Crónica

El Informado, número 957

 Salvador Romero relata su experiencia periodística. “Entre fútbol, notas difíciles y deplorable ortografía francesa, con premeditación, me lancé al periodismo”.
domingo, 10 de julio de 2016 · 00:00
Salvador Romero Ballivián sociólogo

 

Que mi infancia se acomodó a los patrones de la normalidad lo atestiguan las pequeñas cicatrices, que como marcas de un ancestral rito de iniciación, se encuentran por aquí y por allá, ganadas sobre ásperas canchas de cemento de fútbol bajo bravos soles andinos, y mis padecimientos para lograr las notas mínimas de aprobación en tantas materias que ponían bimestralmente a mi padre al borde de un ataque de nervios. Tiempos heroicos, en los cuales, cuando coloqué que "de grande” deseaba ser escritor, el profesor, fiel al temple delicado y diplomático de la educación francesa, despachó contundente mi ambición: para ello, primero, debía aprender ortografía y gramática. Supongo que le asistía algo de razón a Monsieur Pascal, larguirucho, barba de hippy y fumador de tabaco artesanal, o al menos eso creíamos en la candidez de la niñez.  

 Entre fútbol, notas difíciles y deplorable ortografía francesa, con premeditación, me lancé al periodismo. 1 de enero, una fecha digna de un emprendimiento de esa naturaleza. Fundé El Informado. Tres páginas manuscritas, con caligrafía oscilante, distribuidas en noticias generales, deportivas y entretenimiento, para cubrir una amplia gama de lectores, aunque el primer número sólo lo compraron mis papás, convertidos en el acto en público cautivo. No era precisamente un reportero de calle, más bien hacía un seguimiento minucioso del noticioso vespertino de Radio Cristal, a cargo de Carlos Mesa, y lo completaba con el nocturno del estatal Canal 7, el único que se emitía. Ya a colores, aunque en la casa el aparato era en blanco y negro. De lunes a lunes, ininterrumpidamente. Lo difícil era la edición del lunes porque en esas épocas los fines de semana escaseaban los noticiosos y todavía a nadie se le había ocurrido fundar CNN; y por supuesto, anotar el nombre de todos los ministros del gobierno de Siles cada vez que se producía una "crisis de gabinete”, porque en el zafarrancho del retorno a la democracia, los ministros duraban una salva de cohetes. 

 Como cualquier diario que se respete, el periódico incorporó un pequeño editorial para fijar la línea frente a los grandes problemas de la nación y del mundo. Y como en cualquier emprendimiento de seriedad y envergadura, llegó la modernización. Un buen día, se terminaron las ediciones manuscritas. El Informado fue dotado de una máquina de escribir, y como ningún adelanto llega solo, el avance incluía la cinta bicolor, roja para los titulares, negra para las noticias. También, con motivo de una Navidad, el periódico se reforzó con una radio de nueve bandas, siete de ellas en onda corta. Como si resultasen insuficientes los boletines de prensa de la Voz de América, Radio Nederland, Radio Francia, me fascinaba buscar emisiones más allá de la Cortina de hierro.
 
Sintonicé la radio de Rumania, incluso les escribí y, a cambio, gentilmente, quizá después de una consulta con el Faro, luz y guía de los Cárpatos, me mandaron los números de su revista; recuerdo perfectamente la portada de una, algo mal impresa hay que reconocer, con los jugadores del Steua Bucarest, flamantes campeones europeos.  
Agrandé el mercado con mi primera suscriptora, la elegante y generosa Miriam Baptista. Puntual, cada mañana, de ida a su trabajo, mi mamá le dejaba la copia, lograda con papel carbónico, debajo de la puerta de su negocio.
 
Mi primer suscriptor internacional fue el hito siguiente. Pagaba en dólares para recibir un sobre con las copias de la semana. Sin internet, era una opción razonable. Para consolidar posiciones, cada inicio de año, ofrecía a los lectores locales e internacionales una edición especial con la síntesis de los hechos salientes del año. Un anuario, en la jerga.

 Para entonces, creo que ya no quería ser escritor – escritor, sino periodista. Me sentí completamente integrado al gremio cuando José Gramunt de Moragas, el macizo jesuita catalán y boliviano por la intensidad de su compromiso, de potente voz y legendario director de la Agencia de Noticias Fides, me extendió una credencial de "reportero juvenil”, con su firma, la mía, mi foto en blanco y negro, con cara de buen muchacho, polera clara con franjas oscuras. 

 Para ganar mis galones, pasé también a las entrevistas con los personajes fuertes, ofrecidas en exclusiva a los suscriptores. En una hoja de colegio, preparaba tres o cuatro preguntas, dejaba entre ellas un espacio prudente para que los entrevistados llenasen las respuestas. Cualquier artimaña valía para lograrlas. Más de un invitado de mis papás a cenar pagó su plato anotando respuestas. Con ésas y otras artes, logré las palabras del vicepresidente Jaime Paz, de la expresidenta Lydia Gueiler, del canciller Gustavo Fernández o del diputado Antonio Araníbar. A Juan Lechín, el histórico líder del sindicalismo, lo pillé una tarde soleada en la esquina de la casa, conversando plácido. Volé a mi cuarto, redacté tres preguntas a quemarropa, me presenté para pedirle que las responda. Alguien me dijo que era un documentito valioso porque "el Maestro”, como lo apodaban los mineros, rara vez escribía por un problema en la mano. Nunca verifiqué la veracidad de la afirmación pero me gusta creer que así fue. Claro que el punto alto de El Informado fueron las dos de tres preguntas respondidas de puño y letra por Mario Vargas Llosa, firma incluida. En una hoja de carpeta escolar. Me pregunto feliz si alguien más tiene una entrevista suya manuscrita.   

 Como toda gran aventura solitaria de la niñez, llegó a su final en la adolescencia. Lo mató el Mundial de 1986.
 
Entre mis propios partidos de fútbol, las notas que cojeaban más o menos por todas partes y que, encima, requerían tareas para no naufragar por completo, y los partidos que no podía dejar de ver por si un inspirado metía un gol con la mano de Dios, El Informado dejó de circular. Una noche de julio, simplemente me dormí antes de escribir el número 957.


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