Varias lecturas del mito de Don Juan

La seducción es un arte solitario y sin otro canon que el logro sin excepciones. Y es aquí donde lo cuantitativo cede ante a lo cualitativo y el número sirve de protección al secreto arrebatado.
domingo, 12 de junio de 2016 · 00:00
Jorge Patiño Sarcinelli
matemático y escritor
 

Don Juan es uno de los grandes personajes de la literatura occidental, pero a diferencia de Hamlet, Fausto o Don Quijote, para nombrar a algunos de sus compañeros de panteón, a los que se les atribuye un autor -Shakespeare, Goethe o Cervantes-, Don Juan ha sido objeto de innumerables versiones. Además de las primeras de Tirso de Molina y de Zorrilla, están las de Molière, Dumas, Byron, Azorín, Kierkegaard, Pushkin, Camus, Saramago y otros.

El hecho de que exista un personaje más allá de todas sus lecturas y recreaciones, permite decir que Don Juan es un mito (1), uno de los pocos que no hemos heredado de los griegos. El mito tiene dos componentes básicos: el del conquistador irresistible y el de la venganza de la estatua. Todas las versiones lo hacen sublime conquistador, un apasionado que respira su propia pasión. Aquí nos ocuparemos de este aspecto del mito, el más conocido; dejando el encuentro con la estatua y la muerte para otra ocasión. 

Don Juan es un personaje antisistema, admirado por los hombres que quisieran imitarlo, pero odiado por la amenaza que representa contra la institución del matrimonio (y los cuernos). Es adorado por mujeres que ven en él la realización de un ideal romántico que un mal matrimonio ha frustrado, temido por la condena que representa la caída en tentación y odiado por sus mentiras seductoras y el abandono. Don Juan es el artífice la palabra, que logra desviar voluntades armado de ella nada más. El verdadero Don Juan es feo, poniendo en evidencia ese poder de la palabra; es la victoria de la poesía sobre la apariencia, como en Cyrano. 

El acto de seducción donjuanesco pone al hombre en la iniciativa, pero subestimamos el papel de las mujeres en ese acto. En un esquema conservador y represivo, la mujer que quiere echarse en brazos de un interesante desconocido, debe dejarse seducir con los ojos abiertos para obtener lo que quiere y después alegar seducción; como si ésta fuese un embrujo que despoja a la mujer de su capacidad de resistir, cuando muchas veces ella no quiere resistir y juega el papel. 

Una tradición atribuye a Don Juan un libro en el que están anotadas todas sus conquistas. "En Italia 640, en Alemania 231, en Francia y Turquía 91, pero en España ya son 1.003”, canta el paje Leporello en la ópera Don Giovanni. Reza la misma tradición que ese libro es un tesoro mnemónico que Don Juan guarda para regocijo del recuerdo, por lo que podríamos suponer que además de nombres el libro contenga otros datos: ciudad, año, quizás otra referencia: un palacio, la tarde o la lluvia. 

José Saramago, en su obra dedicada a Don Juan, elige un fin para el libro y para el personaje; haciendo que Doña Elvira, en un acto de fina venganza, lo hurte, arrebatando de un golpe toda la memoria de sus aventuras, y con esto -aquí la tesis de Saramago- el sentido mismo de su vida. Quitándole el registro de sus hazañas, lo deja sin pasado, lo humilla y lo deja sin futuro. Lo mata en vida; como si el único porvenir que esperase a Don Juan fuese el de rememorar ese inventario, reviviendo lo vivido.

Cuando Leporello canta las hazañas de Don Juan, en medio del lujo de la estadística, nos pinta una amplitud de gustos: cortesanas y campesinas, gordas y flacas, rubias y morenas, grandes y pequeñas. En cada tipo de mujer encuentra Don Juan un encanto, una ausencia de selectividad que podría ser la indiferencia del conquistador apresurado o la capacidad de sacar el mejor provecho de cada ocasión. Don Juan de Saramago cae en la primera interpretación; es un coleccionador que pone su vida en la confección de un inventario y recibe la humillación que merece.

Pero sea cual sea la interpretación que demos a esa amplitud, hay en Don Juan una búsqueda y deleite de la conquista, por encima de la calidad de lo conquistado. En la versión de Molière, el conquistador dice: "Hay una dulzura extrema en dominar con cien o mil galantillos el corazón de una joven […] Viéndola poco a poco perdiendo toda voluntad de defenderse. Forzando paso a paso todas las últimas pobres defensas que ella nos opone. En fin, no hay nada tan dulce como doblar la resistencia de una bella mujer”. Con la condición de que haya resistencia, claro está.

Proust, que era todo menos un Don Juan, hace notar que "las mujeres que resisten, aquellas que no podemos poseer inmediatamente, las que incluso no sabemos si podremos poseer, son las únicas realmente interesantes”. De hecho, la valoración de lo que no tenemos por encima de lo que está a la mano es uno los misterios de la condición humana.

En la lectura de Camus, "Don Juan no piensa en ‘coleccionar’ mujeres. Coleccionar es ser capaz de vivir el pasado. Pero él rechaza la nostalgia, esa otra forma de esperanza”. Él es para Camus un hombre absurdo, en el sentido que él da a este término. "Si amar bastase, las cosas serían simples. Cuanto más se ama, más se consolida el absurdo. Don Juan no va de mujer en mujer por falta de amor. Es ridículo representarlo como un iluminado en busca del amor total. Pero es justamente porque las ama con idéntico arrebato, y siempre con todo su ser, que necesita repetir esa entrega”. La conquista es un fin en sí mismo, nada trasciende al acto, pero ella implica también una "entrega”.

Ese Don Juan de Camus no escribiría una lista de sus conquistas; ese inventario lo tendría sin cuidado. No le interesa quiénes ni cuántas, ni cuándo ni cómo; simplemente no le interesa el recuerdo. El único que podría haber escrito tal lista, haber tenido semejante interés es Leporello, sombra terrestre de su señor. Lo podemos imaginar, matando las horas de espera, escribiendo un inventario: nombre, lugares, ¿qué más pudo haber sabido él? Y si una Doña Elvira le arrebatase el libro, creyendo ser de autoría de Don Juan, éste se avergonzaría de que se le atribuya semejante ejercicio. Ésa hubiera sido la humillación.

Unas lecturas son compatibles con la existencia de ese libro inventario y otras no, pero de suponer que sí, hay varios contenidos posibles. Un manual de seducción parece poco romántico y verosímil. Se podría imaginar un libro con los argumentos que escuchó contra sus avances, y otro con la poesía que inventó para vencerlos. De todos, una lista de nombres es la versión más trivial. Pero es aquella que se impone en la tradición porque aporta la prueba que los demás hombres necesitan de la superioridad de Don Juan. La seducción es un arte solitario y sin otro canon que el logro sin excepciones. Y es aquí donde lo cuantitativo cede ante a lo cualitativo y el número sirve de protección al secreto arrebatado.

(1) Don Juan and the point of honor, James Mandrell, Penn. Univ. Press, 1992. En este libro hay muchas referencias al análisis del mito de Don Juan.

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