Reseña

Vargas Llosa merodea en cinco esquinas fujimoristas

En pocos días las librerías bolivianas estarán atestadas de la novela Cinco esquinas, de Vargas Llosa. La autora adelanta una reseña sobre la trama.
domingo, 3 de abril de 2016 · 00:00
Daniela Murialdo L.
abogada
 
Si mañana se incendiaran todas las revistas culturales y los periódicos que como éste publican reseñas literarias, la gente seguiría leyendo a Mario Vargas Llosa.  Sus lectores no necesitan otras voces que los guíen. Su fe en ese Nobel es firme.

Así, los vargallosianos leerán su última novela Cinco esquinas sin esperar ninguna interpelación adicional a las que -de modo sencillo y coloquial- intenta el autor en esta su reciente obra.  En un texto sin gran vuelo, Vargas Llosa logra novelar una historia infausta, como tantas que sufrió   Perú en la década de  los años 90, no sólo por la niebla tétrica bajo la que Sendero Luminoso y el MRTA mantenían a los peruanos, sino por la presencia de actores de similar calibre terrorista, como Vladimiro Montesinos, el  Doctor  -la "eminencia gris” del gobierno de Alberto Fujimori-. Ese personaje en la novela ciertamente me hizo extrañar a Mario Puzo y asociarlo a algún personaje de la política local, de vocabulario perpetuamente amenazador y de interminables sinónimos.
 
Pese a que según su creador no nació como thriller, la novela Cinco esquinas es un policial. Se sitúa en dos ambientes que, a quien no sabe de las brechas sociales latinoamericanas, la descripción podría parecerle un mero tópico.  Comienza en uno de los barrios más ricos de Lima en el que dos mujeres, Marisa y Chabela -una, esposa de un exitoso empresario minero y la otra, de su reconocido abogado-, viven un episodio lésbico inquietante para ellas, que asoma como la develación de una transformación de la "moral sexual” limeña, relatado por el escritor de modo explícito como lo hiciera en su novela previa Travesuras de la niña mala, y que envuelve de erotismo el texto hasta el final. No como Jaime Bayly, eso no.
 
Pero esta novela se centra en un barrio marginal (otrora bohemio) de la capital peruana (donde se encuentran las emblemáticas Cinco esquinas) en el que confluyen los periodistas de un periódico amarillista al servicio del fujimorismo cuyo director chantajea, bajo las instrucciones del Doctor, a hombres fastidiosos al régimen (aunque en una ocasión fatal el director falla en esas instrucciones); un tugurio que soplones de la Policía frecuentan buscando cervezas e información y cuyo escenario próximo servirá en algún momento de coartada al Servicio de Inteligencia Nacional; y algún personaje cuya mediocridad y extravío le  sirven al autor para usarlo como chivo expiatorio del suspenso de esta novela negra.
 
Por instantes los diálogos, sobre todo entre las parejas, el empresario (uno de los chantajeados) y Marisa, y el abogado y Chabela, se vuelven anacrónicos e impensables por su extrema corrección. Y las descripciones estéticas de ciertos lugares o de las mismas mujeres protagonistas, muy frívolas ellas, son algo obvias. Y es de la lectura de estos relatos poco trabajados que me pregunto qué hubiera sucedido si, como lo hizo sin suerte la afamada J.K. Rowling, Mario Vargas Llosa hubiese enviado esta novela bajo algún seudónimo a una editorial que no fuera su propia casa.  
 
El libro tiene un capítulo arrítmico muy bien logrado en el que el autor nos devuelve a un juego como el de un pasaje de Rayuela de Cortázar;  conversaciones intercaladas entre personajes que no se entrecruzan nunca, y que obligan incluso a releer la primera línea de algún párrafo que parece la continuación del anterior, pero que pertenece a otro parlamento. Aunque el libro mantiene una cadencia que permite su lectura en tres sentadas, este capítulo es el que más se disfruta.
 
Es notorio el traslado que hace Vargas Llosa de sus conocidas filias y aversiones políticas a la propia narración.
 
Un relator que nos recuerda algunos actos gansteriles de "su” odiada era fujimorista, en la que "aunque Fujimori era el Presidente, era el Doctor quien hacía y deshacía”. Y un personaje que atrapa la voz de Vargas Llosa para opinar que a pesar de los ataques feroces que recibía el nuevo Presidente, el cholo Toledo lo estaba haciendo bastante bien.
 
Casi al final, la historia pierde valor literario. El escritor se vuelve un artista utilitario y usa uno de los capítulos para hacer algo de activismo político y graficar lo que adelanta en la contratapa: "La dictadura de Fujimori utilizó el periodismo de escándalo como un arma política para desprestigiar y aniquilar moralmente a todos sus adversarios”.
 
Terminé el libro y corrí a Google. La historia principal de esta obra -la política-, cuyo desenlace callo, está ligada a un hecho que, por abominable que parezca, sucedió en esos años fujimoristas llenos de episodios que, por lo visto estos días pre-electorales, no todos los peruanos han querido olvidar.
 
En pocos días las librerías bolivianas estarán atestadas de la novela Cinco esquinas. Si está pensando hacer una pausa de alguna lectura pesada, tome un ejemplar de ella. No le garantizo que luego de leer sus 315 páginas será usted una persona transformada, pero casi puedo asegurarle que sentirá que no ha perdido el tiempo.

 

 


   

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