Desde fines de 2013 se desató una ola de refugiados que tan sólo se compara con la que causó la Segunda Guerra Mundial. En 2015, fueron 1,3 millones de refugiados que pidieron asilo en Europa, la mitad de ellos de origen sirio. En ese mismo año se estima que más de 3.700 personas perdieron la vida en el intento de llegar a Europa. La foto del Aylan Kurdi, el niño sirio que en septiembre murió al hundirse la barcaza que debía llevarlo de Turquía a Grecia, se volvió símbolo de la lucha despiadada de los refugiados por escapar de la guerra y encontrar un lugar más seguro para vivir. Las imágenes más recientes de refugiados desesperados, detenidos en los países balcánicos por alambres de púa y ejércitos, acrecentó más aún la consternación en Europa y a nivel mundial.

La Comisión Europea estima que entre 2016 y 2017 llegarán otros tres millones de refugiados a Europa. Con el cierre de la ruta balcánica se supone que se volverá a intensificar la travesía del mar Mediterráneo desde las costas del Norte de África, pese a su extrema peligrosidad.
 
El drama de los refugiados pone a Europa ante un desafío difícil de resolver. Su enorme flujo no sólo plantea problemas logísticos y financieros, también pone en evidencia la falta de una política común entre los países miembros de la Unión Europea (UE). No se ponen de acuerdo sobre un mecanismo que garantice una distribución equitativa de refugiados e incluso se infringe en algunos casos el acuerdo de Schengen que prohíbe controles de fronteras dentro de la UE , salvo situaciones de excepción y con un máximo de seis meses. La decisión de Eslovenia de marzo 2016 de cerrar la frontera para todos los refugiados e inmigrantes sin visa válida, creó una reacción en cadena en Croacia, Macedonia y Serbia, para evitar cualquier obligación en caso que estos se queden atascados en su territorio. La declaración de Viktor Orbán,  jefe del Gobierno de Hungría,  en contra de la aceptación de refugiados musulmanes  ("la herencia cristiana está en peligro”) pone en evidencia la falta de valores comunes con los principios declarados de la UE, especialmente de parte de sus afiliados más recientes que provienen del exbloque soviético.
 
Dentro de la crisis de refugiados le tocó un rol particular a Alemania, no solo por ser el país que más refugiados recibió sino también por la defensa que su jefa de Gobierno, Angela Merkel, hizo por el principio de solidaridad con los refugiados. Sin embargo, terminó imponiéndose la necesidad de un consenso aceptable para la política interna y una población crecientemente hostil ante la llegada masiva de refugiados, así como  con los miembros de la UE. 
 
El  resultado de las negociaciones es un acuerdo entre la UE y Turquía que prevé que esta recibe de vuelta los refugiados que llegaron de forma irregular a Grecia. A cambio, la UE  se compromete a recibir   a los refugiados sirios provenientes de Turquía. El acuerdo incluye una serie de otros compromisos: el pago de 6.000 millones de euros hasta  2018, la liberación de la obligación de visa para los ciudadanos turcos y la agilización de la negociación de una membresía de Turquía. 
 
Este acuerdo fue fuertemente criticado por el grado de concesiones que la UE debe hacer a Turquía. La falta de precisión de un tope de refugiados sirios que la UE aceptará, la inexistencia de un acuerdo interno de cómo estos refugiados sirios serán repartidos entre los países miembros, así como la incógnita sobre el destino de los refugiados no sirios rechazados (de Afganistán, Pakistán y de países africanos) son elementos adicionales para suponer que el acuerdo con Turquía no logrará resolver la crisis de refugiados.
 
Se estima que entre el año 2000 y la actualidad murieron aproximadamente 30.000 personas, porque las balsas se hundieron, por inanición, frío, campos minados o por asfixia en los camiones de los contrabandistas. Los relatos de mujeres violadas, niños secuestrados y personas asesinadas, sea para quitarles sus pertenencias o porque no lograron juntar el dinero acordado, son testimonios cotidianos de la deshumanización.
 
Para las mafias de tráfico de personas, tanto refugiados como inmigrantes, el negocio con su desesperación es altamente lucrativo. Para pasar de Turquía a Europa central por la ruta de los Balcanes, se paga hasta 5.000 dólares. El cierre de esta ruta reavivó el negocio en Libia y algunos otros países de África del Norte. Estimaciones de febrero 2016 calculan que unos 200 mil  refugiados se encuentran ya en Libia, esperando una mejora del clima para iniciar la travesía a Europa. La mayoría de estos refugiados provienen de Eritrea, Nigeria y Somalia, pero también crece la cantidad de refugiados sirios. 
 
El caos que reina en Libia imposibilita prácticamente retener este negocio criminal con los refugiados. La pérdida de lanchas se resuelve con balsas, botes inflables y viejos barcos pesqueros que no ofrecen un mínimo de seguridad para los refugiados. El trabajo de rescate de víctimas, tanto como de los cuerpos de aquellos que no sobreviven la travesía, por parte de la guardia italiana y también ONG europeas, no afectan el negocio de estas mafias inescrupulosas. 
 
Los intentos de informar y alertar en los países de origen y en Libia sobre los peligros que el trato con estas mafias implica, no tienen mucho éxito, ya que muchos de sus "clientes” se endeudaron o recibieron el aporte de la familia para buscar trabajo en Europa y no tienen la posibilidad de volver. 
 
El fracaso en la lucha contra las mafias de tráfico de personas demuestra que no hay solución mientras la desesperación de los refugiados por las guerras o la falta de perspectivas económicas no se resuelva en los países de origen.
 
Esta realidad no libera a la UE, ni a ningún otro país, de la obligación legal y moral de apoyar a refugiados, pero al mismo tiempo muestra que en el mundo globalizado actual no hay soluciones sin un orden económico más equitativo que, entre otras cosas, también implique controles eficaces al lucrativo negocio de armas.

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