Ensayo

Metáforas de la ley

domingo, 5 de junio de 2016 · 00:00
Jorge Patiño Sarcinelli
matemático y escritor
 
Para Gonzalo Mendieta

Vivimos rodeados de metáforas. Quien sufriere de metaforafobia –no conozco casos- no sólo no podría expresarse adecuadamente, sino que no podría siquiera pensar muy lejos y estaría condenado a la catatonia. Decimos: ella está sumida en el dolor, él aplastado por la depresión, la joven presa de la angustia, para tomar ejemplos del lado oscuro de la vida (otra metáfora). Donde menos esperamos encontramos una metáfora mimetizada, unas recién inventadas y otras secas de tantos años de uso: él es un tigre, ella es un hacha, etc.

La metáfora tiene la particularidad de ser al mismo tiempo popular –en los mercados no se las crea menos que en los salones- pero es objeto de las más distinguidas atenciones como fino elemento del lenguaje. Aristóteles, Ortega y Gasset y Chesterton le dedican epítetos extravagantes como "el conocimiento más importante”, "poesía pura”, "casi magia”, etc. Nietzsche decía que todas las palabras son metáforas muertas.

En una concepción general, la metáfora es una figura de expresión que se presta palabras e imágenes de un dominio lingüístico para mejor expresar una idea en otro; o si se quiere, es la transferencia de sentido de un sistema de significados a otro. Los buses de Atenas mantienen viva esta etimología: se llaman metapherein, pues trasladan personas de un lugar a otro.

Un artículo recién publicado (1) me ha provocado y provisto material para comentar el tema de la metáfora en la ley. El artículo tiene la virtud de tener una amplia bibliografía y viene ilustrado con un bonito argumento sobre un contrato de Ticiano.

Pensamos en la ley como un conjunto de reglas rígidas sujetas a la interpretación y aplicación de un sistema creado para el efecto. Otras lecturas la complementan y enriquecen; una de ellas muestra que la ley contiene un rico sistema de metáforas que ayudan a entenderla. Encontrar una metáfora es dar con la huella de un pensamiento.

El punto importante a considerar es que "si el lenguaje es visto como una entidad usada por individuos para la creación de sentido, entonces el proceso de establecer sentido legal es una negociación con otros individuos para establecer el sentido relevante en situaciones concretas” (Pag. 49). Las implicaciones, desde el punto de vista de nuestras tradición legal y cultura autóctona, son evidentes y nada triviales.

La ley, siendo una construcción verbal por excelencia, no podría dejar de ser fértil en metáforas que enriquecen las expresiones legales y capturan el pensamiento que las desarrolló. Ahí están el cuerpo de la ley y su brazo largo del que nadiese esconde. Un juez da el debido peso a los argumentos presentados en el marco de la ley. También se dice que "algunos abogados beben hasta perder el juicio”.

De éstas y otras metáforas significantes está lleno el lenguaje legal, pero además hay concepciones que recogen un aspecto metafórico macro. La ley es un edificio construido por los legisladores a lo largo de los años. Uno puede estar dentro de él o al margen. Los procesos legales ocurren en recintos propios del aparato legal, separando la ley del resto de la sociedad, donde la ley busca protección de interferencias.

Como ya lo ha hecho notar el análisis feminista (referencias en la obra citada), la justicia –una de las expresiones fundamentales de la ley- es representada por una mujer ciega (de ojos vendados) que sujeta en una mano una balanza y con la otra una espada, símbolo fálico por excelencia. ¿Cómo puede una ciega esgrimir un espada o usar una balanza? El símbolo de la justicia es un fantoche de construcción masculina.

Una lectura interesante de la ley es la de un juego, tema discutido por Huizinga en su libro Homo Ludens, donde nos hace notar que un proceso legal se da en un recinto propio para el efecto, con reglas determinadas y acordadas, y con jugadoresa los que se asigna papeles bien definidos: el fiscal, el abogado defensor, el acusado, el juez, etc. En ciertos lugares éste último se pone una peluca, como una máscara, para encarnar un personaje; al igual que en el teatro. Pero a diferencia de éste, en un juicio el resultado es incierto.

Una de las curiosidades de la historia de la ley es que en Italia e Inglaterra hubo épocas no muy lejanas en las que el pueblo apostaba al resultado de un juicio, según sus preferencias por los abogados de cada parte, como quien apuesta a un gallo de pelea; sin que interviniera en ello una opinión sobre la justicia del caso, elemento que de todas maneras estaba fuera del alcance analítico del pueblo en la plaza.

Hoy nos parece natural suponer que el resultado de un juicio debe responder a un principio de justicia y está, por así decirlo, predeterminado, y sólo corresponde al proceso legal hallarlo en el contexto dado, y adjudicarlo. Culturas primitivas tenían una visión más parecida al juego, donde el resultado era producto azaroso de la habilidad de las partes, más que de la mayor razón jurídica que pudiera tener una de ellas.

Un bonito ejemplo de esta práctica, descrito en detalle por Huizinga, se da en ciertos pueblos inuit (mal llamados esquimales) donde las disputas legales se resuelven a través de una "lucha de tambores”. En ésas las partes defienden sus posiciones al son de tambores de apoyo, con total libertad de mentir, insultar, gesticular, vociferar, etc. En los intervalos del proceso, las partes fraternizan amablemente. Finalizados los argumentos, el pueblo reunido da su dictamen, sin lugar a apelación. A veces, a falta de otra distracción, la comunidad se reúne para simular un juicio.

Esta práctica puede parecer absurda a alguien acostumbrado a esperar la aplicación imparcial de un principio absoluto de justicia. Pero si pensamos bien, los procesos de la justicia en nuestro país se parecen mucho a una lucha de tambores, donde este papel lo juega la prensa, y detrás de gritos y gestos hay silenciosas coimas e influencias. El dictamen es muchas veces consecuencia de estos elementos no prescritos en la ley, más que de un principio de justicia.

Es decir, aunque cueste admitirlo, nuestra práctica judicial no está muy lejos de esas costumbres primitivas, donde no prima la justicia abstracta sino el azar y la buena o mala maña, y donde no gana quien tiene la razón, sino que tiene la razón quien gana. ¡Si al menos pudiésemos divertirnos con ello como los inuit!

(1) Flesh of the Law: Material Legal Metaphors, Andreas Philippopolous-Mihailopoulos, Journal of Law and Society, 43.1, Mar 2016.

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