Ensayo

¡Que Dios nos libre de los santos!

El autor retrata a algunas de las figuras (santas) de la Iglesia Católica. Con todo y sus contradicciones...
domingo, 3 de abril de 2016 · 00:00
Luis González Quintanilla
periodista
 
El célebre encuentro del humilde indio chichimeca Juan Diego con la historia y con la Virgen María ocurrió en 1531. Sin embargo, durante más de cuatro siglos la Santa Madre Iglesia Católica Apostólica y Romana, "depositaria de la única fe verdadera”, no valoró su importancia mística ni  su sustancial aporte a las creencias religiosas del pueblo mexicano. El encuentro de Juan Diego con la Virgen Morena ocurrió en el cerro de Tepayac, lugar donde le transmitió el deseo divino de que allí debiera erigirse la Basílica de Guadalupe. Tal fue la impronta de esa  aparición  para los  mexicanos, que nada pudo cambiar su devoción por la Virgen. Ni la élite del Virreinato, entre la cual un santo indígena no era ciertamente popular; ni siquiera, más tarde,  el poder revolucionario que se topó cruentamente con la Iglesia;  ni el sangriento levantamiento  de los cristeros, en contra de la Constitución laica y la expropiación de los bienes eclesiásticos, allá por 1927. Los mexicanos permanecieron tan devotos a su patrona que,  haciendo  abstracción de la ideología, la política y hasta del credo que profesan, es común oír decir: "Soy ateo guadalupano”.

Hay que recalcar que el acontecimiento de la aparición no fue cosa de niños, como el caso de los pastorcitos de Fátima. Ocurrió cuando Juan Diego era un hombre mayor.  Sin embargo, el reconocimiento de la condición santa del protagonista no llegó sino 421 años después. A pesar de las valiosas certificaciones anotadas  ya por los frailes cronistas de la época y de las influencias celestiales que se supone Juan Diego debía tener,  su beatificación ocurrió sólo en 1990 y el papa Juan Pablo II  determinó su acceso a la calidad de santo el año 2002 .
 
La larga marcha del mexicano a los altares tiene varias explicaciones. Algunas hacen responsables del entuerto a la discriminación contra los pueblos indígenas promovida por los distintos imperialismos. Otras culpan al subdesarrollo, cuyos atrasos en el manejo de la promoción y marketing son harto conocidos.

El marqués de Peralta 
 
Esta última razón podría también explicar otras canonizaciones de tipo  exprés. Como la de Josemaría Escrivá de Balaguer, el santo fundador de la influyente orden del Opus Dei, también decretada por el Papa polaco. 
 
La santificación de El Padre, que así lo llamaban sus acólitos, se produjo en 2002, a sólo 27 años de su muerte. San Josemaría fundó y desarrolló la todopoderosa Orden, con acciones más bien controversiales.  Cantidades de tinta se han gastado a favor y en contra de esta institución, cuya expansión se produjo después de la guerra civil española, de la mano del régimen franquista. Hijos de la propia Iglesia, entre ellos conocidos teólogos, investigadores  y multitud de exmiembros de la Orden, la describen como ultraconservadora, autoritaria, pletórica de sectarismo, de comportamiento secretista y machista. Sus militantes son habitualmente gente de fortuna y de poder. La perversa dictadura del generalísimo Franco fue servida lealmente por destacados  miembros del Opus en una etapa importante del régimen. Durante este periodo, El Padre fundador cayó en la terrenal tentación de convertirse en noble: obtuvo el marquesado de Peralta, distinción muy cuestionada. Los opositores a su canonización dejaron también establecido que entre los  pecadillos de El Padre no sólo se destacaba su gusto por los oropeles, sino que  sus explosiones temperamentales e incluso sus accesos de ira eran elementos destacados de su personalidad.  
 
Pero Josemaría supo trabajar al lado del poder del César. Se conoce que para las cuestiones de la santificación no hacen falta tanto milagros probados, como amigos fieles en la Curia vaticana. Así explican los polemistas el acelerado ascenso de Escrivá al santoral católico.
 
¡Cuidado, que vienen más!
 
Portavoces autorizados de la Santa Sede han anunciado que en septiembre próximo será canonizada,  a golpe de atajos, la madre  Teresa de Calcuta, hoy beata.  Nació ella en 1910, en la actual Macedonia, y se dedicó desde muy joven a servir al Señor. No obstante,  encontró su verdadero camino cuando se afincó en la vieja Calcuta, una de las ciudades más pobres y superpobladas de la India. Allí comenzó su andadura  para fundar la orden de las Misioneras de la Caridad,  y sus misiones al momento de su muerte superaron el medio millar en más de 100 países.
 
Investigaciones de toda índole, médicas, periodísticas, asociaciones de  voluntariado y  organizaciones internacionales afirman que el afán de la madre Teresa era establecer lugares en los que los pobres y enfermos alcanzasen la muerte, confortados exclusivamente con los auxilios espirituales de la santa religión. Los acogidos no recibían atención médica, "ni siquiera la común aspirina”. El tratamiento más común eran las conversiones forzadas, que incluían el bautismo para los moribundos. La madre Teresita  era muy franca: comentaba con quien quisiese oírla los  principios de su institución: "Hay algo bello en ver cómo los pobres aceptan su suerte de sufrir como en la pasión de Cristo. El mundo gana mucho de su sufrimiento”. Algo muy ortodoxo: padecer en este mundo para ganar la gloria eterna en el otro.  
 
La decisión de la madre Teresa de levantar en el mundo de los pobres "moritorios” en vez de hospitales se explica por esos principios y no por falta de financiamiento. Tuvo muchos y poderosos donantes, de quienes además recibía honores, como los del dictador albanés Enver  Hohxa, o los del célebre haitiano François Duvalier, conocido como Papa Doc. El  competente marketing que apoyó las  tareas de la  monjita la llevó a ser distinguida con  el Premio Nobel de la Paz. Aunque eso no es contundente certificado de amor por la armonía universal. También Henry Kissinger lo obtuvo, a la vuelta nomás de los feroces bombardeos con material incendiario (napalm) con que rociaba lleno de singular entusiasmo  a la población vietnamita en los años 70. 
 
Este cronista reconoce que el tema de estos papeles es harto polémico y la cuestión va de preferencias. Porque en materia de santos hay otros para elegir, dedicados a hacer de este mundo un lugar más amable, como los misioneros, curas, monjas, médicos y enfermeras laicos que murieron por salvar vidas en la última epidemia de évola en varios países de África, por ejemplo.

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