Análisis

La política y los políticos

El autor sostiene que la política, como ciencia y actividad, está revestida de un valor fundamental: el del servicio a los demás y no del servicio a los intereses personales, como generalmente ocurre.
domingo, 17 de julio de 2016 · 00:00
 Eric Cárdenas del Castillo Abogado y Politólogo

 

La política fue un invento de los griegos, como la disciplina de estudio de la polis o ciudad estado griega. Aristóteles la definió como Ciencia y Arte, es decir que tiene una parte de ciencia y filosofía (teoría) y otra de actividad práctica. En estos tiempos se la conceptúa como la ciencia que estudia al Estado y su poder  y de su buena o deficiente administración, depende el bienestar de los que habitan esa sociedad organizada jurídica y políticamente.

Los políticos son los individuos que se dedican al quehacer político, es decir que permanentemente tienen como actividad la política, a estos se los denomina "clase política”, y su finalidad es  buscar el poder, para poner en ejecución sus programas basados en su ideología.  Aristóteles definió al hombre como un: "zoon politikon”, es decir un animal político.

La política, como ciencia y actividad, está revestida de un valor fundamental, el del servicio a los demás y no del servicio a los intereses personales, como generalmente ocurre, lo que ha llevado a esta noble actividad, a una pérdida de valoración de la sociedad, pues cuando se habla de política, la gente se imagina un cuadro de corrupción y engaño, pues el mismo sabio Aristóteles sentenció: "el poder corrompe”.

La política como quehacer humano tiene su propia ética, la ética política, que al decir de Aristóteles es distinta de la ética común; y fue el gran  Nicolás Maquiavelo que en su obra "El Príncipe” le da un contenido de realidad práctica, que se resume en: "el fin justifica los medios”, pero el mismo  anotó que ese fin debía ser de beneficio a la sociedad. De ahí que unos (los menos) hacen política de servicio a los demás, y otros (los más) de búsqueda de beneficio personal.

Otro de los aspectos de la política y los políticos, es el del conocimiento científico de la política, que por su amplitud de alcances, requiere mucho estudio, así, recientemente el señor Obama, presidente de Estados Unidos dijo: "en el gobierno, la ausencia de conocimientos no es ninguna virtud”, es decir que los gobernantes deben tener los conocimientos necesarios para realizar una buena gestión. La formación ética y filosófica de los políticos, los suele diferenciar entre los políticos de escuela y los politiqueros, estos últimos sin formación y sujetos a los vaivenes de esta actividad, en especial del "transfugio”.

Precisamente el escritor Alcides Arguedas en su memorable discurso fúnebre, en el entierro del que fuera presidente y destacado dirigente político Bautista Saavedra, dijo:  En nombre del partido Liberal vengo a depositar estas flores sobre los despojos del último caudillo boliviano, que supo vivir en el corazón del pueblo…
 
No es sobre una tumba fresca que se dicen las palabras definitivas que recogerá la historia. No es sobre los  cadáveres, que se escriben las páginas más serenas. Y yo, como historiador, no puedo ni debo decir nada del político, y menos del gobernante… Y no es que me rinda al uso convencional de callar los errores, las faltas o las equivocaciones de un agitador y director, por el sólo hecho de haberse hundido en el pavoroso misterio de la gran sombra, sino porque la hora y el momento exigen el deber de realzar la gran virtud de la que estaba dotado el doctor Saavedra, o sea su fervor místico por la patria, su decisión de servirla abnegadamente, de desplegar fuerzas morales para vencer las otras… Son tipos de esta casta que necesitan los pueblos en formación para afirmar su fe y sentirse capaces de altos destinos. Y pueden equivocarse, cometer errores y faltas, pero tienen el sentido de su responsabilidad histórica, y ésta es la gran característica que jerarquiza a los hombres de gobierno.

La preocupación obsedante de Saavedra en los últimos años de su agitada vida, ha sido volver al gobierno…
para hacer lo que antes no pudo ni se lo dejaron: es decir, servir. ¿Y por qué? ¿Sólo porque deseaba reparar errores, rectificar prejuicios, abatir obstáculos? Ya el intento es loable, ya el gesto rebela a un hombre superior y merece respeto. Pero hay algo más hermoso en su caso, de más relieve y de más trascendencia, es un hombre que siente respeto por la historia y anhela ofrecer a la posterioridad el ejemplo de su esfuerzo y de su civismo: quiere dejar un nombre…! La Historia! Para bárbaros como Melgarejo, Daza o Morales. Eso de que se piense y se diga mal de ellos, más tarde cuando hayan muerto, les importa poco o nada. 

Lo que piden y buscan los hombres de esa maldita casta es que se les permita hacer lo que quieran, que no se les moleste, que les dejen tranquilos. Como no tienen concepciones elevadas, creen que lo que hacen está bien hecho  y se ajustan a la justicia, la equidad y el equilibrio. Y a veces, es sincera su convicción y pueden quizás ser buenas sus intenciones, pero les falta la noción de continuidad, de eslabonamiento entre generaciones, el eterno encadenamiento de los muertos con los vivos, es decir les falta cultura… Saavedra tenía el respeto por la historia; pero su temperamento le hacía a veces, olvidar sus enseñanzas.

