El sobaco de la víbora

Patrimonio devaluado

domingo, 12 de junio de 2016 · 00:00
Machi Mirón

Fue en 1987 cuando la Unesco declaró a la ciudad de Potosí Patrimonio de la Humanidad, dado el papel que esa ciudad jugó en la historia universal. Era la primera distinción que Bolivia recibía de la organización cultural, lo que, obviamente, enorgulleció a todos los bolivianos.                                         

No son pocos los beneficios que llegan con dicha mención, pues ello implica colocarse en el centro de las miradas del mundo, lo que abre la posibilidad de impulsar el desarrollo de la industria turística para toda la región. Un ejemplo de ello son los beneficios que la ciudad de Cusco aporta al Perú.                      

En este caso no fue así. Ya en junio de 2014 el Comité del Patrimonio Mundial inscribió a Potosí como Patrimonio Mundial en Peligro. ¿La causa? En la cima del cerro de Potosí, ícono de Bolivia y la humanidad, se abrió un boquete de 22 metros y 20 de profundidad, poniendo en peligro su estructura.              

Pero resulta que algunos años antes llegaron allí algunas cooperativas mineras, a fin de explotar el mineral que habría quedado de la época colonial. Como es sabido, gran parte de ese sector minero, con el fin de economizar en sus trabajos de exploración, suele recurrir a métodos bastante primitivos.                          

No pasó mucho tiempo para que esa explotación rudimentaria derive en una alarmante inestabilidad de la estructura del cerro, pues la ávida búsqueda de minerales había superado la cota de los 4.400 metros, lo que provocó aquel hundimiento, pese al compromiso de limitar su trabajo sólo a la parte baja.                            

Lo lógico hubiera sido proceder a reubicar los trabajos hacia otros yacimientos, pero las cooperativas mineras son uno de los pilares que sostienen al llamado proceso de cambio, ergo, el Estado se limitó al relleno de los hundimientos, incluso recurriendo al hormigón armado.  

Hubo tres intervenciones cuyos resultados fueron lamentables, pues la inestabilidad del llamado cerro rico persiste, por lo que desde la Universidad Tomás Frías se recordó que ya habían advertido sobre la inutilidad de esos trabajos, aunque nadie quiso escucharlos.  

En realidad, el destino de los sitios del país que recibieron la denominación de la Unesco como Patrimonio de la Humanidad tuvo la misma respuesta. Más allá de la algarabía que provocó tal distinción, nunca se vieron esfuerzos del Estado para fortalecer tales títulos con el desarrollo.                         

Hay una excepción, las iglesias jesuíticas de Chiquitos que, gracias a iniciativas privadas –no del Estado–, derivaron de zonas antes olvidadas a llamativos centros de atracción en el mundo. En el caso de Potosí no fue así, por lo que debo recurrir al Papirri Monroy Chazarreta para expresar: ¡pobre Cerro Rico! 

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