Mañana después del diluvio, mi amor

El autor presenta un fragmento de su novela, recientemente publicada.
domingo, 24 de julio de 2016 · 00:00
Salvador Romero sociólogo

Colocó la computadora sobre el sofá y contempló la lluvia, cortinas sucesivas e ininterrumpidas de agua.
 
Encontró la noche aún más noche, una oscuridad apremiante. Tal vez llovía igual que antes pero las nubes descendieron, se compactaron, o las montañas se acercaron a la costa, comprimiendo y atenazando la ciudad. (…).Por primera vez el diluvio la aterró con la lenta e inexorable acumulación de aguas. 

Para relajarse, cerró los ojos y acompasó nuevos recuerdos al ritmo, al tono, de la lluvia. Una llovizna en La Paz, fría, corta, de gotas menudas, y el cuerpo se le contrajo. Cuando el divorcio constituía una rémora en su ánimo, Milena le prestó unos libros de autoayuda, de autores con insolente sonrisa de éxito, ni tan jóvenes que pareciesen situarse antes de las verdaderas pruebas de la vida ni tan viejos que diesen la impresión que libraron batallas de mérito pero anticuadas. Un par de ediciones piratas, de fotocopias mediocres, cuyas cuartillas amenazaban con volar por el flojo pegamento. A pesar del abatimiento y de leerlos íntegros, resolvió nunca invertir un centavo en ellos; de paso, tampoco su tiempo, de tan obvios que halló los siete consejos cabalísticos de uno y las once claves de la victoria, seguidas de las cinco reglas doradas, del otro. Sólo se entretuvo con las cortas historias que abrían los capítulos y se regaban en dosis hábiles a lo largo de las secciones. (…).  

En cambio, la entusiasmó cuando le propuso una cita con O Sargento, un hechicero o brujo de la Amazonía brasilera, o algo así, aunque él rechazaba enfáticamente dichos términos. Se definía como un médium. Visitaba cada dos o tres años La Paz y su fama se extendía tras cada estadía. Permanecía unas semanas, después proseguía una ruta misteriosa. Quizá se instalaba en otras ciudades o renovaba las energías, conectándose con las fuerzas cósmicas en lugares apartados,  acercándose a los taitas colombianos, compartiendo las infusiones densas, lentamente maduradas, hablando lenguajes sabios en palabras sencillas, o aproximándose a los kallawayas de los enclavados valles de los Andes para iniciarse en secretos centenarios, o retornaba al Acre natal, donde decía que vivía, en una hacienda de pocas hectáreas, con unas cuantas cabezas de ganado, en la infinita planitud verde. Esquivaba responder dónde iría, cuándo volvería. 

(…) Cumplido el horario en la empresa, ambas fueron a una callejuela próxima a la Sagárnaga, detrás de la barroca y pétrea iglesia de San Francisco. Pasaron de largo por delante de las tienditas para turistas (…).
 
Ocuparon el lugar en la fila, en un largo banco de madera, por detrás de un grupo heterogéneo de diez personas, sin visibles denominadores comunes. El conjunto permanecía en silencio,  a veces intercambiaba fórmulas cortas y convenidas sobre el mal clima o las virtudes del chamán, espiaba el semblante de quién terminaba la consulta.
 
Ninguno revelaba la razón íntima y profunda que lo condujo al lugar. Ellas cuchicheaban y reían rememorando anécdotas. Tardaron hora y media en ser atendidas. 

Entraron juntas al cuarto, ahogado en humo de cigarrillo, aliento y sudor de hombres y mujeres, angustiados o expectantes por su futuro. Natalia quiso mantener entreabierta la puerta de madera tosca, el adivino ignoró esa voluntad y la cerró. Lado a lado, permanecían de pie ante O Sargento, que navegaba en una vejez indefinida, con una delgadez huesuda, resaltada por una chompa vieja demasiado amplia, prestada o comprada sin atención, ojeras hondas, una barba grisácea desprolija en un curtido rostro moreno, pelo desordenado. 

Milena se presentó, le reafirmó admirativa cuán certero fue para pronosticar el sexo del tercer hijo cuando el embarazo aún no se notaba, como ya le anticipó lo que le depararía el destino. El extranjero se sobrepuso al cansancio, la mano esbozó en el aire un gesto acogedor que procuró transmitir gratitud o complicidad.
 
