Análisis

El materialismo histórico y su inocuidad en Bolivia

La corriente conservadora fue predominante y requiere estudio especial, mientras la reformista -a la que nos referimos en esta nota- se fue difundiendo hasta imponerse a la opinión pública.
domingo, 12 de junio de 2016 · 00:00
Luis Antezana Ergueta
Historiador
 
La amplia literatura política boliviana publicada con anterioridad a la revolución de abril de 1952 puede dividirse en dos clases por los métodos que se utilizaba para  la interpretación de la realidad nacional: una tendencia conservadora y otra reformista y hasta revolucionaria. La corriente conservadora fue predominante y requiere estudio especial, mientras la reformista –a la que nos referimos en esta nota-  se fue difundiendo hasta imponerse a la opinión pública.

Sin embargo, la corriente renovadora se dividió y mientras unos adoptaron el método dogmático marxista de interpretación, otros adoptaron el nacionalista. Ambas tendencias trataban de transformar la realidad social por entonces existente, pero sólo la práctica de sus "tesis” diría su última palabra, vale decir rechazarla o darle la victoria en los hechos. No se trataba de buenas intenciones ni mayor fuerza física.
 
La corriente dogmática se aferró a la teoría de la lucha de clases, las doctrinas ortodoxas, las fórmulas importadas y las ilusiones teóricas. Entre tanto, la nacionalista se sostuvo sobre ideas propias que reflejaban la realidad nacional, método que le dio ventaja para su desarrollo y posterior materialización, a diferencia de la línea ortodoxa que, pese a sus recursos publicitarios, se fue consumiendo en sus errores y  agotándose en sí misma. Al respecto, Montenegro escribió: "Nuestra interpretación de la historia boliviana no se sujeta a los dogmas analíticos de ninguna teoría extranjera, sino a las reglas de interpretación de nuestro propio examen general de la historia, la economía, la política, la cultura y la sociedad boliviana”.
 
La tendencia nacionalista se expresó con mayor claridad en el libro Nacionalismo y Coloniaje, de Carlos Montenegro, que planteó una metodología propia, aunque nutrida por el pensamiento universal. Efectivamente, al estudiar la historia de Bolivia y las revoluciones libertarias de 1809, descubrió que ellas no fueron producto de la lucha de clases, sino de la alianza de clases, fórmula que debía ser adoptada en Bolivia en las luchas políticas de entonces.
 
Montenegro, al estudiar las revoluciones de Chuquisaca y La Paz de 1809, en un descubrimiento sociológico trascendental, señaló al respecto: "Es un hecho que la revuelta no tuvo por causas determinantes, ni las condiciones de producción –que siendo todo lo grávidas que se quiera no actuaron revolucionariamente en el curso de tres siglos-; ni el acicate de la lucha de clases, pues los explotados y los explotadores uniéronse entonces para derrocar a la autoridad”.
 
De esos hechos, Montenegro dedujo una nueva interpretación y destacó que era insuficiente el materialismo histórico y afirmó: "La sola luz de la teoría materialista histórica parece, por lo mismo, insuficiente para esclarecer el contenido real de la revolución de Chuquisaca, así como el de los otros levantamientos populares del Alto Perú”.
 
A la vez afirmó: "Las doctrinas democráticas de Grecia y las inspiraciones liberales de la Revolución Francesa tuvieron en tales hechos una participación más reducida que la de los factores económicos y clasistas” y concluyó sosteniendo que las revoluciones de 1809 únicamente tuvieron causas internas y que "la intervención propulsora” de esas fuerzas estuvo a cargo del periodismo y los pasquines que reflejaban la realidad.
 
Esas afirmaciones fueron ampliadas por Montenegro a lo largo de su  análisis histórico cuando señaló, sin negar las grandes causas que mueven la historia de la sociedad, que "Claro es que detrás de las tendencias, y acicateándolas, operan los intereses económicos correlativos de cada una. Si la visión marxista de la lucha de clases en nuestro pasado es todavía imprecisable por el método materialista histórico, éste señala netamente la contradicción de tales economías como resorte propulsor del devenir boliviano”.
 
Montenegro agrega que los conflictos sociales no son solo la lucha por el poder, sino la lucha de tendencias históricas. Agrega el escritor: "Nuestra querella secular e intransigente revela a las claras un conflicto de dos tendencias históricas. El propio hecho que las fuerzas adversarias no se fisonomicen como bandos formalmente definidos prueba que su antagonismo es cosa de sistemas de vida, no de intereses concretos inmediatos. Una de las tendencias representa las corrientes nativas autonomistas. La otra, las corrientes foráneas de dominio”.
 
En esa forma, el ideólogo nacionalista destaca que esa lucha no solo está dirigida a intereses de clase, sino está orientada a la lucha por la libertad nacional. "Esta puede ser lucha de intereses –afirma– pero es más una lucha de libertad nacional” y agrega que la teoría de su partido  nace de la valoración de las fuerzas nativas contra las fuerzas coloniales, idea que "es más exacta que el argumento de la lucha de clases”; y acerca de la importancia de los obreros en el proceso de liberación nacional dice: "El movimiento obrero propiamente dicho tiene que ser considerado por el MNR como la expresión alta y vigorosa de la nacionalidad boliviana y no como un alumnado marxista que se siente clase en vez de sentirse nación como en realidad se siente”. (Carta a Augusto Céspedes.
 
Documentos. Edit. Nacional. 1954. La Paz, Bolivia).
 
Es más, refiriéndose a la revolución rusa (1917), adiciona que hubiese sido imposible si no planteaba la cuestión nacional. Agrega: "Como simple clase ninguna masa popular puede sublevarse si no es en nombre de algo superior a la clase que es la nación. La propia revolución rusa tiene que aprovechar del desastre nacional en la guerra para la toma del poder. Es difícil pensar que solo como clase se hubiera triunfado frente a las otras clases y a la densidad popular no movilizada por las consignas marxistas” y concluye: "Esta es la más alta prueba de nuestra interpretación filosófica-histórica, nuestros principios doctrinales, nuestra concepción revolucionaria y nuestro pensamiento político…”. 
 
Aún más, afirma que debido a esa concepción de la realidad boliviana, el nacionalismo era "producto de la historia” y que "treinta años de difusión de las teorías comunistas y quince años de igual actividad del fascismo-falangismo no han podido, en cambio, despertar siquiera el mínimo interés de las mayorías nacionales…”.
 
No es suficiente recapitular dichos términos. En efecto, puesta en práctica esa tesis (a la par de las planteadas por otros partidos, POR, PIR, FSB etc.), se constata que las únicas nociones que se hicieron realidad fueron las de Montenegro; y esa comprobación en los hechos confirma que esas ideas fueron acertadas y no  así las de los partidos conservadores y dogmáticos que no recibieron el  apoyo de las masas ni de la experiencia práctica, que es lo único que  decide si los  juicios políticos son correctos o no y si también lo eran sus métodos de interpretación. En esas diferencias se encuentra la esencia para estudiar la etapa política previa a 1952.

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