Brasil

La transición, la tragedia y la samba

Se trata de que Dilma pague las culpas de una legión de corruptos, incluyendo notoriamente a sus propios acusadores, afirma Guevara.
domingo, 15 de mayo de 2016 · 00:00
Walter Guevara Anaya
consultor en temas democráticos
 
El actual juicio de responsabilidades contra Dilma Rousseff es constitucional y de final cantado. También es un exorcismo del Congreso que intenta aplacar la indignación popular por la ola de corrupción que afecta a la clase política y la clase empresarial brasileña. Se trata de que Dilma pague las culpas de una legión de corruptos, incluyendo notoriamente a sus propios acusadores.

Se acusa a Rousseff de retocar el presupuesto de la nación poco antes de su re-elección para que su gestión luzca mejor ante el electorado. Es una jugarreta que goza de tolerancia porque está en manos de contadores, no de la Presidenta. La responsabilidad de Dilma por esta manipulación solamente puede consistir en no haber sabido lo que hacían sus contadores o en haber dado luz verde a la operación. Tiene sentido que el Congreso la
enjuicie mediante un proceso político por una presunta falta política.  
 
Queda un elemento de suspenso.  Hasta el momento la Fiscalía no ha acusado a Dilma de ninguna responsabilidad cuando dirigía la gigantesca empresa Petrobras. A la sombra de su dirección se cometieron actos de corrupción dignos de ser descritos como "los más grandes del mundo entero”. Aun si no se encuentran pruebas de responsabilidad penal ni administrativa durante esa larga gestión, sobran indicios de responsabilidad ejecutiva. No es posible que una directora de la talla y autoridad de Dilma no hubiera detectado a los elefantes que desfilaban ante su oficina, así estuvieran disfrazados de madrecitas Teresa de Jesús. 
 
El hecho fundamental de la crisis brasileña es que la corrupción no es parte del sistema, es el sistema mismo.
 
Arrancar este tumor maligno de las entrañas de la sociedad brasileña es el gran reto que enfrenta nuestro gigantesco y gentil vecino. La cirugía puede ser exitosa, pero el paciente corre el riesgo de morir sobre la mesa de operaciones. Pasó el tiempo de las reformas graduales. Hoy se trata de sustituir un entramado político y un estilo de gobierno que son corruptos hasta la médula.
 
El 17 de julio de 1980, día del golpe de García Mesa y Arce Gómez, Brasil me brindó protección con enorme generosidad y amistad. Algún día contaré los detalles de mi asilo en su embajada en La Paz, concedido por el inolvidable embajador Affonso Arinos de Melo Franco. Gracias a él, hace 36 años aterricé como exilado en un Brasil al borde de la primera transición democrática.
 
El Brasil democrático de hoy necesita una segunda transición pactada hacia un nuevo sistema político que privilegie la transparencia. Lo que complica esta tarea es que está en manos de los actores tradicionales. Todos los de la línea de sucesión presidencial están siendo investigados. El presidente de la Cámara Baja, Eduardo Cunha, ya fue destituido por corrupto.
 
La alternativa sensata es ir a unas elecciones adelantadas. Lo triste de esta solución es que los candidatos que se presenten a esas elecciones serán en su gran mayoría los mismos miembros de la clase corrupta. Incluso si un candidato honesto es elegido presidente, es poco lo que podrá hacer. Dada la fragmentación del sistema político, lo más probable es que se reproduzca el actual presidencialismo de coalición basado en el reparto descarado de prebendas.
 
Es una crisis que se agrava por la convergencia de tres factores.   En primer lugar está la crisis desencadenada por las investigaciones de la Fiscalía y los procesos en los tribunales. La clase política ha quedado radiografiada en toda su escualidez y avaricia. El que la izquierda sea parte prominente de la foto es muy doloroso para un pueblo que se benefició con los programas redistributivos de Lula, que creyó en su discurso socialista del siglo XXI  y en la sinceridad de los ataques contra la corrupción de la era neo-liberal.  
 
Ante estas revelaciones el "presidencialismo de coalición” hizo aguas, abriendo las puertas de una crisis institucional. Facciones políticas de izquierda y de derecha por igual se reparten prebendas a cambio de brindar apoyo a una figura presidencial de cualquier color político. El ciudadano de a pie no está dispuesto a tolerar que este sistema turbio sea el fundamento de la gobernabilidad del país.
 
La destitución de Dilma no acabará con este sistema. Tampoco lo hará la justicia cuando atrape a sus sucesores.
 
La convocatoria a nuevas elecciones no hará más que renovar el sistema corrupto. Estos cambios no garantizarán una transición genuina hacia un nuevo orden en el que existan mínimos sistemas de control de la corrupción, tales como una real división e independencia de poderes y una fiscalización efectiva de la gestión de gobierno. La inmensa mayoría de los brasileños exige controles que garanticen la transparencia en la gestión de gobierno.
 
 A la crisis judicial que destapó un ejército de corruptos del más alto nivel y a la crisis institucional que hundió al sistema del presidencialismo de coalición se suma, en tercer lugar, la mayor crisis económica que haya vivido el Brasil en muchas décadas.  El nudo del problema económico reside en que nadie está a cargo de la economía.
 
Una crisis económica incontrolada puede convertir en tragedia los efectos de por sí sumamente graves de la crisis político-institucional y la crisis judicial.
 
Desde el altiplano boliviano, que vive sus propias tempestades, no se avizoran actores de gran talla ni medidas de emergencia capaces de enfrentar exitosamente la conjunción de las tres gigantescas crisis que amenazan con engullirse al Brasil, país vecino y hermano que parecía ser el líder de América Latina, protagonista del nuevo grupo de actores internacionales conocido como BRICS.
 
Si lo único que cambia cuando Brasil salga de semejantes crisis son las moscas, los brasileños podrán encontrar consuelo en su excepcional espíritu artístico y su gran sentido del humor. Como dijo un conocedor de esa realidad: "en el Brasil todo termina en samba”. Preferir la música y la danza a la tragedia es señal de una civilización superior.

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