Emocionada, introdujo a Natalia. Volvió a situarse en el cuartucho iluminado por un foco de baja potencia sin lámpara, decorado con desteñidos pósteres de periódico del club Strongest y de jugadores de la selección, y frente a frente, en calendarios de años distintos, se miraban la Virgen de Copacabana con el Niño en el brazo izquierdo sobre una media luna de plata, y una modelo en bikini con una botella de cerveza destapada. Se abstrajo el tiempo que le extrañó la reverencia con la cual Milena pronunció la palabra "destino”, como si expresada así, la hubiese rebuscado en el diccionario para apartarla de la vida de los días ordinarios. 

En un intrincado portuñol, el chamán ofreció atender primero a Natalia. 

- ¿Quieres que me quede, para ayudarte a entender mejor el "mensaje”? -.

El término le provocó la misma sensación de lenguaje esotérico.  

- ¿Acaso sabes portugués mejor que yo? - contestó, casi riéndose -. Después te contaré, no seas curiosa. Afuera, afuera. 

El hombre prendió un cigarrillo barato, de olor bruto. Frente a ella,  le tomó los hombros, cerró los ojos, masculló frases breves sin soltar el cigarrillo de la comisura de los labios. 

- Tienes una hija - comenzó, y ella se sobresaltó, echó los hombros para atrás, se quedó rígida, impactada -. Está bien, necesita cuidados tuyos. 

Prosiguió, con pausas en las cuales emitía un sonido gutural; después tembló tenuemente como si fuerzas externas lo moviesen. Retomó oraciones que a veces se entrecortaban y apenas entregaban palabras sueltas. En los intervalos de silencio, como Milena le recomendó, formuló las preguntas que le interesaban.  

Finalizada la sesión, la noche se había apoderado de la ciudad, la mayoría de las tiendas habían cerrado. Con los brazos entrelazados, caminaron por la calle adoquinada y poco transitada. Desde que salió en tromba del cuarto, solo habló Milena, con emoción y miedo, que en los próximos años tendría mellizos. Natalia hizo una mueca escéptica (…). 

En la esquina, las interrumpió una jovial anticuchera, con la promoción de productos muy frescos, preparados en un santiamén en la parrilla artesanal de carbones ardientes. Milena se animó y previno que la porción debía ser generosa. La vendedora ensartó en un alambre irregular papa y cebolla alternadas con trozos de corazón de vaca; los dos últimos constituyeron la yapa. Le preguntó qué le contó O Sargento. Con las manos en los bolsillos del abrigo, Natalia confesó la sorpresa de entrada con el acierto de Andrea, pero después le enunció generalidades, de las que se dicen sin riesgo de fallar y por las cuales perdió confianza en la quiromancia y ramas afines.

- Cambiaré de trabajo, incluso viviré en el extranjero, ganaré bastante plata en poco tiempo. Tonterías, Milena, igual que lo de tus mellizos. 

La llamarada azulada, amarilla, anaranjada, alumbró efímeramente la esquina y desprendió un humo que tardó en disiparse.

Calló el pánico. Le anticipó dilemas de amor, que no la asustaron, echados al saco de las generalidades a mansalva de los adivinos, sino que apenas los profetizó, abrió los ojos, la miró con desconcierto, como si ignorase dónde estaba, como si despertase de una pesadilla, como si hubiese palpitado un augurio tan dramático que no lo revelaría. Quiso huir del cuarto en penumbras; escapar del hombre que apenas la retenía con la yema de los dedos mortecinos sobre los hombros y daba la impresión de retornar de umbrosos pasados o de tenebrosos futuros; repetir que no creía nada de esta farsa; recuperar el cuerpo tetanizado en un segundo. Con un movimiento de los labios, el hombre lanzó al suelo las cenizas a punto de desprenderse del cigarrillo. Natalia perdió la concentración en las expresiones portuguesas, no consultó más. 

Prefirió que Milena narrase los pronósticos para su "destino” y se burló de la palabrita mientras procuraba olvidar pronto los ojos asustados y extraviados que le provocaron un escalofrío cuando los recordó fijos sobre los suyos. 

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