Semblanza

El camino de Amparo

Alfonso Gumucio retrata a la nueva presidenta de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos (APDH).
domingo, 24 de julio de 2016 · 00:00
Alfonso Gumucio Dagron comunicador e investigador

 

 El camino de Amparo Carvajal es probo, diáfano e imperturbable, a pesar de las sinuosidades que ha tenido que caminar en más de 45 años de incansable lucha por la justicia social. Si ahora da sus pasos con cierta dificultad, no ha dejado de avanzar ni ha perdido ese lenguaje corporal de niña inquieta y revoltosa que conocí hace tantos años en las laderas de Pasankeri, donde trabajaba con mujeres de bajos recursos. 

Amparo, monja leonesa de las Mercedarias Misioneras de Bérriz, tuvo su bautizo político cuando se fue a trabajar al país vasco durante la época terminal del franquismo. Novena en un rosario de trece hijos, con un padrino republicano, estuvo en Bilbao soliviantando niñas de los barrios pobres y aprendiendo euskera cuando el sólo hecho de hablar la lengua del país vasco era motivo para ser perseguido. Pero ese trabajo político le quedó chico, quería más mundo, y aterrizó en Bolivia, para siempre.

Llegó a principios de la dictadura de Banzer, tenía menos de 30 años de edad y no tardó en vincularse a los movimientos solidaridad y de lucha por los derechos humanos. Trabajó con los presos políticos y con las familias de éstos, a las que no se les permitía visitarlos. Ella negociaba con los ministros de gobierno, conseguía permisos, introducía en la cárcel cartas y comida para los detenidos políticos que habían sufrido vejaciones y tortura, como era el caso de los militantes del ELN.

La represión de la dictadura nos acercó. Por entonces yo estaba exiliado en París, requerido por el "departamento de estadística” del Servicio de Inteligencia del Estado (SIE) mediante oficio No. 434/11, y no pude regresar hasta 1975 cuando mi padre enfermó. Entré por la frontera peruana y permanecí algunas semanas en La Paz con un perfil bajo, reuniendo información para una película documental. 

En ese viaje traje dinero que el Comité Boliviano de Resistencia Antifascista había recaudado para los presos de la dictadura, y se lo entregué a Amparo y a otro amigo, Eric de Wasseige, cura dominico belga de trayectoria impecable en favor de los bolivianos más necesitados, fundador de Justicia y Paz, organización que antecedió a la actual Asamblea Permanente de Derechos Humanos (APDH). En Justicia y Paz estaba también Gregorio Iriarte, y colaboré con ellos en la producción de una de las ediciones del folleto sobre La masacre del valle, que tuvo lugar en 1974. 

Amparo ha permanecido junto a la gente más necesitada de justicia en los momentos más difíciles, y ha tenido que enfrentar también el exilio, recorriendo otros países de la región que en esos años sufrieron la seguidilla de los golpes militares, como Chile en 1973 y Argentina en 1975. Junto a Luis Espinal, Eric de Wasseige, Xavier Albó y otros extraordinarios seres humanos que hicieron de la religión un compromiso social inquebrantable, Amparo era también parte de la asamblea del semanario Aquí, que fue nuestro bastión como periodistas progresistas hasta que el exilio nos apartó de esa aventura editorial y política. 

Todo esto me viene a la memoria de manera fragmentaria ahora que Amparo Carvajal ha sido elegida presidenta de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos (APDH), desafío que ha aceptado con entusiasmo y esa decisión de hacer bien sin mirar a quien que la ha caracterizado a lo largo de su vida. 

No fue fácil llegar allí, porque en años recientes el "gobierno del cambio” de Evo Morales trató de doblegar y de dividir a la Asamblea Permanente de Derechos Humanos, creando organizaciones paralelas y sobornando líderes, como ha hecho con movimientos sociales y sindicatos. 

Consecuente con lo que ha predicado a lo largo de su vida, Amparo ejerce una implacable crítica cuando se refiere al manejo deplorable de los derechos humanos que hace el gobierno de Evo Morales, cuyo discurso sobre la democracia hace aguas por todos los costados. Amparo sabe con quienes trata, conoce al líder cocalero desde que se inició en el sindicalismo, conoce también al vicepresidente García Linera, a quien visitaba en la cárcel, y al ministro de la Presidencia, Juan Ramón Quintana. 

No esconde su decepción cuando dice que esperaba mucho más de ellos en la defensa de las libertades y derechos, y no solamente aquellos que tienen que ver con las violaciones más obvias, sino con el derecho a la salud, al trabajo o a la educación, que ella como profesora considera una prioridad que el gobierno del MAS no ha encarado con seriedad. 

Ha reclamado incansablemente por los medios y por los periodistas perseguidos y hostigados por el gobierno de Morales, ha denunciado los casos flagrantes de violaciones de derechos humanos, como Chaparina, Caranavi y Apolo. Una "gran tristeza” la invade al constatar que el gobierno mantiene una posición indolente, intransigente y altanera, que el sistema de justicia está manipulado por el ejecutivo y que en estos diez años de gobierno hay presos políticos, exiliados o perseguidos judicialmente sin fundamento legal. 

El miércoles 13 de julio, los amigos de Amparo organizaron un homenaje en el paraninfo de la Universidad Mayor de San Andrés, en presencia del rector Waldo Albarracín. Ahí se podía constatar el inmenso cariño que le tienen a Amparo todas aquellas familias de Pasenkeri, de El Alto y de otros sectores donde ha trabajado durante décadas.

Llegué temprano para saludarla y conversar con ella antes de que empezara el acto. Vi cómo ingresaban al paraninfo de la UMSA familias enteras, le traían ramos de flores y la abrazaban con sincero cariño y agradecimiento. Mujeres, adultos mayores, niños, a los que ella saludaba por sus nombres, porque son parte de una extensa familia que ha ido construyendo a lo largo de varias décadas en que se fue quedando cada vez más alejada de su familia original leonesa. 

Esperaba a todos cerca de la puerta de entrada al salón, emocionada tanto como aquellos que ingresaban en grandes grupos que se habían dado cita para acompañarla en el homenaje. Amparo recorría el pasillo de ida y vuelta, excitada y energizada por los reencuentros, era evidente que disfrutaba al ver tantas personas llenando el paraninfo, convocadas por su nombre.

"Tus bases están todas aquí”, le comenté en un momento en que pudimos sentarnos juntos, y me respondió emocionada que nunca se había sentido tan reconocida, y no se refería solamente a su elección a la cabeza de la principal organización de derechos humanos de Bolivia, sino al afecto que todos sus amigos, de muchos ámbitos de la sociedad boliviana, le demostraban esa noche. 

Menea la cabeza y no escatima epítetos para referirse a la situación política del país que ahora es el suyo, con tanto o más derecho que la mayoría de los bolivianos. "Callar es lo mismo que mentir”, dice, y me recuerda a Luis Espinal porque tiene el mismo temple, la misma bondad pero a la vez la misma capacidad de indignación. 


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