Crónica

Verdadera e inventada: la Nicaragua auténtica de Sergio Ramírez

“Quizá como en ninguno de los principales autores latinoamericanos, en las novelas del nicaragüense Ramírez la historia nacional se encuentra tan expresamente presente”, afirma Salvador Romero.
domingo, 21 de agosto de 2016 · 00:00
Salvador Romero Ballivián Sociólogo
 
 A las orillas del apacible lago de Managua  permanece la antigua catedral, aunque nadie ya oficie misas en ella, ningún feligrés ingrese para rezar, ni los turistas recorran sus naves. Una discreta valla prohíbe el paso. Desde el interior se contemplaría el cielo de azul intenso, y el sol brillante de tarde obligaría a buscar los espacios sombreados: los techos se desplomaron y las gruesas paredes grisáceas exhiben las cicatrices del terremoto que sacudió la ciudad en las vísperas de la Navidad de 1972 y los orificios de la guerra civil.

En sus alrededores, poco queda del centro histórico. Desde el último piso de la Asamblea Legislativa, el antiguo Banco de América, de los pocos edificios que se mantuvieron en pie, y hasta hace poco el más alto, se observan cuadras enteras de casas convertidas en terrenos baldíos; una cancha de béisbol, legado de la invasión norteamericana, que todavía no se bate en retirada ante el fútbol. 

A lo lejos, la gigante silueta de metal pintado de negro de Sandino, cerca del derruido palacio de gobierno de los Somoza y de un tanque que se aherrumbra en santa paz, exótica donación de Benito Mussolini. 

También se perfila la nueva Managua, fruto del siglo XXI, con edificios que ya igualan los casi 20 pisos del Parlamento, superado el trauma que dejó la destrucción de aquellos símbolos de la modernidad,  y unos árboles metálicos de lucecitas kitsch, extraños en medio de una naturaleza tan generosa, bautizados popular y sabiamente con el neologismo de "arbolatas”, al gusto de la primera dama, poetisa en sus ratos libres. 

Es cierto que hubo escasas oportunidades de reconstruirla antes: en los tiempos de Somoza conspiraron la corrupción del régimen y el asedio sandinista; la revolución triunfante enfrentó la ruda oposición norteamericana y la contraguerrilla; recién desde el gobierno de Violeta Chamorro y ya pacificado el país, las energías pudieron redirigirse a la infraestructura. 

Aquella Nicaragua, y otra aún más antigua, que se remonta hasta principios del siglo XX, cuando Rubén Darío retorna a su natal León para recibir el homenaje entusiasmado y provinciano de sus coterráneos, emergen en la obra de Sergio Ramírez. 

Quizá como en ninguno de los principales autores latinoamericanos, en las novelas del nicaragüense Ramírez la historia nacional se encuentra tan expresamente presente. Domina la célebre Margarita, está linda la mar, ganadora del primer premio Alfaguara, ya estaba presente en ¿Te dio miedo la sangre? y continúa en Sombras nada más, para citar algunos de los títulos relevantes.

 Como si así el exiliado, el vicepresidente revolucionario, el diputado, el dirigente retirado y desencantado canalizase su vena política, aunque guardándose de confundir los géneros y usar la literatura como pretexto para tesis políticas, partidarias o ideológicas. No, la narrativa de Ramírez destaca por la riqueza del lenguaje, la policromía de las imágenes, un estilo que entremezcla tiempos y teje los hilos de personajes, en apariencia alejados los unos de los otros, que al final convergen en la misma historia.

En lugar de inventarse un país, Ramírez toma el suyo, con un continuo recurso a personajes históricos, con un innegable interés en la larga sombra de la familia Somoza: desde el fundador de la tiranía, sus suegros y su esposa, los hijos, el Bueno, el Malo; los acólitos civiles de todo estrato, regentes de burdeles de dudosa sexualidad, periodistas serviles, vendedores de mercados hasta altos funcionarios; los esbirros militares; los adversarios, militares rebeldes, poetas y orfebres, que lo asesinan al final de un improbable complot, relatado lejos de las técnicas del thriller. Tal vez fuese inevitable, ya que Somoza acaparó el país como propiedad privada: controló el poder con elecciones fraudulentas, o sin elecciones, se adueñó de los resortes de la economía en una época de prosperidad, estableció una nueva jerarquía social, convirtió al Ejército en su guardia personal, cooptó a la oposición, y a su muerte, los hijos instauraron la dinastía cuyos fundamentos se colocaron con anterioridad. Turban los paralelismos con la Nicaragua contemporánea.

Pese a la omnipresencia de El hombre, el apodo de Somoza, Ramírez se detiene aún más en personajes menores de la vida sociopolítica, importantes para su literatura. Algunos saltan de las páginas de un libro a las del siguiente, incluso el autor se los cruza en la vida real, intercambia correspondencia con ellos, les da voz para que expongan su versión de los hechos. Probablemente el caso más fascinante sea el de la huérfana que las monjas rifan y un incauto coronel gana y ante su estupor, se ve obligado a criar. La señorita se convierte en Miss Nicaragua en una elección fraudulenta -lo que la interesada desmiente enfática en su carta al autor-, se casa con un dignatario somocista que caerá en desgracia y fusilarán los sandinistas. En el ínterin, cobijó y se enamoró de un guerrillero. Ramírez cuenta facetas y matices de su historia en varias novelas, entre el asombro, por momentos la indignación, y a veces la curiosidad y el humor de la interesada. Al fin de cuentas, le espeta ella: "como si una no conociera a los novelistas lo inventores que son”.

Porque sin duda, las novelas inventan, reinventan, imaginan, cuentan lo que fue y aún más lo que pudo ser. Por eso, la historia de Nicaragua está fielmente retratada por Ramírez y al mismo tiempo, el país se sitúa al margen de un mapa y de un calendario objetivos: se encuentra en las razones y los sentimientos que le pertenecen al escritor, como las agujas del reloj de la catedral de Managua, fijadas para siempre en las 12:36 de la mañana, cuando el terremoto suspendió el tiempo.

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