Reseña

Mañana, después del diluvio, mi amor

Salvador Romero Ballivián hermana a La Paz y Tegucigalpa en su historia, ambas postales de luces desparramadas en sus montañas y colinas. Un comentario de Miguel Cálix en la presentación de la obra en Honduras.
domingo, 11 de septiembre de 2016 · 00:00
Miguel A. Cálix  investigador y columnista hondureño

 

¿Qué dirían ustedes si en una entrevista de trabajo les preguntaran: ¿Es usted feliz? Esa pregunta que le formulan a la protagonista, se percibe entrelineada en el transcurso de toda la novela Mañana, después del diluvio, mi amor, mientras la protagonista Natalia Morantes Asturias espera en un hotelito de Tela, rodeada de un diluvio bíblico.

A través de los ojos de Natalia Morantes, hija de un teniente coronel, devota de Santa Catalina y amante de la obra de Tolstoi, el lector conocerá algo de Bolivia, algo de Honduras, países disímiles, pero hermanados por sus similitudes -especialmente por sus incertidumbres. Salvador Romero Ballivián hermana a La Paz y Tegucigalpa en su historia, ambas postales de luces desparramadas en sus montañas y colinas. Sí, el texto habla de bolivianos y hondureños. Los bolivianos, esos seres dignos que desterraron a una omnipresente cadena norteamericana de hamburguesas, después de abatirla con enjundiosas marcas locales, de sabores auténticos.
 
Habla de los hondureños, que fascinaron al autor con sus rutinas y cotidianidades que a fuerza de ser nuestras y de todos los días dejaron de impresionarnos o maravillarnos, como los gritos del afilador de cuchillos ambulante que llama a la clientela ocasional [quizás sólo hay uno ya en toda la ciudad, ese mismo que inspira e inmortaliza Salvador en su texto: Don Luis, pero le conocen como El ceibeño] o qué decir del uso de las palabras que en otras latitudes adquieren significados profanos, como el estar "arrecho”, algo que a veces nos pasa con demasiada frecuencia en nuestro contexto, aunque "no lo suficiente como para pasar al acto”, tal y como lo entenderían más al sur del continente.

En las páginas de la novela he descubierto al escritor maduro, que trasciende las narraciones cortas, la crónica, ésas que bien domina y llena de colores, emociones, sabores y sensaciones.
 
En esta obra se adentra seguro en un género más complejo, más demandante de estructura y recursos narrativos, muchos de ellos recuperados de su propia memoria. Romero nos describe la sensualidad de formas del vapor ondulante que se eleva de una exquisita sopa de caracol, caliente y recién servida; nos hace percatarnos de los giros eternos y errantes de una desechada botella de plástico sobre el agua de un torrente que sobrevivirá el fin de los tiempos; nos recuerda, con ansiedad, esas lluvias torrenciales e interminables del Caribe hondureño, capaces de destruir el universo; nos descubre la paleta de colores y matices áureos, pardos y rojizos de la miel que se vende a la vera de una carretera y nos maravilla con su propia admiración ante una hábil cortadora de cocos, capaz de saciar la sed del viajante,  no sin antes mantenerlo en vilo con el diestro uso del machete para extraer el refrescante líquido. Incluso agrega la descripción de un hábil ladrón en motocicleta, que hace de las suyas en las calles citadinas. No escatima en descripciones de apariencia y sabores, con ningún platillo de las gastronomías locales fueran estos catrachos anafres con frijoles revuelto con queso, pupusas, baleadas y tortillas, o bolivianos escabeche de pollo, sopa de maní, sajta, majadito de pollo, un surubí, un fricasé o un intenso singani.

El autor nos lleva de la mano,  por personajes que giran alrededor de la protagonista, de sus cuitas y certezas, de los sueños con Andrea -su hija, concebida con el oficial Arturo Lobo, hombre tradicional y machista que no se repuso de que su primogénita fuera mujer y que nunca se preocupó por entender la frase musical con que ella le flirteaba ("conquístame con tus ojos tapatíos”) o las dudas ante la inminente boda -en segundas nupcias de ella y terceras de él- con Gonzalo Pazos, un celoso profesional de la administración, graduado en Nebraska. 

