Polémica

La reducida visión de las discapacidades

Hay bastantes leyes y acciones afirmativas que debemos utilizar y ejercer para demostrar que hay peores discapacidades que las nuestras
domingo, 01 de mayo de 2016 · 00:00
Pedro Pachaguaya
antropólogo y secretario académico de la Asociación Departamental de Antropólogos de La Paz
 
A mis hermanos de la marcha: cuando era niño, mis amigos cariñosamente me nombraron  El Cojito, ese nombre marcaría para siempre mi vida, me di cuenta que estaba en un mundo desigual y diferente; un mundo donde la sociedad  impone estigmas.

No es fácil hablar de este tema,  pero es urgente admitir y denunciar las violencias encubiertas y tratar de ubicarme, o como se dice en antropología, autoubicarme para tener una mirada más social y humana sobre la discapacidad. A riesgo de recibir críticas, tengo que hablar sobre los últimos conflictos sociales que me tocan y afectan como sujeto y actor. 
 
Si hay un grupo de personas que sufrió y sufre la discriminación a lo largo de la historia son los discapacitados, conocer la historia de estas personas es desentrañar uno de los aspectos más negados, invisibilizados y oscuros de la humanidad. En casi todas las culturas nos trataron como objetos de aversión y deshumanizacion. Por ejemplo, en Esparta, cuando nacían niños "defectuosos” se deshacían de nosotros porque no estábamos aptos para vivir en esa sociedad que brindaba un culto a la guerra. Los pobres niños, ni bien nacían, eran muertos de manera cruel y despiadada. Posteriormente, en la vieja Roma, la situación se agravó más: a los niños que nacían con alguna diferencia física los padres los desconocían y se avergonzaban de ellos. Para colmo, los regalaban a personas siniestras que los lastimaban aún más cortándoles las piernas o los brazos para que pidan limosna en las calles.
 
Si nos explotaron, con la llegada del cristianismo, la cosa no cambio; los niños diferentes eran relacionados con lo maligno y lo satánico, por lo cual había que alejarse de ellos porque seguramente estaban pagando un pecado o peor aún eran demonios que ocasionaban desgracias a la gente. 
 
Al parecer pocas culturas nos trataron de manera benevolente, entre ellos están los Indios Pies Negros de Norteamérica, que cuidaban y daban una vida digna a sus niños diferentes; o los Nukac Maku de Colombia, que por lo menos los dejaban en las ciudades para que las personas los recojan y de esta manera garantizarles una vida que ellos no podían dar debido a la forma de vida itinerante que poseían. 
 
Tal vez en la mitología andina podríamos pensar en el Ekeko, un ser divino... Cuando ponemos atención a la forma en que es descrito, nos damos cuenta que es discapacitado con "joroba, enano y no camina bien”. 
Irónicamente en los Andes es el dios de la abundancia y la fertilidad, este divino no tiene nada que ver con la pobreza, la mendicidad y las desgracias, pero nuestra sociedad perdió esos valores, por lo tanto, nos empezaron a invisibilizar y tratar miserablemente. 
 
Asimismo, podríamos hablar de la leyenda de Auquilino, un príncipe hijo de reyes incas que era jorobado y no podía caminar bien, por eso sus padres lo protegían y no lo mostraban a la sociedad. La leyenda cuenta que en las noches  varios duendes venían a jugar y bailar con él, y él tratando de imitarlos, se ponía a bailar agachado y con su bastón. Por eso que existe la danza de los auqui auqui, aunque la sociedad relaciona esta danza solamente con los ancianos. Sin embargo,  esta leyenda nos muestra muchas cosas sobre la visión de la discapacidad en las culturas andinas.
 
En la actualidad casi nunca se habla de nosotros y cuando se habla es para que la gente sienta pena por nuestra condición o peor aún para que nos imaginen como personas con un corazón noble, que no hacemos daño a nadie. Pero volvamos a nuestro caso, con el advenimiento de la modernidad y la industrialización nos relegaron aún más, según el imaginario dominante no servimos para esta forma de vida "moderna” y seleccionadora de "buenos físicos”.
 
Para este discurso no somos aptos para el trabajo y menos aún cumplimos con el canon de perfección y belleza legítimamente reconocida, para eso no servimos, es decir el capitalismo es clave para entender esta exclusión. 
 
Ahora bien, en Bolivia existe un canon que mide el grado de discapacidad utilizando parámetros físicos y cerebrales, es decir según esos cánones yo tendría un 15% de discapacidad, una persona en silla de ruedas un 50%, una persona con dificultades cerebrales y físicas tal vez 100%. Deberíamos preguntarnos ¿por qué siempre medimos la discapacidad utilizando parámetros físicos y cerebrales? Es decir, ¿cuando una persona no quiere dialogar, cuando una persona se imagina lo peor de nosotros, no será esta también  algún tipo de discapacidad que no consideramos?
 
En este contexto mis hermanos discapacitados valientemente marcharon desde Cochabamba a La Paz tratando de hacer escuchar sus demandas, visibilizándose ante una sociedad que los anula.
 
Creo que en esta marcha se descubrió otro tipo de discapacidad, más grave y perjudicial que todas juntas: la discapacidad social, o tal vez la podríamos llamar discapacidad humana.
 
Esta  es una de las peores discapacidades, ya que anula y destruye a los diferentes, impone un tipo de verdad y un tipo de canon social que  no permite la convivencia a base del respeto.
 
Yo me pregunto: ¿qué grado de discapacidad tendría el Ministro de Economía, la Ministra de Comunicación o la Ministra de Salud? Valga un poco de sarcasmo, apuesto que estos personajes son discapacitados para la función social y humana que les toca cumplir, por lo tanto, es comprensible su actuar. 
 
Ya no estamos en el viejo occidentalismo ni el oscurantismo medieval, pero sí estamos en una sociedad moderna capitalista, que nos excluye y desecha, la lucha por el respeto a la diferencia y la dignidad debe continuar. Hay bastantes leyes y acciones afirmativas, debemos utilizar y  ejercer para  demostrar que hay peores discapacidades que las nuestras.

Confidencial

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