 Saavedra comprendía la historia porque los libros eran alimento cotidiano de su espíritu. Comprendía la historia y temía sus fallos… ¿Qué es lo que instintivamente pide un pueblo? No más que ser bien dirigido, ver imponerse la justicia, el orden la mesura, saber que sus dineros no se han de emplear en satisfacer apetitos y llenar concupiscencias, fomentar lujos, sino servir las necesidades colectivas… Fue en ciertos momentos débil, y es a veces en la debilidad de los hombres, de sus fracasos de sus equivocaciones, que se acentúa la tragedia de nuestra historia, que es puro fracaso, pura equivocación, pura improvisación… No comprendo cómo los que se dicen estudiosos, no acaban por ver que la tragedia del país estriba casi únicamente en las fallas de sus hombres.

Un país no es una entidad que se forma y se dirige sola… es un producto de la voluntad de los hombres. Y para crecer y cobrar relieve, ser grande, son los hombres que lo dirigen, que tienen que ser aptos, inteligentes, comprensivos, honestos…

¡En Bolivia no tienen memoria! Dijo el presidente Achá, al ver la facilidad con que sus compatriotas olvidaban sus veleidades al verle subir a la presidencia, y precisamente un ministro de ese mismo Achá, Oblitas que frente al desbande de la guardia palaciega ante el incontenible empuje de los soldados de Melgarejo, le hace tomar una puerta falsa de palacio y le compaña en su fuga por callejuelas silenciosas y al dejarle en la puerta de la casa donde el Presidente depuesto ha de buscar refugio, le dice: "Mi general he acompañado a Ud., hasta el último momento, ahora me retiro…” Y corre presto a incorporarse al séquito del nuevo triunfador… El hombre Oblitas, ha sido y se ha mostrado sumiso y obediente en todo. Ha sido el inspirador y muchas veces el ejecutor. Ha sugerido, ha aconsejado, ha tenido silencios de esfinge para callar, palabras de esclavo para aplaudir; pero llega la hora difícil, el momento de la prueba y el hombre olvida las horas de deleite sensual en el gobierno, los compromisos y hasta las responsabilidades. Sólo se acuerda que tiene apetitos y únicamente escucha la voz de su vanidad sonora e imperiosa.

Honor, fiereza, derechura, pulcritud, eso no da de comer, ni produce goces, ni sirve para nada. Son cascabeles que se ponen el eterno disfraz de nuestra vida. Lo otro, el dinero, la mesa abundante y bien servida, el techo seguro, es lo importante y esencial…

Saavedra tuvo en su séquito muchos Oblitas, y es por tanto, el hombre que ha sufrido en estos tiempos los mayores desengaños; es el que más ha sido devorado por sus propias criaturas. Me imagino, y al imaginarme compadezco las torturas que han debido atormentar su  alma. Muchos le han engañado, le han traicionado, le han mentido. Sólo el pueblo le ha permanecido constante y fiel; el pueblo que no busca situaciones, que no pide puestos, que no medra. Se entrega instintivamente al que le sirve y su corazón no es sino un altar. Ese altar lo hemos visto encenderse ayer bajo la lluvia y al recibir los despojos del pobre proscrito…

¡Cosa terrible la deslealtad! ¡Cosa estúpida, baja y sin nombre!

Otra gran tragedia del hombre político de esta tierra, es el de no ser de veras libre, de veras independiente. Un puesto hace claudicar a los que se consideran mejores, les hace renegar de sus convicciones, volver las espaldas al deber, la amistad, la gratitud y al partido. Y como constituir partidos políticos de fuerte contextura moral, y de cuadros sólidos y estables con tránsfugas, con desleales y con situacionistas.

No hay acción más disolvente, más desmoralizadora que la del tránsfuga y del situacionista. Hace perder la fe en la virtud humana, rebaja la categoría moral del hombre, y sobre todo, desmoraliza al pueblo, le gasta el entusiasmo, le quita su fe. 

No hay memoria en Bolivia, repiten íntimamente aliviados, los maleantes de la política. Y pasan de un partido a otro yendo siempre en pos del que sube, tranquilos porque saben que de pronto es incurable esa terrible amnesia de la colectividad.

Y el primer deber del escritor y del hombre circunspecto, es condenar esa falla del espíritu público, coger el lema y aplicarlo como marca de infamia, sobre los que con el cómodo pretexto de servir intereses superiores, sólo piensan, en sus propios intereses.

Porque desgraciado del país donde se tome como habilidad la deslealtad; donde –como decía Montalvo- los buenos son perseguidos y vejados, y llevados al pináculo los otros. Desgraciado sobre todo, el país donde los partidos políticos no se inspiran en doctrinas, sino en combinaciones,  y sus adherentes abandonan la bandera tras el señuelo.

Saavedra fue un convencido forjador de ideales y un ansioso de poder. Lo quería para hacer obra de provecho y mejorar la vida de los que padecen. Su nombre, por esto, vivirá en el corazón del pueblo, y no hay tumba más grande que esa para un caudillo…

Discurso fúnebre de análisis y pedagogía política, (con algunos conceptos y juicios de plena validez actual) para un pueblo que olvida con facilidad a quienes un día proclamó como salvadores, para luego echarlos del poder, sin pena ni gloria, pero lleno de frustraciones.


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