La obra da un atisbo a las realidades de cada uno de los escenarios en que habita Natalia. Escrita en primera persona (recurso narrativo utilizado con maestría), evocando recuerdos de sus distintas etapas de vida, el autor nos mantiene en un vaivén entre distintos momentos del pasado de la protagonista, cada uno importante para entender su estado de ánimo actual, y ese presente, ansioso, en el hotel, que transcurre pausado, en espera de algo que no termina de ocurrir y que se intuye será clave en la vida de Natalia. En medio de todo, nos describe con lujo de detalles un campamento militar a las afueras de Tarija, o cada estación del trayecto de Tegucigalpa a la costa, con diestras pinceladas que rescatan cada aroma, color, gesto y sabor para el lector.

El novelista se atreve a recrear escenas de erotismo, algunas sutiles, otras menos, pero adecuadas al perfil del personaje: una mujer sensual, en búsqueda de sus certezas, de su seguridad, deseosa de encajar en los planes de otros y en su propia búsqueda de paz, bien fuera acudiendo incrédula a los artes adivinatorios de "O Sargento” (un personaje difícil de olvidar) o empeñándose en agradar al marido, porque "tal vez Arturo tuviese razón y con un hijo hombre, mejoraría la vida familiar”.

Personajes como Don Simón, el recepcionista-vigilante-y exgalán garífuna del hotel en Tela, los colegas de la Compañía de textiles la Joya Andina en La Paz, el inseguro colega Manuel E. Cálix, Arístides Madrid, Sherezade la amiga entrañable, hasta un par de villanos (Martín Ontiveros y la licenciada Sangüesa), acompañarán al lector que navegue las páginas de Mañana después del diluvio, mi amor. Con continuas referencias a la vida moderna, ésa que nos rodea y comunica, que nos enlaza por momentos a través de herramientas informáticas y que irá adoptando una relevancia creciente. Podrá identificarse con la protagonista, el lector o la lectora. Disfrutará de su afición por Guerra y Paz. Gozará de las continuas referencias a Natasha Rostov -incluso de otros caros personajes, en la correspondencia electrónica de un amigo especial, y confidente- de nombre Rubén San Marino.

El autor, especialista en asuntos electorales, no rehusó hacer un guiño a su especialidad y hace una descripción detallada del ambiente que puede rodear un referendo en su natal Bolivia [¿quizás alguno que él mismo condujo, desde su alta magistratura?], pero esta vez desde los ojos de los miembros de una familia de clase media. Por ejemplo, el sorteo de jurados de mesas electorales que evade a la protagonista, pero no a su hermana Margarita. Agrega elementos de toda la parafernalia e incertidumbre que suele incluir el proceso, aunque vivido y comentado desde las reacciones de sus protagonistas últimos: los ciudadanos.

Déjenme decirles algo: en este momento la literatura boliviana vive un gran momento internacional. Al igual que otros jóvenes autores como él, Salvador se atreve a explorar la individualidad y si bien hace alguna breve mención y referencias al contexto histórico de Bolivia, hace lo que otros de su generación -como Rodrigo Hasbún, Giovanna Rivero y Maximiliano Barrientos- prefiere explorar y ahondar en la privacidad, la intimidad de la vida de sus personajes, en este caso, la mayoría del tiempo es Natalia Morantes, también Don Simón, el guardia y recepcionista del hotel, casual acompañante nocturno, deseoso de entablar conversaciones que le permitan franquear su propia soledad.   

Hoy no diré que no leí el texto, como lo hice hace dos años para provocar, cuando él me honró para comentar la presentación de Mi padre, última tarde, y otras crónicas. Diré, sin apelar a recursos efectistas, que lo leí con gusto, que paladeé cada línea y lo transité con satisfacción de principio a fin. Lo he disfrutado, porque lo ha escrito un talentoso narrador, que además tengo fortuna en tener como buen y caro amigo, uno que puedo decir, sin equivocarme, sólo nos está dando su primera muestra de talento.

Sí, claro que sí. Este libro está "cheque”. Cuando lean el libro -y les recomiendo que lo hagan- entenderán que así es y por qué lo digo.

 

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