James Lovelock

El “niño terrible” de la ciencia

Para los movimientos ecologistas, Lovelock es un pionero científico para entender el futuro de la Tierra. Sin embargo, a diferencia de muchos ecologistas, nunca perdió la esperanza en la capacidad humana de superar los errores cometidos.
domingo, 31 de julio de 2016 · 00:00
Renata Hofmann socióloga

A sus 96 años de edad, James Lovelock sigue siendo uno de los científicos más asombrosos, vitales  y creativos. Es autor de una docena de libros y de unas 40 patentes, entre ellos instrumentos que permiten detectar y cuantificar el DDT, un insecticida prohibido desde los años 70 por su toxicidad, o  el CFC (clorofluorocarbonos), uno de los gases más destructores de la atmósfera y, por tanto, causante del efecto invernadero. 

Lovelock alcanzó gran fama con su teoría de la Gaia, elaborada en los años 1960, en colaboración con la microbióloga Lynn Margulis. Para el mundo académico fue una teoría herética que postula que el planeta Tierra es un súper organismo que produce y reproduce la biósfera, de modo tal que puede ser considerado un ser viviente. Que Lovelock denomine su teoría Gaia, la Diosa de la Tierra en la mitología griega, por tanto no es nada casual. Con el paso del tiempo, la ciencia amplió sus conceptos de vida – dónde comienza y dónde termina – y se encuentra hoy en día mucho más cerca a los postulados de Lovelock.

Para los movimientos ecologistas, Lovelock es un pionero científico para entender el futuro de la Tierra. Sus libros se volvieron una referencia ineludible para mostrar el calentamiento del planeta como una consecuencia del accionar humano. En sus libros La venganza de la Tierra (2007), La Tierra se agota (2011) y en A rough ride to the future (2014, aún no traducido) pone una y otra vez en evidencia la necesidad de cambiar la forma de vida, si es que la humanidad quiere sobrevivir.

Sin embargo, a diferencia de muchos ecologistas, Lovelock nunca perdió la esperanza en la capacidad humana de superar los errores cometidos. En una de sus recientes entrevistas (publicada en "Das Magazin”, Zurich, 16 de julio 2016), Lovelock da prueba una vez más de que su pensamiento nunca deja de evolucionar, aunque se aleje cada vez más del mainstream ecologista o tenga que revisar algunas de sus afirmaciones anteriores.

Su espíritu autocrítico no para ni siquiera ante su comprensión del cambio climático. Lovelock no lo niega, obviamente, pero al mismo tiempo reconoce que nuestros conocimientos aún son demasiado rudimentarios. El hecho de que recién en los últimos años se conozca que los océanos superan en mil veces la capacidad de la atmósfera de acumular calor, es un botón de muestra de que el futuro no se deja predecir con simples extrapolaciones del presente. Pese a las limitaciones actuales para resolver los problemas causados, Lovelock confía en el potencial del ser humano para ir encontrando las soluciones necesarias. 

Vivir en ciudades compactas, en lugar de áreas dispersas, para Lovelock es una alternativa favorable ante el cambio climático y la necesidad de optimizar recursos que prueba la evolución humana. Para él, el desafío radica en encontrar soluciones realistas en lugar de apuestas grandilocuentes, como la pretensión de cambiar el clima del planeta. "Un buen abrigo es más útil para contrarrestar el frío polar que una fogata”, es una de las frases que ilustran su ausencia de fundamentalismo.

La ruptura de Lovelock con los pesimistas culturales no podría ser más evidente que en su convicción de que los seres humanos representamos el segundo hito más importante en la evolución del planeta Tierra. El primer hito está marcado por los foto sintetizadores, es decir, las bacterias, algas y plantas capaces de transformar la energía solar en alimento y oxígeno para todos. Nuestra posición como segundos en la historia de la evolución radica en el hecho de que somos los primeros en haber aprendido a recopilar información. Detectar y desviar un asteroide que amenaza a la Tierra, no es simplemente una ficción de Hollywood, sino una posibilidad cada vez más real que ilustra el potencial de los seres humanos de salvar la Tierra, en lugar de destruirla. Lovelock no desconoce que la inteligencia humana es un fenómeno aún muy reciente frente a los cientos de millones de años de la Tierra. Pero también señala los saltos evolutivos en la historia de la Tierra que a lo largo de apenas 100 años  llevaron a los fotosintetizadores a conquistarla. La historia de la humanidad es el otro ejemplo de la velocidad que la evolución puede adquirir. El antropoceno, es decir, la época del ser humano como factor principal de influencia sobre la Tierra, no comenzó hace más que 300 años, pero su desarrollo es de un ritmo desenfrenado y cada vez mayor. Un ejemplo de ello es el desarrollo del avión en un tiempo mil veces más corto del que necesitó la evolución de los predecesores de las aves para poder volar.

Lovelock sabe del riesgo que la humanidad se destruya a si misma, pero no duda en la capacidad de la Tierra en reponerse, aunque sea en un proceso muy lento, gracias a su capacidad de autoregulación. Sus estudios comparativos con algunos planetas vecinos le permiten afirmar que esta capacidad de autoregulación de la Tierra es única. Sin la misma, la superficie de la Tierra no sería más que un desierto. Una prueba científica de esta capacidad de autoregulación es el hecho que la composición química de la atmósfera de la Tierra es la misma hace un millón de años, pese a la presencia de gases como el oxígeno o el metano que en realidad deberían desaparecer con el tiempo. Que eso no ocurra y que la composición no varíe es, de acuerdo a Lovelock, la prueba de la capacidad de autoregulación de la Tierra. A diferencia de la biología tradicional que tiene una definición más rígida de vida, para Lovelock la autoregulación es el rasgo distintivo de lo vivo y, por lo tanto, la prueba de que la Tierra es un ser vivo.

Un tema igualmente actual que Lovelock desarrolla en su último libro ("A rough ride to the future”, 2014) es el de la inteligencia artificial. A diferencia de la visión hollywoodesca, que no puede imaginarse este futuro de otra forma que guerra, en la cual los robots finalmente toman el poder, Lovelock está convencido de que la fusión entre ambas es un camino más factible y deseable. Estamos muy cerca de la capacidad de devolver la vista a un ciego, con ayuda de un chip que se inserta en la retina. Este ejemplo, como muchos otros, son una señal clara que en el futuro no habrá dos mundos: el humano y el artificial. 

A lo largo de más de 70 años de trabajo, Lovelock no perdió vigencia como renombrado científico, capaz de seguir su propio camino, sin temor de desechar sus propias ideas o de ir en contra de cualquier fundamentalismo, sea desde la academia o de los movimientos ecologistas. Él mismo es la mejor prueba de que la fe en la inteligencia humana no puede ser errada.

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