Debate

Los que gobiernan: los sin ideas

Los revolucionarios no aportaron con ideas nuevas. ¿Hay algo realmente revolucionario en los proyectos e ideas del Gobierno?, cuestiona Ayo.
domingo, 24 de julio de 2016 · 00:00
 Diego Ayo politólogo
 
La muletilla más socorrida del gobierno es aquella que afirma que "nadie propone nada”, dejando en claro, o queriéndolo hacer, que cualquier vestigio de oposición política, se limita pavlonianamente a decir "no” a las iniciativas del gobierno, sin generar ideas alternativas.

 Creo que hay que entender el modelo político-económico del MAS para contradecir (o al menos matizar) semejante sentencia. Es conveniente hacerlo pues el gobierno actual alienta un modelo carente de toda originalidad argumentativa (que no pase del trillado discurso anti-imperial), miserable en propuestas y repleto de ideas, creativas, eso sí, cuando de inventar "figuritas jurídicas” para encarcelar (lo de León es muy evidente), modificar la CPE con miras a perpetuar a Evo, reducir el derecho a la libertad de asociación (lo que viene ocurriendo con las ONGs) y demás. 

El MAS, en ese sentido, no tiene un proyecto de país. No lo tiene. La insistencia en la Agenda 2025 sólo constata lo dicho: un conjunto de metas no suplen la necesidad de tener un plan de país. El Plan 2016-2020 tampoco es propiamente un plan. Es un libro diseñado por tres, cuatro, cinco o seis técnicos y refrendado, seguramente, en Vicepresidencia. Y eso, a no ser que volvamos a idealizar a las tecnocracias sabelotodas del pasado neoliberal, no puede ser concebido como un plan. 

Por tal razón, la consistencia aparente del gobierno, hoy fortalecido y bravucón, es sólo aparente. Su seguridad no es tal. Por eso, sostengo la hipótesis de que lo que parece ser la posesión de un norte para el país, es en realidad tan sólo un conjunto de actos de emergencia (para retener el poder); lo que parece un poder omnímodo, es en verdad una acción de temor inscrito en los genes de quienes gobiernan y saben que la mamadera no es ni puede ser eterna. 

Parto pues de esa hipótesis: nuestros gobernantes viven al día. No son  casuales los sucesos de intimidación cada vez más evidentes. Denotan, en verdad, la (transitoria) solidez de la facción menos conciliadora, más dogmática y, por ende, menos creativa del MAS. La facción sin ideas. La facción que vocifera porque no puede debatir. La facción, además, ¡vaya paradoja!, que no se limita a intimidar a los oponentes, sino a los mismos militantes del proceso que ven atemorizados como el ala radical se empodera. No pueden decir mucho, so pena de vivir la purga de los matones.

En ese ambiente, el futuro inmediato del país, sólo puede ser la repetición rutinaria del presente: más canchas, más obras de cemento (o de acero, como las represas, pero que sean caras), más Evo Cumple, más Teleféricos, más Dakar y, sobre todo, más recursos naturales que nos levanten del chaqui de la fiesta gasífera. Y así, un largo camino de conversión del futuro de los bolivianos en una marcha burocrática y sin imaginación ni sueños (que no sean los relativos a enriquecerse al calor de alguna ventaja gubernamental). 

¿Es esto nuevo? No, no lo es, pero ciertamente es más notorio hoy en día. Ya antes demostraron que sus obras estrella como la Renta Dignidad o el Teleférico son ideas concebidas por los "canallas” del pasado: por Goni con el Bonosol, hoy convertido en la Renta mencionada, y el alcalde MacLean promotor de este proyecto para La Paz, respectivamente. 

La misma cosecha del gas, por citar el ejemplo más emblemático, recoge la siembra de dos décadas previas. No hay ni media idea diferente que no haya sido la de nacionalizar, que nos diferencie del pasado. Ni qué decir de los aires desarrollistas, con enormes industrias capaces de extraer valor agregado a nuestros recursos naturales. Corresponden a los sueños post-52. 

Podríamos seguir, pero no vale la pena. La idea es esa: los revolucionarios no aportaron con ideas nuevas. ¿Hay algo realmente revolucionario en el área medioambiental como propuso Ecuador con Yasuni (que lamentablemente se cayó)?; ¿hay algo verdaderamente revolucionario en el impulso a la ciencia que no sea la compra de un satélite cuyos componentes son chinos, el personal es chino, las destrezas tecnológicas se quedan en China?, ¿hay algo verdaderamente revolucionario en nuestra educación que nos coloque en puestos medianos (no pretendo siquiera decir altos) en los rankings universitarios o escolares?, ¿hay algo verdaderamente revolucionario en el crecimiento de las ciudades en un mundo repleto ya de "ciudades inteligentes”, planes de ecología urbana, dinámicas productivas urbanas?, ¿hay algo de revolucionario en la machacona tesis de "no a la Alianza Pacífico” que no sea la repetición burda de consignas, incapaces de ver que el Pacífico es nuestro hogar o debe serlo? La respuesta a estas interrogantes y muchas más es que no. No hay nada revolucionario.

Eso no significa negar la capacidad distributiva de los revolucionarios, pero no confundamos eso con su capacidad de generar ideas. No las tienen. Sin embargo, lo que era una seña de su personalidad –entre otras como el tesón, el idealismo, la fe en un país mejor-, hoy se vuelve su rasgo hegemónico: no generan nada nuevo.
 
Tampoco es casual. Lo mejor de esa izquierda ilusionada de 2005 ya no está ahí. Se fue. Se quedó sólo la porción política más enamorada de su propia identificación como izquierda, pero que tiene más de autoritaria, patrimonial y capitalista que propiamente de izquierda.  

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