Reseña

Política, ficción y ética. Una relación

Esta obra ha concitado mi interés por tres motivos que no son estrictamente literarios, señala H.C.F. Mansilla.
domingo, 8 de mayo de 2016 · 00:00
H. C. F. Mansilla
filósofo
 
El conocido politólogo Diego Ayo Saucedo ha ingresado al campo de la ficción. Este paso entraña algunos riesgos, como el diletantismo, pero también algunos frutos provechosos, como el posible enriquecimiento de la literatura boliviana contemporánea, signada por la trivialidad temática y la repetición estilística. Su novela En la cumbre (La Paz: Editorial 3600, 2015) es, sin duda, un buen comienzo. Esta obra ha concitado mi interés por tres motivos que no son estrictamente literarios: el campo de la ética pública, la descripción de la cultura popular y la constelación de la pareja juvenil en tiempos actuales. Creo que en el tratamiento de estos asuntos se halla el fuerte del autor, quien debería perseverar en estas labores. La pérdida de la moral en asuntos políticos no es algo tan moderno y aceptable como se supone leyendo superficialmente a Maquiavelo; la novela de Ayo nos muestra qué es lo que ocurre cuando la política cotidiana pierde efectivamente la dimensión de la ética y cuando sólo queda la propaganda oficial en torno a la presunta reserva moral de la humanidad. El Estado se transforma entonces en una "gigantesca piscina de empleos” para aquellos que no saben nadar. El resultado final es, como afirma el autor, la "democratización de la estulticia”. A esto no hay mucho que agregar.
 
Diego Ayo ha sido influido probablemente por novelistas como Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y Edmundo Paz Soldán, pero también por pensadores como Max Weber y políticos como Gandhi y Mandela. En la cumbre puede ser comprendida como una versión boliviana y actualizada de La Granja de los animales, la gran sátira antiutopista de George Orwell, el autor de la famosa obra 1984. Con las reservas del caso se podría aseverar que el libro de Ayo pertenece parcialmente a esta corriente literaria -tan escasamente representada en Bolivia-, que se dedica a cuestionar los lugares comunes de la sociedad respectiva y, sobre todo, las ilusiones de los estratos juveniles. 
 
Nuestro autor critica de manera graciosa la "plácida arrogancia” que exhiben aquellos que hablan en nombre de los indígenas, los desposeídos y los explotados, aquellos que poco después reiteran las mismas prácticas cuando llegan al poder supremo, que es el objetivo irrenunciable, el único serio, de los intelectuales progresistas.
 
La producción de lemas altisonantes tiene una función indispensable: convierte a estos señores en inmunes frente a la "veracidad de los hechos”, lo cual no es poca cosa para incursionar en el plano de la ilegalidad con el espíritu tranquilo y ligero. Otro acierto del libro consiste en señalar, mediante diálogos truculentos, la complicidad, la miopía y el cinismo de las agencias de cooperación internacional, lo que podría extenderse al cuerpo diplomático. Naciones como Bolivia reciben lamentablemente a funcionarios y cooperantes de dudosas cualidades éticas e intelectuales, a quienes la suerte del país respectivo les es indiferente.
 
Ayo nos pinta el triunfo de la cultura popular en sus formas más rutinarias y menos innovadoras: "en la repetición está el gusto”. Esta cultura tiene, según Diego, en el ambiente universitario uno de sus puntos culminantes a través de la persistencia de jerarquías, colores y prejuicios coloniales en las casas superiores de estudio. Nuestro autor recrea un lenguaje juvenil-popular que es impreciso y latoso, innecesariamente soez y vulgar, a momentos delirante y casi siempre soberbio con respecto a los otros, a los que osan diferenciarse del prototipo de la moda juvenil-izquierdista que se convierte en obligatoria. El éxtasis populista estalla, entonces, con intensa agresividad contra aquel librepensante que se diferencia de la masa de los creyentes. Aquí emerge, empero, uno de los puntos que yo reprocharía a Diego Ayo: creo que la descripción de la cultura juvenil de la estulticia y la vulgaridad no necesita ser estúpida u ordinaria. La crítica de la misma puede resultar brillante, breve y divertida. Hacia el final de la novela la trama se vuelve algo apresurada y confusa; la longitud del texto no es garantía ni de calidad ni menos de claridad. 
 
Las transformaciones éticas y existenciales que sufren los dos protagonistas principales configuran la porción más importante y original de la novela. El mérito del autor, formado en las ciencias sociales, reside paradójicamente en adentrarse en los pliegues internos de personalidades escindidas entre valores contrapuestos de orientación. La obra contiene, lamentablemente, algunos de los males nacionales en la escritura: comas y signos de puntuación mal puestos, acentos equivocados, problemas de concordancia en género y número, preposiciones mal empleadas, mayúsculas y minúsculas ocasionalmente en estado caótico.
 
Pero deseo señalar asimismo los notables logros del autor, que salen a luz cuando él nos muestra, por ejemplo, los diálogos íntimos, las emociones fuertes, las situaciones de celos, los momentos de turbación y el desasosiego interior. Es decir: cuando él describe los conflictos existenciales, que en los militantes izquierdistas son similares a los experimentados por el resto de los mortales, pero con una buena dosis de auto-engaño y de ruindad estética. 
 
Los varones de la novela parecen tener mayor capacidad de enamoramiento, pasión y hasta sentimentalismo que las mujeres; conservan una dosis mayor de ilusiones. Ayo describe a algunas protagonistas femeninas como personas más cercanas y más proclives a las coerciones y las inmundicias de la vida política. La heroína de la novela, la "niña índigo”, la campeona de la inteligencia emocional, la consagrada en años juveniles a la poesía y a la protección de la naturaleza, termina convertida en un frío y eficiente instrumento del régimen. 
 
Los asuntos tratados en el libro son deprimentes. Por ejemplo: es asombroso el número de gente relativamente culta e inteligente que tiene predisposición a ejecutar las tareas sucias e ilegales que surgen en ciertos regímenes, y es más deplorable aún cómo estas personas se justifican a sí mismas y terminan creyendo sus propios embustes. El tema general genera náuseas, pero es importante: la notable capacidad de los regímenes populistas de producir ilusiones en las capas juveniles, junto con la predisposición de estas últimas de dejarse engañar fácilmente.

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