Ensayo

La política exterior no es una diablada

El país no puede darse el lujo de seguir perdiendo oportunidades en el cambiante marco de la integración latinoamericana, dice Guevara.
domingo, 7 de agosto de 2016 · 00:00

Walter Guevara Anaya

 

Los intereses permanentes del país no pueden depender de que un reducido grupo de personas crea en un momento dado que es posible tumbar desde la Plaza Murillo a Wall Street, a la Bolsa de Londres, al Pentágono o al Departamento de Estado, o que un otro grupo de personas igualmente bien intencionadas en algún otro momento crea que es fundamental aliarse con esos malditos diablos o con quien fuera por razones ideológicas. 

El país no puede darse el lujo de seguir perdiendo oportunidades en el cambiante marco de la integración latinoamericana, ni mucho menos en cuanto al resultado práctico que se busca de los juicios ante La Haya, ni tampoco respecto a nuestras relaciones comerciales con todas las grandes potencias del mundo. En política exterior cuentan los intereses, no las buenas intenciones ni mucho menos la ideología. 

Consecuentes con su visión orgullosamente ideológica, las autoridades bolivianas actuales no entienden cómo el gobierno de la hermana socialista Michelle Bachelet y el gobierno del puro y muy originario hermano Ollanta Humala pudieron haberse unido al gobierno conservador de Juan Manuel Santos de Colombia y al del supuestamente revolucionario Enrique Peña Nieto de México para fundar la Alianza del Pacífico.

Para los conductores actuales de la política exterior boliviana no significa nada que esta alianza sea el más exitoso esfuerzo integrador de América Latina, ni que configure la octava economía más grande del mundo, ni que cuente con todas las ventajas que le da un mercado de 217 millones de consumidores, ni que  Asia, donde están surgiendo las economías más poderosas del siglo actual, se interese vivamente en ese mercado. 

Es natural que por su posición geográfica Bolivia intente unirse a esta alianza así como a todos los otros esfuerzos integradores de América del Sur. ¿Por qué no lo hace? Porque los responsables de su política exterior prefieren no contaminarse con países que están traicionando al socialismo del siglo XXI. Para ellos la ideología es el valor supremo. No les importa un ápice si los intereses permanentes del país quedan postergados.

No es sorprendente que por su motivación ideológica las máximas autoridades bolivianas se deleiten con caracterizar al Gobierno de Chile como neo-colonial, racista y vendido al imperialismo. Es así que nos explican y se explican a sí mismos la resistencia chilena a negociar de buena fe las demandas bolivianas. ¿Cuál es el resultado? Una permanente hostilidad de las autoridades bolivianas contra las autoridades chilenas que favorece a los sectores más duros de Chile, los que quieren evitar a toda costa que Bolivia gane espacio en la opinión pública chilena.

Uno de los grandes méritos de la iniciativa de La Haya fue que el presidente Evo Morales buscó y consiguió el apoyo de todos los sectores políticos e ideológicos del país. Para empezar dejó de perseguir sañudamente al expresidente Eduardo Rodríguez Veltzé en los tribunales y lo nombró Agente en La Haya para hacer el seguimiento del juicio contra Chile, papel que Rodríguez Veltzé está jugando de manera inobjetable con resultados palpables. 

De la misma manera nombró a otro opositor, el expresidente Carlos Mesa Gisbert, como portavoz para difundir y explicar la demanda boliviana. Mesa dio un ejemplo de cómo se conquista a la opinión pública chilena en una entrevista televisiva en Santiago de Chile. Sin embargo fue distanciado de esas funciones por oponerse a la repostulación del presidente Evo Morales en las elecciones de 2019. Ese fue un certero disparo que el gobierno le dio a la iniciativa de La Haya solamente por demostrar que nadie puede oponerse a sus deseos.

Las demandas que se ventilan actualmente en La Haya entre Chile y Bolivia no se ven favorecidas por el descuido y la desorientación de la política exterior del Estado Plurinacional en lo que respecta a la necesidad geográfica que tiene Bolivia de estar presente en y si es posible coordinar a los esfuerzos integradores de América del Sur como un país promotor de encuentros positivos y buena voluntad hacia todos sus vecinos. 

La ideologización de la política exterior boliviana daña a los intereses comerciales y económicos de Bolivia. El país está inundado por importaciones baratas sin obtener ventaja alguna por dejar su valioso mercado abierto a todos sus vecinos. Los exportadores bolivianos encuentran trabas y prohibiciones que muchas veces se deben a razones político-ideológicas.

La pesada carga ideológica del gobierno impide que se arme una estrategia para ganarse a la opinión pública chilena, de la cual depende en último caso la obtención de una salida útil y soberana al mar. Esa misma carga impide que se arme una estrategia para pertenecer a todos los mecanismos de integración de América del Sur aprovechando el hecho de que Bolivia es el único país que pertenece simultáneamente a la Cuenca del Río de la Plata, a la Cuenca del Amazonas y a la Cuenca Oriental de los Andes. 

La visión internacional y la política exterior del Estado Plurinacional de Bolivia se esmera y se agota en la denuncia de los pecados del capitalismo, de la derecha transnacional, de la Embajada de los Estados Unidos y de la acostumbrada comparsa de diablos que las autoridades actuales sacan a bailar cuando necesitan camuflar su falta de comprensión de lo que es una política exterior seria y sus errores de política interna. 

Es hora de que nuestra política exterior deje a todos los diablos para la diablada.

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