Debate

Tortura política

La tortura política ha sido una forma de acallar a quien pensase diferente o a quien resultase peligroso por su forma de pensar. Se la ha empleado con variaciones, conforme al modelo político vigente, dice Ayo.
domingo, 26 de junio de 2016 · 00:00
 
Diego Ayo
politólogo
 
Lo de Zapata no termina. En esta su nueva temporada, los productores de la serie están ampliando las celdas de San Pedro y Chonchocoro para meter a los culpables de la mentira: los opositores como el senador Murillo, los (malos) consejeros jurídicos como el abogado León y los delincuentes mediáticos como ANF o Página Siete. Y es que la prueba fehaciente finalmente salió a la luz: la confesión de la señora Gabriela Zapata inculpando a todos ellos. 

Debo manifestar mi absoluto repudio a esta "nueva verdad” en ciernes. La razón no puede ser otra que la constatación de que los mecanismos para hacer aflorar esta verdad atentan contra los principios básicos del Estado de derecho. Me explico: si hay algo que siempre me ha conmovido ha sido el periodo oscurantista de la humanidad, con Torquemadas repartidos en diversas iglesias, aplicando la tortura como mecanismo de confesión. 

Los creativos católicos soltaban una cabra que se dedicaba a lamer las plantas del pie de algún ser humano, no sin antes haber untado suficiente azúcar en ese cosquilleante lugar, hasta perforarle sus huesos. ¿Resultado?
 
Pues el prisionero gritaba que era hijo del diablo, concuñado de Belzebú y lo que le pidieran; o colgaban al prisionero dentro de una jaula acompañado de un dulce gatito. El gatito empezaba a inquietarse una vez que los talentosos curitas prendían fuego exactamente debajo de la jaula y, como solía ser, la emprendía contra el acalorado ciudadano. ¿Resultado? Pues el prisionero reconocía haber volado en una escoba, haber parqueado en el infierno, conversado con el dueño y vuelto a salir para hacer más brujerías. Y hay más, mucho más, no sólo en aquella época de la Edad Media, sino en toda época. La tortura política ha sido una forma de acallar a quien pensase diferente o a quien resultase peligroso por su forma de pensar. Se la ha empleado con variaciones, conforme al modelo político vigente.  

Hago esta introducción con la convicción de que Zapata ha vivido algo similar. El gato enfurecido es hoy un ministro no menos envalentonado; la cabra golosa puede ser cualquier presa contratada para matarla; los curas fanáticos son variadas autoridades que desde un inicio orientaron sus misiles contra esta mujer. ¿Significa que Zapata no miente y que sólo lo ha hecho, en razón a las circunstancias en las que vive? No, creo que la señora resulta poco creíble, ha demostrado haber llevado adelante una vida un tanto turbia y su pragmatismo me huele a que no repara en criterio ético alguno para conseguir sus propósitos. Ergo: no la santifico. Sin embargo, me parece no sólo errada, sino de mala fe, aquel tipo de interpretación que la ve como "mentirosa” sin tomar en cuenta la situación en la que se desarrolla la trama. 

No tengo la menor duda que quienes han llegado a la conclusión de que Evo Morales y todos aquellos involucrados en este affaire político son plenamente inocentes porque ella es plenamente mentirosa, o entienden poco lo que realmente sucede o pretenden entender sólo aquello que les han "pedido” que entiendan o son del MAS. Pues de lo contrario prestarían más atención a las circunstancias en las que se ha producido esta nueva confesión. Yo, en el lugar de Zapata, rodeado de presos que podrían hacerme daño si "alguien” así lo dispone, encerrado sin sentencia hasta que los dueños de la plaza Murillo lo dispongan, olvidado por la mujer presidenta a la que amé (y quizás me amó), amedrentada por un ministro en cuyo ministerio yo hacía mis negocitos, pero que ahora está dispuesto a hundirme si es que manifiesto algo, lo que sea, que lo inculpe y un largo etcétera, haría lo mismo: cambiaría mi confesión, diría lo que les da la gana, veneraría a Evo, ratificaría que nunca de los nuncas conocí ni a ese ministro-rey ni al ministro-minero, ni que nunca le compré un reloj de mil dólares, ni nada. 

Y claro, los talentosos de turno se quedan sólo con esta certeza: Zapata es mentirosa. No dudo que lo sea, pero hay que ver que le hace mentir. He revisado la Convención contra la Tortura aprobada en 1984 por Naciones Unidas y entre los diversos métodos de tortura (colgamientos, palizas, aplicación de electricidad, etc) hay dos que llaman mi atención: encierro y amenazas, contemplados como tortura psicológica: "Mamita, si nos deschapas, no ves más a tus hijos”. "Uuuuu, ¿qué cosita quieren qué diga, entonces? Es evidente que según la época de la humanidad, las formas de tortura varían. El hecho de que no la hayan golpeado o violado no significa que no la hayan inducido a decir lo que ellos quieren. 

Vale decir, no tomar en cuenta todo esto y sugerir, por ejemplo, que "se le debe pedir disculpas a Quintana” es no reconocer al menos, que la confesión ha sido sacada de modo forzoso, lo que sabemos hoy sigue siendo transitorio (es una verdad temporal que podría cambiar, así como cambió hasta hoy en relación con lo que se dijo) y la verdad actual, aun si fuese verdad, es sólo una porción de una realidad mayor (es por tanto, sólo una verdad fragmentaria), en la que lo que tenemos es un modelo político dispuesto a pisar a quien sea con tal de preservar el poder.

En suma, a este paso lo que vamos a tener por un largo tiempo no es a Evo, sino al Medioevo.

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