Matasuegra

Dinamitas mineras

A lo largo de nuestra historia se registra una serie de consecuencias sangrientas como resultado del mal uso de las dinamitas mineras.
domingo, 15 de mayo de 2016 · 00:00
Willy Camacho
escritor
 
Desde un palco que mal podría llamarse "privilegiado”, vi pasar el cuerpo de Héctor Choque, cargado por sus compañeros en una frazada ensangrentada, rumbo a la asistencia pública, donde, dada la gravedad de sus heridas, fallecería poco tiempo después.

En ese entonces, yo trabajaba en el segundo piso de un edificio ubicado en plena esquina Camacho y Bueno, y aunque ya estaba algo acostumbrado a los continuos conflictos callejeros que alteraban la rutina (o que quizá ya eran parte de la rutina), el ocurrido el martes 18 de septiembre de 2012 no fue uno más. Ese día se enfrentaron mineros asalariados y cooperativistas en pleno paseo de El Prado; los primeros defendían la sede de la Federación de Trabajadores Mineros,  y los segundos la atacaban con dinamitazos.
 
Héctor pertenecía a los asalariados, y fue la única víctima fatal de esa jornada de furia. Claro que también hubo heridos de ambos bandos, sin contar los daños materiales en inmuebles aledaños, ni el terror de muchos transeúntes inocentes, especialmente de niños y niñas, que nada tenían que ver con las rencillas de los mineros.
 
Ocho años antes, las dinamitas mineras también habían causado duelo en La Paz, el mismo día en que la Selección boliviana de fútbol perdió de local ante el seleccionado chileno. Carlos Mesa era presidente interino de Bolivia y Nelson Acosta era entrenador de la Verde. Recuerdo que el estadio enmudeció tras el segundo gol chileno; estábamos seguros de que no podríamos ganar el partido.
 
"Fuera Acosta”, comenzaron a gritar los hinchas, expresando su enfado con el DT, hasta que alguno gritó "Fuera Mesa” y el griterío se trasladó a las arenas políticas: "Goni asesino”, "Mesa traidor”, "El Alto de pie, nunca de rodillas”. Al presidente no le habrían caído muy bien tales (in)directas si hubiese estado en el Siles, pero su asiento en el palco se hallaba vacío porque, justo cuando se aprestaba a salir del palacio para ocuparlo, una explosión hizo que sus guardaespaldas lo evacuaran para preservar su excelentísima seguridad.
 
Aunque las radios habían informado algo, en el estadio nadie le había dado mayor importancia a la noticia: don Eustaquio Picachuri, un exminero que reclamaba la devolución de sus aportes (efectuados durante 15 años de trabajo) a la Comibol, había detonado ocho dinamitas en la recepción del edificio anexo al Palacio Legislativo.
 
Murieron don Eustaquio y dos policías. El hecho trágico había ocurrido antes del inicio del partido, pero nada podía distraernos, a quienes ya estábamos en las tribunas del Siles, de la jornada de gloria deportiva que esperábamos vivir.
 
Protagonistas y contextos distintos, pero relacionados por un mismo elemento: la dinamita. Las muertes de Héctor Choque y Eustaquio Picachuri son apenas dos ejemplos del peligro que conllevan estos explosivos. A lo largo de nuestra reciente historia se registran decesos, mutilaciones, heridas graves... en fin, una serie de consecuencias sangrientas como resultado del mal uso de las dinamitas mineras. 
 
El caso de don Eustaquio me impactó particularmente, porque, aunque su intención original fue sólo presionar a las autoridades para que atiendan sus demandas, al final algo salió mal y las dinamitas cobraron tres vidas, mientras el resto de la ciudadanía centraba su atención en un partido de fútbol. La muerte de Choque fue más mediática, digamos, ya que el enfrentamiento entre asalariados y cooperativistas fue cubierto por diversos medios de prensa, de modo que inmediatamente la opinión pública condenó el hecho y reclamó al Gobierno que hiciese algo para evitar que sucesos similares se repitiesen en el futuro.
 
Así, el 26 de septiembre de 2012, el presidente Morales aprobó el Decreto Supremo 1359, en el que se establecía la pena de cárcel (de uno a cuatro años) para aquellas personas que fuesen sorprendidas en tenencia y uso de explosivos durante movilizaciones callejeras. La ciudadanía aplaudió la medida, pero, inexplicablemente, los mineros la rechazaron, pese a que -ya lejos de las dictaduras militares y sepultado el neoliberalismo por el proceso de cambio- las dinamitas sólo habían servido para causar luto entre la familia minera.
 
De hecho, pocos días después, se realizó un ampliado de la COB, en el que se determinó desobedecer el DS 1359, según informó Juan Carlos Trujillo, secretario ejecutivo de esa organización. "Nadie nunca ha valorado el papel importante que han jugado los compañeros mineros con el uso de la dinamita en varias movilizaciones; es la dinamita la que ha llevado a Morales a ser Presidente de Bolivia, y ahora nos quieren coartar del único medio que tenemos nosotros para luchar por la clase obrera”, declaró Trujillo en aquella ocasión.
 
En esa época, don Evo no creía que las dinamitas lo hubiesen llevado a la presidencia, ni tampoco lo cree ahora; sin embargo, luego de su derrota en el referendo de febrero, seguramente piensa que las dinamitas podrían mantenerlo en el poder.
 
Varios representantes del MAS han declarado que aún no se han cerrado las puertas a una postulación del binomio oficialista en las elecciones de 2019, insinuando que podrían buscar alternativas para vulnerar la voluntad del pueblo, expresada democráticamente en las urnas. Si eso se llegara a concretar, con toda seguridad se generaría un ambiente de confrontación en el país, pues quienes votaron por el No,  se movilizarían exigiendo que se respete la democracia. Entonces, las dinamitas mineras serían útiles para mantener a raya a esos indignados, cuyas vidas no valen igual que las de los aliados del régimen masista.   
 
Basta recordar la facilidad con la que el vicepresidente García Linera  dijo a alumnos de una escuela en Porco, Potosí, que "si alguien de aquí a 10 años quiere venir a quitar el petróleo, la electricidad, pónganse sus cartuchos de dinamita y vayan a botarlos a patadas”. En vez de recomendar la lucha democrática, el debate pacífico, el intercambio de ideas, don Álvaro siembra la semilla de la violencia en la tierna mentalidad de los niños. Y ahora, don Evo abona el terreno, aprobando un decreto que permite el uso de dinamita en manifestaciones.
 
Si los mineros matan a  mineros con dinamita, ¿qué podrán hacer contra quienes consideren sus enemigos? Evo Morales y García Linera saben muy bien la respuesta, pero nada les importa con tal de mantenerse en el poder.

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