Los números rojos

domingo, 3 de julio de 2016 · 00:00
Hernán Terrazas E.
periodista

 

Desde que perdió el referendo del pasado 21 de febrero todo han sido malas  noticias para el Gobierno. La secuela de los escándalos de presunta corrupción continúa siendo un pesado lastre. Las maniobras jurídicas y los ataques a medios y opositores, para apagar los incendios de los casos Fondioc y Zapata, no han funcionado.
El Gobierno presumía de administrar bien las tensiones "dinámicas”, pero otra cosa son los escándalos de corrupción. No es fácil administrar la indignación de la gente. Por lo general ésa es una batalla perdida. Basta mirar el vecindario para darse cuenta de  que es así.

Los argumentos gubernamentales ya no resultan convincentes. La encuesta difundida por el diario Página Siete el pasado fin de semana muestra que seis de cada 10 bolivianos no creen en la versión del Presidente sobre su relación con Gabriela Zapata y  que casi siete de cada 10 piensan que el Ministro de la Presidencia no dijo toda la verdad sobre este tema.

El fin del idilio de la gente con el Presidente podría ser un fenómeno irreversible, si se considera que no queda mucha munición en el arsenal populista. Las chompas ya no funcionan: ni la de rayas que causó conmoción en la primera gira europea y mucho menos la más modesta que el Jefe de Estado luce ahora que se recupera de una lesión futbolística. 

Es otro tiempo. La crisis obligó al Gobierno a tomar decisiones que parecen ir en contra de sus principios. Después de Víctor Paz en 1985, Evo Morales es el que más empleados públicos despidió: Paz lo hizo para salvar al país de la hiperinflación y Morales para cerrar una empresa que estatizó sin motivo.

La palabra nacionalización ha desaparecido del discurso gubernamental para no seguir ahuyentando inversionistas en momentos de vacas flacas. Es  más, a estas alturas hablar de nacionalizar es peor que hablar de capitalizar; el Gobierno lo sabe y por eso sus ministros viajan más a Nueva York y Londres que a Venezuela y Cuba.

Es la época de los números rojos. Morales estaba acostumbrado a verse en un espejo favorable, que disimulara sus defectos y acentuara sus virtudes. Hoy el espejo le dice que sólo tres de cada 10 personas califican como buena su gestión, mientras que siete de cada 10 la consideran regular o mala.  Además, cuatro de cada 10 bolivianos de plano no lo quieren.

El caso de su Vicepresidente es peor. Cayó su popularidad y siete de cada 10 personas encuestadas consideran que cometió un delito al mentir sobre su profesión de matemático.

La única ventaja de Morales es que no hay quien capitalice su caída. Del otro lado, se insinúan las sombras de algunos líderes opositores, pero sólo son sombras y es muy probable que así se queden. Hay oposición ciudadana -no partidaria- y eso tarde o temprano podría reflejarse en un proyecto alternativo.

El Gobierno ya no goza de credibilidad. Nadie cree en sus denuncias en contra de los medios de comunicación y la Iglesia. Es más, mientras más ofensas mayor es la confianza de la gente en esas dos instituciones.
La gente está cansada y desilusionada. No le gusta un presidente que quiera eternizarse en el poder. No quiere un nuevo referendo y más bien pide a gritos que se respete el resultado del que pasó. 

El lenguaje agresivo e incluso ofensivo de los voceros gubernamentales es algo que el ciudadano común rechaza. La dureza con que se expresan el Vicepresidente, el Ministro de la Presidencia, la presidenta de la Cámara de Diputados y la Ministra de Comunicación sólo agrava los problema de imagen del órgano ejecutivo.

El Presidente, además, ha perdido a sus aliados externos. Ya no tiene hacia dónde hablar para encontrar eco.
 
Sus amigos de Venezuela resisten, pero no gobiernan; a los argentinos y los brasileños los persiguen por corruptos y su par ecuatoriano hace malabares para enfrentar una crisis económica que se agrava día que pasa. Se acabó la bonanza y el populismo pasó de moda.

El invierno ha llegado para un gobierno que quería vivir siempre en primavera. Los números rojos duelen en Palacio y Morales ha descubierto con horror que es un presidente de carne y hueso.


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