Ensayo

Elogio de la derrota

En el terreno deportivo Bolivia es uno de los países con más rotunda aversión al podio olímpico: no lo hemos pisado jamás.
domingo, 28 de agosto de 2016 · 00:00
  Jorge Patiño Sarcinelli matemático y escritor

 

Ha terminado una olimpiada más, y nuestros atletas vuelven a casa con la satisfacción de haber participado, de haber representado al país y de haberse metido a la misma piscina o haber sudado la camiseta con los grandes del mundo deportivo.  Lo más cercano a la gloria que hemos probado en esta olimpiada es un puesto 18 en la marcha femenina. No deja de tener su mérito, y puede haber sido una victoria contra el tiempo, pero no califica para la gloria. Conocemos el sabor de la derrota: no nos espanta. 

Derrota, sucumbir y catástrofe me parecen palabras más poderosas que victoria, superación o éxito. Podría alegar razones objetivas para esta preferencia: su sonoridad, la complejidad de las emociones que las acompañan, o que hay más dignidad en la tragedia que en la comedia. Pero en última instancia tendría que admitir que la elección misma de esas razones es subjetiva, y que mi preferencia es en el fondo personal y seguramente indefendible ante los tribunales de la lengua. Pero si mi lector siente la misma inclinación, sospecho que es boliviano.

"Nadie en la historia universal ha sido más derrotado que los cosacos” dice Borges en su comentario de la obra del escritor Isaac Babel, y lo dice en 1938 cuando vivía en Buenos Aires y habían pasado pocos años desde que Bolivia había ratificado en las arenas del Chaco su destino en la derrota. Si  Borges prefirió usar un ejemplo de ultramar ignorando la consistencia de su vecino altiplánico en salir segundo en las batallas, puede deberse a una predilección romántica por las orillas del Don o porque antes de la era de los torneos internacionales de fútbol, nuestra fama se apoyaba en un par de guerras apenas.

Me place que Bolivia se codee con las legendarias huestes de Taras Bulba en las ligas de la derrota. Si los cosacos han conciliado esa tradición con una imagen de heroísmo romántico, los bolivianos podríamos estar orgullosos de pertenecer a esa honorable tradición, pero para ello debemos reconocer ahí una vocación. De hecho, uno de los rasgos de la bolivianidad es una aversión a la victoria y al éxito como si fuesen una mancha sospechosa.  

Ese rasgo tal vez no sea propio de los pueblos originarios, ni de los españoles despistados que vinieron a dar a estas alturas, sino de este cuerpo social resultante del acto de fundación de unos criollos oportunistas que apostaron a la existencia de un glorioso futuro independiente. Los dioses han castigado ese oportunismo dándonos la independencia pero no la gloria.

Con excepción de la batalla de Ingavi y del sudamericano del 63, aquellos que los bolivianos llamamos nuestros momentos de gloria son casi todos actos de heroísmo en la derrota: el Alto de la Alianza, la retirada de Alihuatá, la apretada derrota contra Alemania en el mundial del 94; e incluso nuestro héroe más heroico, Eduardo Abaroa, tiene en su haber más logros lingüísticos que bélicos. 

En el terreno deportivo Bolivia es uno de los países con más rotunda aversión al podio olímpico: no lo hemos pisado jamás. Ecuador y Paraguay, los otros pequeños del continente, tienen sus medallas, pero nosotros seguimos incólumes ante las tentaciones de la gloria. En cada olimpiada la mayoría de los países vuelve a casa sin una sola medalla. Pero son pocos los países que han logrado conservar el blanco olímpico total. Es un bello grupo de ochenta países que incluye a pequeños como Nepal y Mónaco y a grandes como Bangladesh y Libia. Estamos en buena compañía. 

Tocqueville dice que los hombres ponen su afecto donde hay fuerza, y que el amor a un país no perdura si éste es conquistado. Y da como ejemplo a los habitantes de Nueva Inglaterra quienes no aman su región porque nacieron en ella sino porque es libre y poderosa. Se nota que el francés no estudió la democracia en nuestras tierras. Aquí habría podido encontrar un pueblo que es la excepción encarnada a esa regla, pues amamos a nuestra patria no por otra razón que la de ser nuestra, como corresponde al amor filial. 

¿Qué mérito tendría amar a nuestro país porque es grande o fuerte? Es más, creo que en buena parte nuestro amor a esta patria pobre, pequeña y de dudosa viabilidad se debe justamente a esas características que a los ojos del verdadero patriota son virtudes dignas de un amor inmarcesible. ¿Con qué hierba nos cautivas tierra boliviana? pregunta Matilde confesando un amor que es todo modestia y misterio.

El lema olímpico, la ley de leyes del deporte  "lo importante no es ganar sino competir”, encuentra en nuestros equipos muestras ejemplares. 

"Jugamos como nunca y perdimos como siempre” dicen los periodistas. No hay mella en ello: sólo es derrotado el que busca la victoria. Aquél que la mira con desdén y la deja pasar no puede llamarse derrotado. 

Esta consistente indiferencia ante la victoria nos ha puesto en una posición privilegiada: en los siglos que quedan por delante de campeonatos mundiales de fútbol, es matemáticamente posible que Bolivia alcance a Brasil en su número de copas (digo matemáticamente), pero el gigante ya no podrá jamás, ni lógica ni prácticamente, igualar nuestro cero absoluto. 

Los abismos son más duraderos que las cimas, decía Melville, justificando una preferencia que no nos resulta extraña, pues aunque somos país de montañas, las cimas las cedemos a los cóndores, a los vientos y a los imprudentes. El hombre andino está más a gusto en la planicie altiplánica, y en ella huye del rayo que amenaza a cualquier cosa que sobresalga. Lo mismo sucede con la fama y la fortuna que en nuestra escala nacional de valores son pecados castigados con el rencor colectivo.  Si la victoria es por lógica de una minoría, el boliviano muestra su temple socialista poniéndose siempre del lado de las mayorías perdedoras. 

Ese sentimiento tiene un linaje filosófico muy distinguido que remonta a los filósofos griegos. "El desdén de la gloria era uno de los principales dogmas de Epicuro” dice Montaigne. Otras sociedades han consagrado a través de la literatura y el cine un linaje de hermosos perdedores: Carlitos y Cantinflas, Hamlet, Pierre Bezuhov (Guerra y Paz), o el príncipe Myshkin (El Idiota). E incluso el Quijote es tan querido como descalabrado. 

La poeta Szymborska dice "creo en las carreras arruinadas, en los años de trabajo desperdiciado, en los secretos que se van a la tumba” y hay en este credo algo del nihilismo que nos define. Encontremos pues nuestra oscura vocación en la digna indiferencia por la vanidad de la victoria. Bienaventurados los derrotados porque ellos alcanzarán la gloria eterna en el más allá.

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