Matasuegra

Del Illimani, ahicitos

Willy Camacho afirma que si lo extenso siempre ha sido una ilusión obligatoria, la intensidad ha sido una cualidad voluntaria. “De ahí que la cuna de héroes pueda también ser tumba de tiranos”, expresa.
domingo, 17 de julio de 2016 · 00:00
Willy Camacho Escritor 

Primero fue el frío de la altiplanicie, el viento gélido que aplacó los ánimos belicosos de la codicia conquistadora, ante la curiosa y acaso temerosa mirada de una raza de bronce que sobrevive hasta hoy. Después fue el valle, el abrigo de los cerros que puso ambigüedad al pacto con la tibieza de su ambiente, y que también amalgamó culturas que habían de recorrer los siglos hasta reconocerse como imágenes de un mismo espejo.

Laja y Chuquiago, dos lugares para sellar un pacto, dos fundaciones para bifurcar un destino. Los discordes en concordia, en paz y amor se juntaron, y pueblo de paz fundaron, para perpetua memoria... o desmemoria, quién sabe, pues La Paz no representa un concepto unívoco, ni un recuerdo cerrado.

Pueblo en perpetua búsqueda de su utopía bautismal, padeciendo el asedio de la piedra milenaria. Desde las alturas el clamor guerrero de los pututus, y en la hoyada el milagro de una deidad andina devenida diosecillo criollo: fervor de miniatura con esperanza agigantada. Tan grande como el anhelo libertario que encendió una tea bicentenaria, cuyo fuego es protegido por las montañas sa(n)gradas: vigilantes de poncho albo, al mismo tiempo que celadores de rostro pétreo, impiden que el horizonte se extienda, disimulando la prohibición con la hipnótica belleza de su cordillera.

Si lo extenso siempre ha sido una ilusión obligatoria, la intensidad ha sido una cualidad voluntaria. De ahí que la cuna de héroes pueda también ser tumba de tiranos. De ahí que la efigie de un torero haya sido testigo silente de múltiples partos y defunciones. De ahí que el kilómetro cero signifique que el país aún no ha dado su primer paso. Adoquines teñidos de sangre, faroles adornados con cadáveres, calles convertidas en trincheras... Ciudad de golpes y revoluciones, su historia no refleja el fracaso de su nacimiento, sino la tenaz lucha por encontrar el sentido de su existencia.

Y acaso ese sentido haya sido intuido/imaginado por discursos ajenos al histórico, quizá incluso por sensibilidades de otros lares, como la de Calvino, que concibió en Irene los rasgos de La Paz, ciudad invisible pero imaginable. Acaso ese sentido sea distinto para cada habitante, y su descubrimiento, reservado al ojo perspicaz de quien explora la urbe para hallar el gesto estético en lo cotidiano. Quizá las artes, cada cual con su lenguaje, puedan expresar qué es, o mejor dicho, qué podría ser la ciudad que habitamos. 

Habitamos una ciudad bulímica, que vomita Febreros y Octubres para volvérselos a tragar, de tan hambrienta. Sí, pero también habitamos una ciudad mágica, cuenca de cíclope tuerto, construida con ingenio y, sobre todo, con imaginación. Y aunque no tuvimos un Arzáns que nos fundara en la ficción, tenemos una memoria colectiva que se encarga de erigir imaginarios, de crear una verosimilitud que hace posible la vida en medio del caos de esta ciudad con nombre, más que irónico, farsante. Sí, La Paz, desde su nombre, es ficción. Ficción que habitamos y que nos habita, que es escape y retorno, y que nos reclama, a aquellos que hemos sido embaucados por sus coqueterías, perpetuar en el lenguaje la imposibilidad de lo absoluto.

Así, pues, del Illimani, ahicitos, no sólo habrá un hueco lleno de hormigas multicolores, sino también universos enteros, prestos a ser explorados, conquistados y colonizados. Porque habrá acaso en la nasal voz de los postmodernos copilotos andinos algo más que la promesa de un destino, algo similar a un coro polifónico que irrumpe en medio de la sinfonía bocinesca, en medio de un escenario caótico repleto de extras y efectos de humareda, para conjurar el hechizo del frío, que entumece piernas y corazones, con la naturalidad que impone el hambre a los 3600 días de vida.

Habrá acaso debajo de los toldos multicolores algo más que frutas de temporada, ropa gringa made in Bolivia o radio grabadoras Panatonic, algo más cercano al ingenio que al contrabando, una especie de picardía regida por las leyes de sobrevivencia, que manda al carajo los miles de artículos del aparato legislativo/justiciero.
Habrá acaso en las esquinas algo más que cebras de peluche, corruptela verde olivo, malabaristas gauchos o manos extendidas suplicando monedas, algo más que una pausa folklórica en el irritante ritmo vehicular, algo que provoca sonrisas, caridad, simpatía, desobediencia o maldiciones entre la intermitencia tricolor de los semáforos.

Habrá acaso en las paredes algo más que blancura monopol, algo parecido a versos clandestinos, a memorias de poetas anónimos que plasman su impotencia, frustración, alegría, desengaño, esperanza, furia, ideología, ánimo, amor, odio, calumnias, verdades, amenazas o declaraciones, en ese maravilloso e inacabable papel que se extiende por cuadras y cuadras y se ofrece, tentador/seductor, a las brochas o aerosoles de la creatividad urbana, que no se cansa de escribir cosas tales como: Cristo viene... ¡Hazte pepa!

Habrá acaso en la ínclita ciudad algo más que el reflejo del Illimani, algo más que calles orinadas, crucificados en pelotas, marchadores de tiempo completo, burócratas que esperan el viernes para ocultar el aro de matrimonio y gastarse la quincena con una negra interesada, minibuses–sardineras contagiadores de gripe, discos de Julio Iglesias con tapa de Los Panchos, perros cagadores/cogedores/mordedores, travestis cuarentones con minifaldas fucsias, bailarines de tilín, carteristas/albertos/monreros/campanas/juglares que han aprendido las historias del tío. Habrá acaso algo más que eso –y también eso, por qué no–, junto –revuelto–, en paz –¿será?– y amor –¿será?–, para cantarlo, contarlo, pintarlo, gritarlo, archivarlo y hacerlo conocer para perpetua memoria.

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